GastroXixón: “Caldereta de gaviota”

23 de septiembre de 20208min

GastroXixón: “Caldereta de gaviota”

23 de septiembre de 20208min
gastroxixón david remartínez miGijón

Gijón. Dos de la tarde. Sol. Plaza del Parchís. Dos amigos se sientan en la terraza. No saben si pueden fumar allí o no, si se tienen que separar dos metros o ponerse de pie y separarse dos metros, o pasarse uno a otra mesa contando pasos o cagarse en el misterio. Mientras deciden qué hacer con su vicio, llega el camarero. Está cansado.

En estos tiempos solo hay dos tipos de camareros: los que están cansados y los que siguen de ERTE. Los amigos piden dos cañas y dos pinchos de pollo. Es decir, lo que se pide cuando no quieres perder el tiempo pensando. Pensar ya no se lleva, está demodé, es un desfase del siglo pasado que solo mantienen los que viven desacompasados, o sea los que usan el móvil para llamar y los que marcan los libros doblando las esquinas de las páginas. Y los que usan la palabra demodé.

Dos cañas y dos pinchos de pollo, eso piden, búfer gastronómico al 20%. Dos cañas y dos pinchos de pollo, que tenemos prisa por revisar las notificaciones del teléfono mientras pensamos si nos dirá algo el camarero si encendemos un cigarro.

Seremos flamingos

Cuando llega el camarero con la comanda en la bandeja, uno de los amigos está mirando el móvil y ya fumando, cabizbajo sobre su aparato. El otro se ha levantado de la mesa para alejarse mientras fuma y repasa sus propias notificaciones, que igualmente le mantienen la nuca incubando una lesión cervical crónica. No seremos héroes: seremos flamingos. El camarero ignora su absorción de emoticonos y humos. Lo bueno de aislarte sobre una pantalla es que no ves tu reflejo, ni tampoco muchas veces lo ven los demás. Les coloca los vasos y los platos en la mesa, junto con un platillo con dos canapés, detalle de la casa. Ya nadie dice canapé, por cierto. Ni detalle de la casa. Solo los desacompasados. Los que doblan esquinas y se mojan el índice para deslizar páginas. Yo al principio lo hacía con el móvil pero lo dejé. En seguida chorreaba.

david remartínez

Y entonces, rompiendo el silencio de los dedos zombis, el camarero advierte al amigo que permanece sentado: “Ten cuidado con los pinchos, porque las gaviotas se los llevan en cuanto te descuidas”. Aquel levanta la vista y asiente, como si el ataque en picado de un bicho de la envergadura de un niño de tres años, en pleno centro, fuera una cosa normal. Sin soltar el móvil, estira perezoso un brazo para acercarse la comida cuando, desde el mismísimo recuerdo de Pearl Harbour, una gaviota se precipita a una velocidad insólita y se lleva los canapés en medio segundo, atizándole tal viaje al platillo con sus patas captoras que lo hace saltar medio metro sobre la mesa para caer en el suelo entre gran estruendo. El amigo sentado flipa con el pájaro centella y con el malabar, hasta el punto de sopesar colgar una foto en Instagram. El de la pared, ni se entera, algo sucede en su whatsapp. El camarero sonríe hacia adentro. Gijón. Dos de la tarde. Sol. Plaza del Parchís. Los pájaros han empezado a comernos.

Un centro de interpretación de la gaviota

El Ayuntamiento debería crear un organismo para investigar las posibilidades nutritivas de las gaviotas. Un centro de interpretación de la gaviota, un acelerador de empresas, un clúster un Lab o un consejo superior de investigación de los láridos. O todo. Hasta una Facultad de la Gaviota Urbana, para dirigir el talento estudiantil hacia la explotación de este animal histérico y cabrón como un potente recurso gastronómico.

Yo nunca he comido gaviotas ni conozco a nadie que lo haya hecho. Pero conozco a mucha gente que come oricios. Y percebes. Y llámpares. Esos hábitos solo se pueden explicar con un antiguo hambre de vómito. Si hemos acostumbrado el gusto y el escrúpulo a tamaños sabores extremos, no veo motivo para que no adecuemos el paladar y el estómago a la carne de gaviota cabrona. Quizá no lo consigamos ahora, quizá no lo logre hasta la cuarta generación a partir de nosotros, pero seguro que con el suficiente tiempo, ciencia y esfuerzo podremos hacerlo. Porque además no nos queda más remedio. Son ellas o nosotras.

