Oficialmente bautizado La Mar de Vinos, el negocio que regenta Oscar González se despedirá pasado este fin de semana; atrás quedarán largos años de trabajo incansable, de hitos culturales, de opiniones divididas y de un mito imperecedero

«¡Vamos a ‘Oskarín’!» es una frase con larga solera que, en menos de 72 horas, dejará de oírse por las calles de Cimavilla. Una vez los relojes den la medianoche de este domingo, anunciando el inminente inicio de una nueva semana, la sidrería así conocida -pese a que el nombre oficial que luce sobre su puerta sea La Mar de Vinos– cerrará definitivamente, poniendo con ello el punto final a uno de los capítulos más pintorescos de la historia hostelera del ‘barrio alto’. Porque es bien sabido que trabajar detrás de una barra ‘quema’, y a Oscar González Vena, el hombre que fundó este ya mítico negocio hace ahora dieciocho años, le ha llegado la hora de descansar. Lo que no se sabe aún es si la clausura será permanente, o si se materializará en un traspaso por el que, en la zona, muchos suspiran… El propio González aún no lo ha confirmado. Lo que es seguro es que se cuentan por decenas, si no por cientos, los incondicionales que regresarán a su templo del ocio este fin de semana, decididos a otorgarle al local y a su gerente la despedida que merece.
Clientes y hosteleros, habituales y puntuales, defensores y detractores de las peculiares maneras de este veterano chigreru con esencia -muy- propia han confirmado la nueva, transmitida por el propio ‘Oskarín’ en algunos de los establecimientos en los que recala cuando sus responsabilidades para con la sidrería, y su trabajo en el ámbito de la conservación de carreteras, se lo permiten. «Está cansado; llevaba tiempo diciéndolo, y era cuestión de tiempo que esto pasase», coinciden en señalar las fuentes consultadas por este diario, a las que el gran protagonista todavía no ha podido atender, al estar de servicio. Efectivamente, el anuncio ha corrido como la pólvora, llenando de desazón a todos aquellos que han encontrado horas de refugio, compañía y placer, tanto gastronómico como sociocultural, en este pequeño establecimiento situado a media subida de la calle Escultor Sebastián Miranda. Sus bancos de madera, dispuestos como centinelas de la puerta -en la que aún se anuncian actuaciones musicales próximas, incluido el concierto que Antonio Orozco dará el 6 de junio- han sido escenario y testigos de mil y un hechos: animadas conversaciones, amores y desamores, celebraciones y penas, alguna que otra discusión…

Famosas en el Cimavilla se han vuelto sus tostas y tortillas, junto con las muy personales formas de González, hombre de carácter y, por méritos propios, parte del paisanaje del ‘barrio alto’. «Tiene una vena digna de su apellido. A la mínima, salta, pero también tiene buen fondo, y es honesto; se hace querer», apuntan esas personas que le conocen desde hace años, incluidas algunas que han tenido oportunidad de tratarle fuera de la barra; hasta varias que se atreven a considerarse amigas de este hostelero. Claro, que no todo el mundo piensa igual… En estos años esa manera de ser impulsiva, carente de filtros y genuina ha alimentado algunas críticas de clientes descontentos; diversas plataformas digitales especializadas en valoraciones de locales hosteleros dan fe de ello. Una polarización que no altera el hecho de que, con su marcha de la primera línea hostelera, ‘Oskarín’, como su local, vayan a dejar un vacío difícil de rellenar en la zona. «Han sido tantos años… Tantas cosas que han pasado allí… Se echará de menos el ambiente, las folixas que acababan allí, su comida… Y a él».