
Ah, dar de comer a las palomas… He ahí una de esas actividades que muchos identifican con vivencias de la niñez. Con aquellos días de calor estival, vacaciones en apogeo e inocencia infantil en que bastaba un puñado de miga de pan desmenuzada para echar un rato atrayendo a la propia mano a decenas de tales aves. Y parece que, en este mundo cada vez más dominado por el ocio tecnológico, hay quienes siguen abrazando tal afición… Pese a las contraindicaciones que lleva aparejadas. Precisamente estos días se ha visto una escena semejante en Gijón; en concreto, en las inmediaciones de la antigua sede de Hacienda, situada en la plaza de Europa. Allí, la lectora Y. O. G. fotografiaba un puñado de pienso o pan estratégicamente distribuido en una jardinera… Y a unas cuantas palomas ‘almorzando’ plácidamente del mismo. Una escena enternecedora, sin duda, que evoca esas estampas del pasado antes descritas… Pero que, a menudo, tiene como consecuencias poco deseables la proliferación de heces y plumas, con el consiguiente perjuicio higiénico y estético. Eso, claro, sin olvidar lo indeseable que es acostumbrar a las aves al acceso a una comida fácil. Al fin y al cabo, todos estamos siendo testigos del efecto que ese hábito está teniendo en la osadía y las acciones de las gaviotas… ¿Verdad?
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