En el tercer año de la guerra, y con las negociaciones para un posible alto estancadas, casi medio millar de personas, inmigrantes y refugiados ucranios, o simpatizantes de su causa, se manifiestan en la ciudad para exigir un compromiso internacional firme que acabe con la lucha
Hace ya tres años que la realidad cotidiana en buena parte de Ucrania no la marca el cadencioso ‘tic tac’ del reloj, sino el aleatorio estampido de las bombas. 1.095 días después de que, el 24 de febrero de 2022, las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa cruzasen la frontera occidental del país que gobierna con mano de hierro Vladimir Putin, invadiesen el territorio bajo control soberano de Kiev y diesen inicio a una guerra que ya se ha cobrado más de un millón de víctimas, militares y civiles, entre muertos y heridos, las posibilidades de alcanzar pronto un alto el fuego que detenga tamaña sangría parecen, siendo optimistas, distantes. No importa que Volodimir Zelenski esté dispuesto a ceder a Estados Unidos los derechos de explotación de las materias primas presentes en suelo ucranio a cambio de un incremento de su ayuda militar, ni que la Unión Europea haya declarado su voluntad de reforzar esa misma clase de apoyo. Por ahora, en Moscú no están dispuestos a negociar. Pero todos esos detalles geoestratégicos poco importan a una población, ya siga en su país natal, ya haya buscado refugio en el extranjero, harta de la matanza. Por eso ayer domingo, en el tercer aniversario del estallido de la contienda, casi medio millar de ucranios, emigrantes o refugiados, así como una nutrida legión de simpatizantes, marcharon por las calles de Gijón para exigir una pronta resolución que, no menos importante, no convierta a Ucrania en un simple títere en manos de poderes extranjeros.
Familias completas, madres o padres con sus hijos, grupos de amigos, personas individuales… Hombres, mujeres, jóvenes, mayores, niños… Todos y cada uno de los perfiles imaginables pudieron verse en el transcurso de una manifestación encabezada por la Asociación ‘Credo’, y que partió de la plaza Mayor, previo encendido de varias velas en memoria de los fallecidos, para, tras recorrer el paseo del Muro de San Lorenzo, finalizar en el paseo de Begoña. Allí, arropados por decenas de banderas azules y amarillas (los colores nacionales de Ucrania), los presentes hicieron público su rechazo a Putin y a la conducta agresora, por no decir abiertamente totalitaria, que consideran que está demostrando para con su pueblo. Un pueblo que, en lo concerniente al acto de ayer, hizo gala de algunas de sus características únicas, como sus trajes y sus bailes, por medio de los miembros del Grupo Folclórico ‘Malvy’. En fin, una nota de color dentro de un mensaje genérico todavía ensombrecido por la realidad, pero que, confían, de algún modo contribuya a acabar con la sangría.