Más de 200 personas mantienen viva la tradición entre colegios, polígonos industriales y mesas compartidas tras cada ensayo

Hoy comenzamos haciendo nuestro pequeño homenaje a la charanga Los Gijonudos, que en esta edición festeja sus 46 años dándole al tambor y a la turuta.
Su historia es más que curiosa, porque llamarse Gijonudos sin ser de la ciudad ya tiene su coña. ¡Bueno! Ahora ya lo son, pero cuando se les ocurrió la idea de crear el grupo, allá por 1980, seguramente fue para sentirse arropados y formar, de alguna manera, una familia fuera de su País Vasco. Han leído bien: los fundadores eran trabajadores de Telefónica destinados aquí.
La presidenta es Lusy Pañeda, aunque nuestra interlocutora ha sido Adriana Laso, que empezó sus andanzas charangueras siendo pequeña. “Mis padres, Ramón y Laura, estaban metidos en ella, así que a mí me tocó también”, confiesa. “Así estamos”, comenta entre risas. “No había opción y, aunque de pequeña prefería ir a jugar con mis amigas, ahora sé que compensa completamente”.
Cuentan con un local en Contrueces, pero, por su número —son cincuenta—, ensayan en el colegio Los Pericones.
Se organizan por grupos para escribir letras, preparar coreografías, diseñar pasos de baile y trajes. ¡Están perfectamente organizados!
“Cuando acaba un Antroxu ya empezamos a pensar en la trama del siguiente”, dice antes de adelantarnos que este septiembre Los Gijonudos tendrán una boda: la de Laura y Álex.
Seguramente nos los tropezaremos desde el mismo pregón, comiendo bocatas o cenando por Cimadevilla. “Cimata es nuestro sitio preferido y una tradición para festejar y disfrutar el Antroxu”.
El “pringao”, como él mismo se denomina, de los de “La última y marchamos” es Víctor Fabián Payo, que nos cuenta que son 62 personas de Gijón, La Villa, Valdesoto… las que forman este divertido grupo que, como su nombre indica, suele marchar para casa después de que vuelvan a poner la calle.
Ensayan en el colegio Jacinto Benavente, en La Camocha, pero el grueso del desfile, con sus pasos de baile y demás —Naida y Yeray son los encargados—, lo desarrollan en el polígono de Somonte. Y no queda ahí la cosa: para montar el escenario necesitan otro espacio más, una nave en Tremañes. Ya les digo yo que cualquier día hacen un cohete…
Los letristas son cuatro o cinco miembros, de los más jóvenes. “Meteremos caña, como siempre, porque para eso es el carnaval”.
Se consideran una gran familia y, de hecho, este año subirá al escenario una “barriguina” que verá la luz en abril.
Mientras tanto, “ese conjunto de nervios que se nos mete en el cuerpo se nos pasa todo en el mesón de El Fugitivo”, dice Víctor. “Y el martes, resucitamos”.

¡Qué cosas! Fue llegar un día tarde y ¡zas! Ya les quedó el mote para toda la vida antroxera. ¡Ay, pobres Tardones! Cría fama y échate a dormir.
Así llevan treinta años, que se dice pronto. Por eso este año será especial en todo, incluso en la actuación y el escenario, del que no dicen “ni mu”.
Aroa González nos ha contado “pildorinas” de la vida de este grupo de 53 personas que ensayan en diferentes ubicaciones porque “somos un mix”, asegura. Y añade que se nota mucho el relevo generacional, lo que les alegra infinito.
De hecho, hay dos “barriguinas”: una en sus últimos meses y otra que asomará la cabeza con los rayos del sol del verano gijonés.
Tan pronto están en el colegio Martínez Blanco como en una nave de un polígono —“y así no molestamos”, apostilla—.
Coordinan la coreografía Tati Ruiz y Elena Palacio —“sin s”, me dicen—. Pero el peso del baile y de los ensayos corre a cargo de una veterana del grupo, Noe Álvarez.
Un “grupín” hace una estrofa, otro la continúa, y así consiguen las coplas que lanzan sobre las tablas del Jovellanos.
Los trajes, confeccionados por ellos y una modista, “este año llevan mucho mimo”, asegura emocionada Aroa, que recomienda: “hay que acercarse a verlos para fijarse en los detallinos”.

El COVID trajo muchas cosas malas, pero afortunadamente también alguna buena, como juntarse para organizar y formar una charanga: Los Mazcaraos.
Y entre una cosa y otra ya son 60 “penitentes” —es broma—, contando con “nuevas adquisiciones de meses que se llamen Marcos y Gala”, recuerda Jonny Moro, presidente de estos charangueros.
“Estamos muy contentos porque los jóvenes van encantados a ensayar al colegio de Educación Especial de Castiello”, asegura.
“También tenemos un localín en Contrueces para hacer trajes y demás, y lo que es el desfile, del que se encarga Andrés Colunga, lo preparamos en el polígono de Tremañes”, detalla.
Con el paso de los años han crecido porque “mucha gente se enganchó desde el principio a esto”, confirma Jonny, que se despide contando que ya en el mes de abril lanzan una “tormenta de ideas”.

Nóveles, pero no por ello menos profesionales, son los de Medusamba, que a día de hoy han crecido desde aquellas 45 personas iniciales que lo que querían era hacer una batucada.
Se estrenaron el año pasado y confiesan que este puede ser el año en que continúen fijando su actuación y desfile en torno a un personaje.
Eso nos dice su presidente, Marcos González. ¿Nos estará despistando? Habrá que esperar…
