Cristina Magide, encargada del cuidado de la colección, ha interpuesto una reclamación por impagos contra Acciona, empresa contratada para la conservación del lugar; además, acusa a la dirección del Botánico y al Ayuntamiento de ignorar su situación y la de las plantas, de las que ya ha muerto una

Si se preguntase a un profano en materia botánica, probablemente el bonsái sería descrito como una síntesis entre arte y armonía; el resultado de un proceso de control del tamaño de crecimiento de los árboles que, por la paciencia, la sabiduría y el mimo que requiere, a menudo se asocia con la paz espiritual. Quién iba a decir que un ser vivo cargado de semejantes significaciones se acabaría convirtiendo en foco de tensiones… Sin embargo, eso es, precisamente, lo que está sucediendo en el Jardín Botánico Atlántico de Gijón. Cristina Magide Cancio, fundadora de la escuela Bonsáis Astur y, a la sazón, la técnica encargada del cuidado de la docena de bonsáis que conforma la colección del espacio, ha emprendido acciones legales contra Acciona, empresa contratada para la conservación del Botánico, por impagos reiterados. El asunto podría parecer un simple conflicto laboral; sin embargo, Magide afirma que de fondo está la constante desatención que la dirección y el Ayuntamiento dedican al lugar. Una problemática sobre la que el PSOE ya alertó a principios de junio, que fue debatida en Comisión, y sobre la cual el Gobierno gijonés, preguntado por este diario, se ha negado a hacer declaraciones.
«No es justo; ni encuentro motivos, ni nadie me ha comunicado una rescisión formal, ni nada», lamenta, entre apenada e indignada, Magide, quien se ha animado a «dar la cara» en los medios para atajar las afirmaciones que, en las últimas semanas, se han hecho sobre su persona, su trabajo y la situación general de los bonsáis en el Botánico. El detonante, detalla, estaría en la rueda de prensa que el edil socialista Ramón Tuero concedió el 11 de junio; en ella Tuero exigió «medidas urgentes» para evitar la degradación de los ejemplares vegetales en cuestión, e introdujo la existencia de impagos a Magide, por parte de Acciona, desde febrero, pero afirmó que la aludida abandonó el puesto en abril, sin que conste la búsqueda de persona sustituta alguna. «Eso no es cierto; ni me he ido, ni me han echado, pero sí pausé mi trabajo ante los impagos», aclara Magide, que acumula la friolera de ocho años de servicio en el sector. Pero la cuestión es todavía más complicada; desde diciembre, la técnica estuvo más de dos meses y medio de baja médica, periodo en el que, pese a los impagos, delegó el cuidado de los bonsáis en un compañero que, tristemente, falleció. «Cuando volví, dijeron que no sabían mi IBAN; eso es falso, porque figura en las facturas, pero bastó para que se quejasen», acota. Hoy la deuda de Acciona con ella rebasa los mil euros.

Lógicamente, cuando se produce una situación así, y no se obtienen soluciones por la vía regular, el sentido común invita a buscarlas por otros senderos. Eso es lo que hizo Magide. Compartió lo ocurrido tanto con la dirección del Botánico, como con el Consistorio; sin embargo, «solo he recibido un silencio administrativo constante». Y la afectada está convencida de que la razón del mismo parte de un conflicto que estalló hace ya dos años, cuando Tomás Fernández, actual director del espacio, asumió el cargo. «Con sus tres predecesores todo fue de maravilla; se compraron tres bonsáis más, se organizaban talleres específicos, se hacían exposiciones… Llegó él y, de pronto, empezó a haber problemas». De entrada, ni los talleres, ni las exposiciones temáticas «se han vuelto a hacer, pese a que tienen todo el equipo necesario, y funcionaban». Pero es que, además, «avisé una y otra vez de que había problemas con hongos que afectaban a los ejemplares, que era necesario colocar un vallado para que el público no moviese los sistemas de goteo… Nadie me hizo caso». Por fin, en marzo de este año, «ante la evidente falta de comunicación», creó un grupo de WhatsApp en el que figuraban ella misma, Tomás Fernández, representantes de Acciona y responsables del Servicio de Jardinería. Para Magide, esa fue la gota que colmó el vaso.
A la espera de que la reclamación judicial interpuesta por los impagos se resuelva, y de que alguna de las autoridades aclare cuál es su situación, la gran preocupación de la técnica es el estado de los bonsáis. Porque, como ya se ha mencionado, hacer crecer y mantener con vida uno de tales árboles en miniatura requiere de un esfuerzo y un despliegue técnico tremendos, y «sería una pena que el trabajo de tantos años se viniese abajo por falta de atenciones». Ya durante su periodo de baja, tras la muerte de su compañero y sin que se hubiese designado a nadie formado para cubrir ambas ausencias, un decimotercer ejemplar se deterioró hasta casi morir por acción de los hongos, y por la deficiente e insuficiente atención. Por todo ello, algunas de las planificaciones divulgadas por el Ayuntamiento chirrían a Magide. «Se ha dicho que quieren formar a un técnico, pero para trabajar con bonsáis hacen falta seis años de estudio, y otros tantos de práctica», advierte. Otra posibilidad, la de que el Jardín Botánico de Madrid derive a Gijón un especialista, también le hace aguas; «los que nos dedicamos a esto somos una comunidad pequeña, así que pregunté al compañero de allí, y me dijo que ni tienen concretado nada, ni tampoco tendría disponibilidad hasta después de verano», asegura. Entre tanto, alerta, «la colección quedará desamparada; el riesgo de muerte estival es total. Y se trata de una colección que es patrimonio de la ciudad; no debería desaparecer por la desidia de una directiva que, dentro de dos años, cambiará».
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