El arecismo es el gran pasado emblemático de Gijón. Si alguien es capaz de presentarse como reencarnación creíble de eso, en una ciudad que por otra parte se ha vuelto muy conservadora, al compás de su envejecimiento demográfico, ganará. Make Gijón great again podría ser el eslogan de Carmen Moriyón


Bajamos al centro en un autobús de EMTUSA, donde veo a un hombre sentado en los asientos especiales de color azul, que va haciendo la misma pregunta a todo el que entra: «¿Hay algún caso de covid todavía?». Si le dicen que no, pregunta: «¿Y usted cómo lo sabe?». Si le dicen que sí, replica que no. He aquí, transparentada, una verdad que los cuerdos ocultamos o no advertimos: qué tocados del ala nos dejó la pandemia.
Luce un día espléndido de sol y vamos con Á. a dar un paseo por el Muro. Al llegar se asoma, curiosa, a la playa, agarrándose a la barandilla blanca con sus bracitos. Señala la arena y exclama: «¡paya!». Decidimos acercarla al mar, pero la marea está muy baja y la orilla lejos, así que uno debe quedarse vigilando la sillita de bebé. Me quedo yo y, desde allí, escruto y trato de aprehender en la lejanía los pasos de Á. acompañada de R.; sus pequeñas carreras, sus saltitos. R. me contará después que a Á. le ha encantado el mar, que le han divertido muchísimo las olas, y que una de ellas le provocó un ataque de risa que le hizo caer de culo. De pronto me siento absurdo y triste perdiéndome la cercanía de esa estampa feliz e irrepetible por proteger un carricoche. La propiedad nos desalma.
En el Muro, veo pasar a un hipster montado en una bici nueva que imita los antiguos velocípedos: la rueda de delante muy grande y la de atrás muy pequeña. «Para la historia, nada de lo que una vez aconteció ha de darse por perdido», decía Benjamin. Pues no.
Al pasar por Poniente, cuento a I. que la playa no siempre estuvo ahí; que yo me acuerdo de cuando se construyó; y, antes, del mar vacío al que yo acompañaba a mi abuelo a asomarse. Luego evoco en silencio aquellos años. Yo fui un niño del arecismo. Me atrevería a decir que fui un niño arecista. Todos lo éramos en el Gijón de los noventa. Una vez, Areces vino a inaugurar la pista cubierta del colegio público al que yo iba. Año noventa y tres, noventa y cuatro. El hombre acabó sentado en una mesa, con todos los niños haciendo cola para que les firmase un autógrafo. Era una celebridad. La Gaceta, una revistilla editada con dineros municipales, llegaba entonces, con una periodicidad que no recuerdo (¿mensual?) a los buzones de toda la ciudad y fascinaba al niño de ocho, nueve, diez, once años que yo era con sus infografías de las obras que iban a hacerse en la ciudad. Se hicieron muchas, aquellos años. Recuerdo, singularmente, una: la remodelación de la plaza de Europa, cerca de mi casa.
Iban a ponerle una especie de lagos. Recuerdo el asombro ante la infografía y, después, la espera impaciente, semana tras semana; las ganas de que terminasen los trabajos, retirasen las vallas y aquello que me había cautivado dibujado se hubiera hecho realidad. Gijón se transformaba por doquier, en todas sus esquinas, y el niño que yo era se daba cuenta. Y era Areces el hechicero que hacía aparecer arena donde no la había, que creaba lagos, que cubría las pistas de los colegios, que otorgaba color y pulcritud europea a una ciudad que había sido sucia y gris y a la que ahora venían los Rolling, de la que se rescataba el pasado romano a la vez que se demolía sin muchos miramientos el industrial, etcétera. El arecismo es el gran pasado emblemático de Gijón. Si alguien es capaz de presentarse como reencarnación creíble de eso, en una ciudad que por otra parte se ha vuelto muy conservadora, al compás de su envejecimiento demográfico, ganará. Make Gijón great again podría ser el eslogan de Carmen Moriyón.
De vuelta en La Calzada, la escena que se pasa el videojuego de la posmodernidad: dos monjes budistas mirando en silencio el móvil en la terraza de una sidrería. Y en una tapia, una pintada: «¡Contra la guerra interimperialista, revolución proletaria mundial!». Hay cartas a los Reyes Magos de papel y hay otras de ladrillo.
Tienen un complejo de inferioridad con el arecismo.