El Museo Casa Natal de Jovellanos inaugura una muestra retrospectiva del artista asturiano, en el centenario de su nacimiento

Amador Rodríguez Menéndez (1926-2001) nació por casualidad en Ceuta, él era de Cangas de Narcea. También fue reconocido como escultor, pero como hijo de la posguerra no recibió formación en bellas artes. Aunque se alimentó de su creatividad plástica, lo que le dio de comer hasta su jubilación fue su empleo en el Cuerpo General del Ministerio de Hacienda. La biografía de Amador fue un poco como uno de sus collages, recortada y hecha a base de trocitos de realidades, en apariencia, antagónicas que terminan por encajar y armonizarse hasta culminar en una inesperada obra de arte. Ahora, el Museo Casa Natal de Jovellanos inaugura una exquisita exposición que repasa su trabajo, en el centenario de su nacimiento, hasta el 4 de octubre.
Y lo hace gracias a las decenas de piezas que los hijos del artista, Cecilia y Amador, donaron a la institución gijonesa. El recorrido se divide en tres ámbitos que desvelan el proceso creativo, desde la concepción de la pieza hasta su ejecución. La primera sala contiene en una espectacular vitrina las maquetas que el artista manipuló, mientras imaginaba un mundo «desplazado» y «vaciado». No en vano su estrecha amistad con Jorge Oteiza, no con Eduardo Chillida, cruza la obra expuesta. De hecho, la concepción de la vitrina recuerda de manera inevitable al ‘laboratorio de tizas’ de Oteiza, donde el escultor vasco dio rienda suelta a sus argumentos teóricos.
Eran piezas de pequeño tamaño, que Oteiza manejó con materiales muy cómodos, ejecutados con rapidez y concisión, hasta hacer de su análisis un juego. Algo así rezuma en esta vitrina de Amador, maquetas que juegan a ser escultura. Tanto al vasco como al asturiano se interesaron en la reivindicación del estudio y dejaron el objeto como último recurso. La pieza no era el objetivo, el final era el proceso. Entre 1950 y 1974, el artista vasco llenó las estanterías de su taller con 2.400 tizas, como un extraordinario museo de innoble material. Amador usaba recortes de madera en su laboratorio experimental. Y podemos imaginar cómo fue su relación con estos pequeños objetos gracias al retrato fotográfico que le hizo José Ferrero, en 1993, incluido en la exposición.

En esta foto se hace evidente la reivindicación del hijo del artista cuando recuerda que todo lo que Amador aprendió de la escultura lo hizo de Carlos, el carpintero de Cangas del Narcea. En el retrato de Ferrero vemos a Amador sentado en el estudio que tuvo en Méntrida (Toledo), delante de un banco de carpintero y las herramientas propias de un artesano. Es un espacio humilde en el que se descubre el secreto artístico: de la pared cuelgan un par de las cajas que ahora podemos ver en la sala del Jovellanos. Amador trabajó ahí sus pensamientos con las manos, para sacar a la luz lo más íntimo del espacio y la geometría. Porque la lógica matemática en esos pellizcos de madera descubre, en realidad, la intimidad del escultor.
Al salir de esta sala nos encontramos con la serie de collages, otra fase determinante de su proceso creativo (contra la expresividad y la espectacularidad monumental). En los papeles relaciona colores, formas, composiciones, juegos quebrados y emocionantes del arte plano. No podemos obviar que Amador fue pintor antes que escultor y que, en 1958, decidió invertir su capacidad creadora para centrarse en el volumen y convertirse en una figura indiscutible de la escultura de final de siglo XX, con notable participación en la sección oficial de la Bienal de Venecia de 1972. Si Oteiza se declaró «obrero metafísico», podríamos definir a Amador como obrero carpintero, que vació la escultura hasta dejarla insatisfecha.
«Su obra nos invita a mirar, comprender y pensar en su trabajo», ha indicado la concejala Montserrat López. El director del museo Saturnino Noval ha ensalzado esta fase del recorrido, previa al «templo», como ha definido el espacio donde se muestra la culminación escultórica, ejecutada en mármol de Carrara, de Calatorao o en acero corten. Es una sala abarrotadas por formas mínimas y puras. En el centro de esta última etapa de la exposición aparece la maqueta hecha para la escultura pública ‘Homenaje a las brigadas internacionales’, cuya pieza final de acero corten está ubicada en la Plaza de las Brigadas Internacionales, en el barrio de Montevil (Gijón), y una altura de casi tres metros. Este monumento se inauguró en octubre de 2001, cuatro meses después del fallecimiento del artista. Al acto acudieron presentes varios brigadistas, que viajaron a España para celebrar el reconocimiento.
