El Hospital mantiene cerrada la salita maternal desde la pandemia y las madres andan de peregrinaje para cubrir su mínimo aseo personal, incluso utilizando el baño de las enfermeras, mientras controlan a sus hijos en las incubadoras. Lejos está ya el Covid, pero el candado se mantiene, como se mantiene el temor de El Musel al gatillazo en la Autopista del Mar y Rafael Riva lleva su proyecto a unir por barco Alicante y Argelia

Quizás hablar de la necesidad de aplicar una cirugía al Hospital de Cabueñes puede sonar a aquello de ‘la viga en el ojo propio’, pero es que hay situaciones que, por mucho que se pretendan meter debajo de las sábanas, acaban asomando la cabeza y, a la vez, recomendando serias dosis de ibuprofeno para acabar de entenderlas. Y no, no estamos hablando de la reforma de la antigua Residencia Sanitaria. Esa es otra historia cuyo final o, al menos, siguiente capítulo, se vivirá seguro en fechas más próximas a las elecciones del próximo año. En esta ocasión, sobre el tablero se sitúan las fichas de un asunto interno y, desde luego, mucho más mundano, pero que trae de cabeza a usuarias (sobre todo), pero también a profesionales que tratan de hacer su trabajo de la mejor forma posible y que sólo encuentran piedras en el camino.
Pongamos que es usted una madre que ha tenido un bebé de forma prematura y que, por ende, la criatura necesita unos cuidados especiales en incubadora. Lógicamente, tiene que quedar internada y con presencia de alguno de los progenitores, generalmente la madre, que, por otra parte, acaba de pasar por el trance del parto y sus consiguientes trastornos físicos. Esa guardia al lado del pequeño conlleva cumplir con todas las comidas, las noches y, desde luego, el aseo personal, en este caso mucho más importante después de traer al mundo una nueva vida. Innecesario entrar en más detalles. Pues bien, todos esos pormenores, con mayor o menor fortuna, pero con la necesaria dignidad de un centro de referencia de la sanidad pública, estaban cubiertos en Cabueñes con una sala maternal ubicada al lado mismo de lugar ocupado por los niños prematuros, y digo estaba, porque a raíz de la pasada pandemia, la decisión de la dirección del hospital fue cerrarla por motivos sanitarios, argumento que en ese duro periodo podía estar justificado.
El problema es que la pandemia ha pasado ya hace años y la salita maternal en cuestión sigue cerrada a cal y canto. ¿Cuáles son las consecuencias del prolongado confinamiento de este servicio? Lo relatan y cuentan desde dentro. Las madres de hijos prematuros no disponen de un lugar de descanso donde poder asearse y tienen que hacerlo, en sus especiales y delicadas condiciones sanitarias, incluidas las compresas, en los servicios públicos del hospital. No disponen de un mínimo lugar para relajarse aunque sea por las noches. No tienen un microondas para calentarse la comida (en muchas ocasiones la estancia es de semanas) como lo había con anterioridad. Incluso, vistos los panoramas, no son pocas las ocasiones en las que las propias enfermeras del servicio dejar usar su baño profesional a las mamás para que puedan asearse o darse una ducha para relajar en cuerpo en medio de lo que suele ser una tensa espera siguiendo la evolución de sus retoños.
Nadie sabe por qué la citada salita maternal sigue cerrada años después de ser ‘tapiada’ con la excusa del Covid aunque, y eso es una mera suposición, se estima que se trata de economizar gastos y evitar su limpieza. Entretanto, las madres siguen su particular posparto un tanto perplejas por las explicaciones que reciben de las siempre eficientes enfermeras que viven estos curiosos episodios en primera línea. Igual en breve, y con eso de la reforma de las áreas sanitarias de Asturias, alguien con mando en plaza se da una vuelta por delante de la salita maldita, observa la anomalía, abre el candado del picaporte y, de paso, se gana el honorífico título de ‘madrina o padrino de honor’ ahora que precisamente nos encaminamos al día de la bendición de las palmas.
Y hablando de bendición, si alguien la tiene negada es el empresario naviero gijonés Rafael Riva que, como el ilustre Don Quijote, sigue dándose tortazos contra los molinos de viento de la burocracia política regional, en sus más variados aspectos, a la hora de tratar de poner en marcha la más que ansiada Autopista del Mar entre Nantes y Gijón. Casi un año y medio hace que presentó el proyecto a Puertos del Estado, Ayuntamiento de Gijón, Principado de Asturias y Autoridad Portuaria y no ha obtenido nada más que evasivas. Hace unos días, la presidenta de El Musel mostraba su deseo de recuperar esta vía marítima, pero se hacía eco, a la vez, del temor a un nuevo fiasco económico. Dicho de otra forma, mejor no dar licencia y facilidades para ponerla en marcha, no vaya a ser que luego sea un fracaso y se nos echen encima todos los buitres. O sea, miedo a lo que vulgarmente se podría considerar como un gatillazo.
Rafael Riva, lo ha repetido hasta la saciedad a los interlocutores que lo han querido escuchar de las diferentes administraciones, no reclama dinero. Lo que pretende o, quizás, pretendía, era que El Musel le diera el beneplácito para manejar sus barcos y, cómo no, el apoyo institucional del resto de las administraciones. Nada ha conseguido y ahora sus afanes han cogido, y nunca mejor dicho, otro rumbo. Este mismo año tiene avanzado el proyecto para poner en marcha una línea ropax, es decir, de mercancía y pasajeros igual que la que pretendía entre El Musel y Nantes, pero entre el puerto de Alicante y otro muy cercano al de Argel. Las previsiones de turismo son más que optimistas y, a falta de comprensión en Asturias, el empresario ha tomado otro destino no sin algún resquemor por la evidente falta de comprensión patria. Desearle el mayor de los éxitos en lo único que cabe. Aquí, entretanto, seguiremos en la ‘autopista de las palabras’ hasta que se agoten todos los depósitos mentales y electorales de tirios y troyanos.
Y agotado, lo que se dice agotado, no acabó el concejal de Deportes del Ayuntamiento de Gijón en la meta de la carrera de la EPI del pasado jueves. De hecho, el señor Jorge Pañeda no tuvo opción a ello porque ni siquiera hizo acto de presencia en la tradicional carrera estudiantil por el campus gijonés que lleva por enseña el nombre del ex árbitro internacional de balonmano y ex edil socialista Ramón Gallego. La organización, como cabía esperar, lo invitó a estar presente, como lo hizo el rector Ignacio Villaverde y el edil del PSOE y ex director general de Deportes Jose Ramón Tuero, pero al señor Pañeda, por lo que parece, no le encajaba en su apretada agenda. Una pena. Tenía reservada, me aseguraron, una plaza en el podio. Igual el año que viene, en plena carrera electoral para optar a nueva medalla consistorial, el edil del PP se apunta a colocarse el dorsal solidario en el campus. Hasta entonces toca esperar, igual que no queda otra que hacer lo propio por la salita maternal de Cabueñes y por la autopista del mar. Y es que, cierto es, ¿se puede ser más feliz que en una relajada siesta?