Gijón es una de las ciudades donde mejor se come de España

Gijón es una de las ciudades donde mejor se come de España. Esta frase, cambiando el nombre de la localidad, ha sido utilizada por muchos ayuntamientos. Concretamente, por todos. Yo la he escuchado hasta en Palencia. Yo he escuchado “Palencia es una de las ciudades donde mejor se come de España” y luego naves en llamas. Y dulzainas. Todas las ciudades de España se encuentran entre las ciudades donde mejor se come de España. Solo que en el caso de Gijón es verdad.

Aquí se come muy bien, no porque haya abundantes restaurantes sobresalientes, sino porque se sigue comiendo bien en las casas. Esa condición demuestra la verdadera magnitud gastronómica de cualquier lugar, sea en España o en Palencia o en Los Angeles 2049. La comida es historia popular, y lo popular empieza en el sofá. Allí se convive y hasta se concibe, siempre que no haya demasiadas notificaciones en el whastapp. Y la familia media gijonesa, tenga la conexión contratada con Yoigo o con Vodafone, sigue honrando al bonito con una colección de recetas que no encuentra parangón ni siquiera en Euskadi, que es uno de los sitios donde mejor se come en España y que además atesora el liderazgo de las búsquedas culinarias en Google cuando empieza la costera.

Probablemente, porque los vascos inventaron la frase de marras, mucho antes de que se independizara Palencia. La familia media gijonesa sigue también devorando sardinas como si no hubiera mañana, y comprando oricios aunque para alcanzar la docena deba hipotecar a un hijo, cuando antaño los regalaban casi a paladas (los oricios). Pero Gijón, amén de tradición de salitre, atesora también una retahíla de mesones y fondas (de nuevo dos palabras desacompasadas) que quita el hipo, aunque el hipo en realidad solo lo quiten los sustos, como cuando te ataca una gaviota los pinchos. 

O sea que Gijón lo tiene todo: comedores caseros, comedores callejeros, y una blitzkrieg de gaviotas hambrientas dispuestas acabar con todos.

Las gaviotas no se comen, según he buscado en Google con una IP vasca, porque su carne es dura como un pulpo mal cocido y su sabor demasiado marino, ya que solo se alimentan de peces, carroña y agua de mar. La explicación es tan mongola que te hace cuestionarte una vez más la aportación del humano medio a la tecnología virtual. ¿Qué come el besugo, foie? Quizá las redes dominan nuestras vidas porque la mayoría somos idiotas. En cualquier caso, incluso aceptando ese argumento, podemos concluir sin necesitar matricularnos en el Palencia Culinary Center que dicha explicación ya no sirve. Porque las gaviotas ahora se alimentan de nuestros pinchos. Y lo siguiente que van a hacer es beberse nuestras cañas.

¿Qué podemos hacer?

Lo primero, pedir fondos europeos. Lo segundo, construir un Metrotrén. Lo tercero, inaugurar el antedicho clúster y conectarlo con la regasificadora del Musel. Lo cuarto, otro Metrotrén, va. Y lo quinto, llevarle una gaviota cabrona previamente ajusticiada a cada uno de los siguientes establecimientos:

  • A Farragua, para que Ricardo confite el bicho como confita sus apoteósicas alcachofas.
  • A Sixto’s, para que Andrés apañe unos tacos mexicanos que superen los de bonito.
  • Al Golfo, para que prepare un vermú con angostura y con alas entre las naranjas. O para que las use en lugar de agujas pinchando sus vinilos. O para las aceitunas.
  • Al Rumble, para que se marque un Birds and Chips. Y para que hagan un concurso a ver quién es el guapo que pronuncia correctamente semejante plato en voz alta sin parecer retarded.
  • Al Gloria, para que los Manzano hagan croquetas.
  • A Coalla, otra ronda.

A esa marisquería histórica, para que te arreen un rejón cuando pidas gaviota a la plancha que no coincida por lógica ni matemáticas con los rejones de los domingos anteriores.

Continuaría la lista, pero se me acabaría la web, aunque no el talento. Gijón es uno de los sitios donde mejor se come de España. Ya comen bien hasta las puñeteras gaviotas.

Por David Remartínez

David Remartínez es el hombre-gastro del diario. Gran escritor culinario y creador de contenidos para grandes como El Comidista o la Guía Repsol.

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Jesús Remartinez
Jesús Remartinez
26 dias hace

Ay quien dice, que las gaviotas son ratas con alas…..ay quien come ratas……

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