Tiene 26 años, necesita hemodiálisis cinco días a la semana y llevaba todos los permisos en regla. Aun así, tuvo que pelear durante tres horas para poder volver a casa tras su luna de miel

Hay peleas que una no elige y que, además, llegan en el peor momento. Aída Amado, gijonesa, 26 años, recién casada y con una enfermedad rara todavía sin diagnóstico claro, lo vivió en carne propia hace solo unos días. La joven, que convive desde hace tres años con una insuficiencia renalnecesita conectarse a una máquina de hemodiálisis cinco días a la semana. Al principio hacía la diálisis en el hospital, pero ya hace tiempo este dispositivo portátil le permite conciliar mejor su vida con este duro tratamiento, y también viajar. Al menos sobre el papel. Y es que la asturiana acaba de regresar de su luna de miel en Mallorca, un viaje muy especial que además suponía su primera experiencia viajando con esta máquina portátil que necesita para su tratamiento.
“Yo no puedo irme de vacaciones sin llevarme la máquina. No hay opción”, cuenta a miOviedo. Con esa premisa, la joven organizó el viaje con antelación. Contactó con la aerolínea Volotea, obtuvo autorización previa, reunió informes médicos, justificantes y la documentación facilitada por ALCER Asturias para poder viajar con la máquina sin problema. Y así fue, al menos en la ida, donde todo funcionó sin problemas. Incluso le asignaron dos asientos adicionales para poder transportar el equipo en cabina. La vuelta, sin embargo, se convirtió en una sucesión de obstáculos.
A su llegada al aeropuerto de Mallorca, casi tres horas antes del vuelo, en facturación le comunicaron que no podía embarcar con la máquina. Aída mostró toda la documentación y las autorizaciones. Tras más de una hora y media de espera, la compañía confirmó que sí podía volar, pero el proceso ya se había complicado: “La puerta de embarque ya estaba abierta y me dijeron que no daba tiempo a reorganizar los asientos”. A partir de ahí, la situación se fue tensando. En el control de seguridad la máquina no pasaba por el escáner, lo que obligó a una nueva revisión. Le hicieron abrir el dispositivo y someterlo a una inspección adicional antes de permitirle continuar.
“Yo voy a seguir viajando siempre que pueda. Si puedo hacer algo, lo voy a pelear”

Cuando llegó a la puerta de embarque, le indicaron que esperase a que subiera el resto de pasajeros. Sin embargo, al acceder finalmente al avión, surgió el último y definitivo bloqueo: la tripulación no tenía constancia de la autorización: “Me dijeron que no sabían nada y que la máquina no podía viajar”. La asturiana volvió a explicar el funcionamiento del dispositivo y su necesidad médica, pero el piloto salió de la cabina y le trasladó que no podía embarcar. “Me dijo que no podía viajar en ese avión y después que tampoco en ninguno. Y yo solo pensaba: ¿cómo vuelvo a mi casa? Estoy en una isla”.
En ese punto, la situación derivó en la intervención de la Guardia Civil, que acudió tras la llamada de la joven. Los agentes explicaron que la decisión final dependía del comandante, aunque también mediaron para intentar resolver el conflicto, “estaba llorando, era una impotencia enorme”, recuerda. Los agentes incluso ofrecieron alternativas para garantizar su tratamiento en caso de no poder volar. Sin embargo, tras la mediación, y tras hablar sobre la posibilidad de denunciar al piloto, este volvió a salir de la cabina y revisó de nuevo la situación, «de repente dijo que sí, que podía pasar”. El vuelo salió finalmente con una hora de retraso y con todos los pasajeros a bordo: “Nadie se quejó. Incluso una pasajera al bajar me dijo que había hecho bien en insistir”.
Tras lo ocurrido, la aerolínea se puso en contacto con ella este martes para pedir disculpas e informar de que se está investigando lo sucedido. Ella, por su parte, ya ha presentado una reclamación. Porque más allá del incidente, insiste en que su caso no es aislado ni debería serlo: “Yo voy a seguir viajando siempre que pueda. Si puedo hacer algo, lo voy a pelear”. Pero reconoce que experiencias como esta pueden disuadir a otros pacientes, «hay gente que igual no se atreve a viajar después de algo así, y eso es lo que más me duele”.
Su intención inicial era precisamente la contraria: grabar y explicar cómo viajar con una máquina de diálisis para normalizarlo. “Creo que conseguí el efecto contrario”, dice con cierta resignación. Aunque, quizá, no del todo. Porque su historia ha terminado poniendo el foco en una realidad incómoda: que incluso con autorización médica y todos los permisos en regla, la normalidad para algunos pacientes sigue dependiendo de demasiadas decisiones ajenas.