«La riqueza de las vaqueiradas reside en su tempo, su cadencia, su temática y el profundo arraigo con la tradición y las costumbres de un pueblo que se resiste al olvido»



“Vaqueirina, vaqueira, ofrecisteme un querer, nun me lu niegues prenda,¡ay! dame la mano pa subir al horru, ¡ay! dame la mano que de pena morru, eeeh”.
Esta ye una de las estrofas que forma parte de una de las vaqueiradas conocidas de nuestro imaginario tradicional colectivo y que personalmente recuerdo con cariño. A propósito del reconocimiento obtenido por Santa María del Puerto en Somiedo (suroccidente de Asturias) como pueblo ejemplar 2021, quisiera yo escribiros acerca de este singular.
Pensar en vaqueiras es pensar en una cultura ancestral, un pueblo arraigado a sus tradiciones y defensor de su historia como es el de alzada. Los vaqueiros son un grupo étnico cultural que fueron y siguen siendo motivo de investigación e interés en la actualidad.
¿Pero, quienes eran los vaqueiros de alzada? Eran pastores y pastoras que trashumaban entre los altos y el pueblo de origen, aprovechando el verano para que el ganado pastase en los puertos de montaña, y una vez concluido éste, recogerse en el invierno bajando al cobijo de la civilización. La cultura vaqueira se basó fundamentalmente en unas costumbres muy arraigadas, con bailes, cantos y vestimentas propios que se conservaron en las brañas y no fueron asimilados por otras culturas, además de que tendían a la endogamia. Esto les provocó históricamente un sentimiento de comunidad que se ve favorecido por la discriminación sufrida por parte de la iglesia católica y la población xalda (aldeanos de vida sedentaria, que no se identificaban con el modo de vida nómada e independiente de los vaqueiros).

Los vaqueiros siempre fueron de barrer pa casa y procuraban emparentarse entre ellos para seguir desarrollando su particular forma de estar y ser en el medio rural. Así es que, el folclore, (en la parte que le compete al pueblo vaqueiro) está claramente influenciado por las historias y capítulos vitales vividos en la braña y en la montaña, contados desde el prisma del humor y la sorna que tanto caracteriza a esta cultura.
Desde muy pequeña tuve la suerte de poder familiarizarme con este estilo interpretativo. No era extraño escuchar a los paisanos en el chigre entonar una vaqueira, seguido del resto que se sumaba a cantar más cuartetas, cada una más picante que la anterior. Recuerdo que cantar vaqueiras bien era sinónimo de haber nacido en aquellas tierras, o conocer de primera mano la idiosincrasia del lugar. No era asunto de foriatos. Muchas de estas cuestiones las investigó y recogió el musicólogo Alan Lomax en su obra “Asturias, 1952”. De su extensa recogida de piezas musicales por pueblos de occidente concluyó que: “Las coplas de los vaqueiros, quizás son la forma más pura de la lírica española”. Y no se equivocaba. La riqueza de las vaqueiradas reside en su tempo, su cadencia, su temática y el profundo arraigo con la tradición y las costumbres de un pueblo que se resiste al olvido.

Materializando esta idea, nos encontramos con el Festival vaqueiru y de la vaqueirada que se celebra entre Tineo y Valdés todos los meses de julio de cada año (salvo los cancelados por pandemia). Esta singular celebración y ritual se sitúa en la braña de Aristébanu, y se creó en 1959 siendo declarado de Interés Turístico Nacional en 1964. Esta festividad se convierte en un divulgativo homenaje de la vida y costumbres de los Vaqueiros de Alzada, llegando a celebrarse una boda real a la usanza vaqueira para deleite de todas las personas privilegiadas que pueden asistir, y también de los novios/as que son escogidos para tal fin salvando un esmerado proceso de selección (la procedencia de los futuros consortes y su arraigo con la cultura vaqueira son requisitos indispensables).
Recogidos estos datos puntuales acerca del pueblo vaqueiro, no es nada sorprendente que haya sido elegido como pueblo ejemplar. Y lo ha sido porque salvaguarda muchos de los bastiones fundamentales para que toda una cultura popular se mantenga viva. Los vaqueiros/as que puxan por su tierra y le dan valor, las personas que le cantan y bailan a su conceyu y lo ponen en el mapa, y las personas que innovan y emprenden en un territorio que ya no trashuma, pero que sí sube y baja de la braña a la montaña con la fuerza del viento que les curtió la piel a ritmo de tres por cuatro.