Durante los próximos dos años alrededor de cincuenta personas serán alojadas en varias viviendas y espacios residenciales del municipio, sin que se hayan revelado sus emplazamientos; el Centro de Baja Exigencia se mantendrá en su ubicación actual
«No es aceptable que estas personas se vean expuestas a debates públicos que las estigmaticen», sentencian los responsables de la Red, a la vista del rechazo que la operación ha suscitado en una parte de los vecinos de El Natahoyo y La Calzada

Dispersión y confidencialidad. Si se tuviese un afán de síntesis extremo, esos dos términos bastarían para resumir la solución con la que la Red de Inclusión Activa de Gijón (REDIA) pretende resolver el encaje de bolillos en que se ha convertido realojar provisionalmente a los usuarios del Albergue Covadonga. Con el Hogar de San José -la opción más lógica- descartado tras las protestas de una parte de los vecinos de El Natahoyo, y con el clima social cada vez más tenso después de meses sin que el Ayuntamiento diese informaciones claras, los portavoces de dicha Red han optado por distribuir a unas cincuenta personas en los distintos recursos habitaciones bajo su tutela dentro del municipio. Tales recursos, que incluyen tanto viviendas como centros residenciales, no serán dados a conocer, por motivos de seguridad. Lo que sí han confirmado los representantes de la REDIA es que el traslado ya está en curso, y se seguirá desarrollando progresivamente en los próximos días, toda vez que las obras para rehabilitar la sede actual del Albergue comenzarán el mes que viene.
«Durante estos meses hemos hecho una valoración responsable de las opciones disponibles, teniendo en cuenta las necesidades de los usuarios, y la capacidad y adecuación de los recursos con que contamos», ha resumido Ramón Méndez-Navia, secretario general de Cáritas Diocesana, y encargado de desgranar los detalles de esta solución, en un acto celebrado en la Centro de Cultura Antiguo Instituto, y en el que ha estado acompañado por representantes del propio Albergue, de la Cocina Económica, de las fundaciones Siloé y Mar de Niebla, del Proyecto Hombre y de la Fundación Municipal de Servicios Sociales (FMSS). Así, con el bienestar y la seguridad como máximas indiscutibles, durante los próximos dos años ese medio centenar de personas será repartido en los pisos y recursos residenciales, dependiendo la elección de unos u otros de cada perfil individual. Por poner un ejemplo, en el caso de las viviendas «es habitual buscar una compatibilidad entre las personas que las van a compartir, y que ya tienen cierta autonomía», mientras que los establecimientos residenciales son «más adecuados para quienes necesitan un acompañamiento mayor, casi permanente».
«A estas personas, que están en situación de exclusión y sienten que están apartadas de la vida ciudadana, cosas como las que se están viviendo les hacen experimentar esa vulnerabilidad con mayor intensidad; se sienten inseguras y desamparadas»
¿Quiere decir lo anterior que, a lo largo de estos dos años, el Covadonga dejará de recibir y tramitar solicitudes de acogida? No, ni mucho menos, tal como ha aclarado Pablo Puente, en nombre de la Fundación Siloé. Puesto que otra de las metas a alcanzar, aparte de proporcionar una alternativa habitacional digna a los usuarios del Albergue, es «dar continuidad al trabajo que se realiza con las personas vulnerables», esas peticiones seguirán siendo analizadas, por lo que la identidad de los cincuenta usuarios podría fluctuar a lo largo de los meses. Los matices de ese punto las ha aportado Elena Suero, directora del centro, conocedora de primera mano de que, si bien «las estancias solían ser de hasta siete días, la realidad actual nos lleva a tenerlas más largas; es algo que varía en función de la persona». Y un aspecto capital, si bien ya conocido: lo que se reubicará será el Albergue propiamente dicho, no el Centro de Baja Exigencia anexo a él. Este último, reservado a casos menos dilatados en el tiempo, en el que suele pernoctar una veintena de usuarios y que, por el día, da servicio a hasta 150, seguirá activo en su emplazamiento tradicional, tal como recoge el pliego suscrito con el Ayuntamiento. Finalmente, el Ejecutivo local hará aportaciones económicas extraordinarias para sufragar el sobrecoste de esta maniobra, si bien todavía no han sido concretadas.
La gran esperanza ahora, de la REDIA y de aquellos a los que presta ayuda, es que este arreglo calme los tensos ánimos que se respiran en algunos de las calles de Gijón. Especialmente en La Calzada, escenario de protestas semanales, instigadas por la recientemente creada Asociación Vecinal de la Zona Oeste, que se ha mostrado radicalmente contraria a cualquier posible realojo en su barrio. El efecto de tal rechazo en los usuarios es fácil de imaginar. «A estas personas, que están en situación de exclusión y sienten que están apartadas de la vida ciudadana, cosas como las que se están viviendo les hacen experimentar esa vulnerabilidad con mayor intensidad; se sienten especialmente inseguras y desamparadas», ha explicado Suero. Pero es que la factura anímica también recae en los propios miembros de las veintitrés entidades que conforman la REDIA. Y Pablo Puente, de Siloé, lo sabe bien. «Nos preocupan las personas que atendemos, pero también el contexto; esperamos que cambie el tono de lo que está ocurriendo ahora, porque no podemos olvidar que estas personas pueden integrarse en la comunidad», ha sentenciado.
Un problema, el sinhogarismo, en aumento
En lo que sí coinciden el grueso de voces especializadas es en que la realidad del sinhogarismo puede afectar a cualquier ciudadano. Así lo prueba el IX Informe sobre exclusión y desarrollo social en España, elaborado por la Fundación FOESSA, que confirma que factores como la dificultad de acceder a una vivienda, el creciente coste de la vida o el cambio de dinámicas sociales están aumentando el impacto de dicha lacra. Y, si bien es difícil establecer unos perfiles fijos, no es menos cierto que «hay más presencia de mujeres con problemas de alcoholismo, y una mayor incidencia de la enfermedad mental». Otro punto in crescendo es el sinhogarismo entre menores, consecuencia «del hacinamiento en viviendas, que lleva a que se vean arrojados a esta situación». Todo, claro, sin olvidar los perfiles más tradicionales: personas de mediana edad, o ya avanzada, a las que «es muy difícil reinsertar, que encuentren trabajo y que se desarrollen, por llevar mucho tiempo en situación de calle». En fin, una realidad de la que nadie está completamente exento, y que, han recordado hoy los portavoces de la REDIA, «no se da de un día para otro, sino después de un proceso largo de desestructuración personal, que empieza con la pérdida de espacios de interacción social: empleo, familia…». De ahí lo crucial de que «todos contribuyamos al bienestar de esas personas».