POR BORJA PINO Y PABLO R. GUARDADO
Hartos de las «frecuentes» peleas, amenazas y agresiones, que asocian a la polémica floristería del cruce con Gaspar García Laviana, los lugareños valoran acciones como cortes el tráfico o manifestaciones para exigir soluciones; la Asociación ‘Severo Ochoa’ adelanta que secundará sus protestas
El último incidente ha sido la colocación en la estrecha acera, por parte de los responsables de dicha floristería, de numerosos capazos de obra llenos de agua para regar las plantas, pero que también utilizan quienes ocupan las supuestas infraviviendas propiedad de los gerentes del negocio

Río Muni es una calle pequeña, de apenas 140 metros de longitud. También angosta, hasta cierto punto, si se piensa en que los vehículos que circulan por ella solo pueden hacerlo en una dirección. Flanqueada por arquetípicos edificios de viviendas que se yerguen sobre bajos comerciales -muchos de ellos, cerrados-, es, en suma, una de tantas arterias secundarias que conforman el trazado urbano de Gijón, condenada a pasar desapercibida de no ser por su condición de frontera entre Pumarín y El Llano… Y por los sucesos que, para desgracia de los lugareños, llevan años registrándose allí. Amenazas, peleas, agresiones a vecinos y venta de estupefacientes son solo algunos de los hechos que los vecinos denuncian, vinculados a una conocida floristería ubicada en el cruce de Río Muni con la avenida Gaspar García Laviana, y que ni la frecuente presencia de la Policía Local, ni las recurrentes redadas ejecutadas por la Nacional, logran neutralizar. Todo ello ha elevado el hartazgo hasta tales cotas, que los lugareños ya han comenzado a organizarse para iniciar acciones reivindicativas, desde concentraciones hasta cortes de calles, para exigir mayor seguridad. Y la Asociación Vecinal ‘Severo Ochoa’ está con ellos.
Si bien las múltiples personas entrevistadas por este diario coinciden en que la presunta conexión de dicho negocio con prácticas ilícitas dura ya » unos veinticinco años», también afirman que esas dinámicas se han intensificado en el último año y medio. «Siempre ha habido problemas ahí, en ese cruce, pero lo de los últimos meses es criminal», señala una de las afectadas, testigo directo de uno de los más recientes incidentes, registrado el pasado 13 de septiembre, cuando varias mujeres se pelearon en plena calle, utilizando sus bolsos como porras, por razones que no han trascendido. Solo cuatro días antes, el 9, un hombre fue detenido por golpear a una mujer en la cabeza con un objeto contundente, lo que requirió que fuese derivada a dependencias sanitarias. Y a finales de la semana anterior una reyerta entre dos individuos se saldó con el apuñalamiento de uno de ellos. Sucesos todos que en el vecindario vinculan con una serie de supuestas infraviviendas, ubicadas en bajos comerciales y pisos propiedad de los dueños de la floristería, y que darían cobijo a algunos de sus presuntos clientes, a cambio de un pago. «Se han hecho los amos del barrio; te plantan conos para que no aparquen cuando quieren poner sus furgonetas, te amenazan con destrozarte el coche, acosan a las chicas… Hace tiempo se nos estropeó la puerta del portal, y apenas dormimos, pensando que se nos iban a meter en el bloque», relata otro lugareño.

Por comparación con lo anterior, el último motivo de malestar es, en apariencia, menor. Desde hace varias semanas han aparecido en Río Muni varios capazos de obra de goma, en número variable -habitualmente, entre dieciocho y veinte-, que ocupan la estrecha acera y dificultan el tránsito normal; especialmente, el de las personas con movilidad reducida o con problemas de visión… Dándose la circunstancia de que «en esa calle viven dos paisanos ciegos, que se tropiezan y se mojan cada vez que pasan por ahí». Quien lo cuenta es un tercer habitante de la zona, que conecta los recipientes con la floristería de la discordia. «Son los dueños quienes los ponen; tiene plantas en varios bajos de por allí, y antes extendía una manguera por la calle para regarlas, pero hubo quejas y empezaron a usar esos capazos», detalla. El problema, más allá del incordio y de la irregularidad que su presencia en la vía pública suponen -el mismo testigo recuerda que «a fruteros de por aquí la Local les multó por exhibir sus productos en la calle, pero a esta gente no le dicen nada»-, es que el agua que contienen es aprovechada por algunas de las personas que ocupan las citadas infraviviendas. «En uno de los bajos se alojan varias; dentro no tienen agua corriente, así que utilizan los capazos para beber y asearse», ahonda.
Todo lo anterior es sabido por las autoridades, que han intervenido en varias ocasiones en la floristería y en sus aledaños. De hecho, en Pumarín aún se comenta la gran redada que la Policía Nacional realizó allí el pasado febrero, a la que en agosto siguió otra que permitió descubrir una vivienda ilegal, así como varios recipientes cargados con el denominado ‘gas de la risa’. Fue un golpe, sí; sin embargo, al parecer, insuficiente para detener las tensiones que se siguen dando en el lugar. Y eso es lo que ha llevado a los afectados a tratar de dar un giro a su estrategia. Tras años alertando a las fuerzas policiales ante cada incidente, y presentando denuncias individuales, en una reunión de comunidad celebrada ayer los vecinos de uno de los bloques más próximos a la ‘zona cero’ decidieron, aparte de valorar esas acciones reivindicativas de calle antes mencionadas, iniciar un pleito judicial conjunto. Porque, concluye otro de los habitantes de esa calle fronteriza, «que se trafica es algo que todo el mundo sabe, hasta los policías, así que no creo que el que eso siga pasando hable muy bien de ellos; algo habrá que puedan hacer».
Un ‘algo’ que es el que, ahora, quieren presionar para que se materialice. Al fin y al cabo, «no es justo que tengamos que sufrir esto; aquí se podría vivir muy bien, pero eso es imposible si tienes que asomarte a la ventana cada día para asegurarte de que tus hijos llegan bien a casa. Vivimos con miedo, por nosotros y por los nuestros».
Desde hace más de 25 años que hacen lo que están haciendo. La policía lo sabe, pero la información tiene su valor. No obstante se les está yendo de las manos.