miércoles, abril 14, 2021
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La Playa: la confitería centenaria más antigua de Gijón

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Fabián Castaño y su mujer Ambrosia García abrieron sus puertas por primera vez un 21 de marzo de 1921. Desde entonces, La Playa no ha dejado de endulzar la vida de los gijoneses. Casi un siglo después, Inés Villaverde mantiene intacto el proyecto y el sueño de sus bisabuelos. Hoy es la gerente de la confitería más antigua de todas las que existen en la ciudad, uno de esos templos imprescindibles para los amantes de lo dulce. El Gijón más goloso no se entiende sin el olor a chocolate, almendras o canela que aún sale de su obrador. 

Foto de La Playa en Jovellanos del Museo del Pueblo de Asturias

La historia de la confitería La Playa

El negocio abrió por primera vez frente a San Lorenzo- de ahí el nombre- en el número 1 de la calle Jovellanos. Un viaje por Centroeuropa  sirvió de inspiración a Fabián y Ambrosia para abrir su propio salón de té. El local, inspirado en los clásicos cafés, contaba con una ubicación privilegiada frente a lo que hoy es La Escalerona. Sin embargo, 17 años más tarde hizo las maletas.El traslado no fue muy lejos, y el 10 de marzo de 1938 abría en Corrida. Los problemas con el agua, que llegaba incluso a entrar en el local cuando subía la marea, fueron uno de los motivos para cambiar de ubicación. Lo que no imaginaban entonces es que, tal y como dice Villaverde, “muchos gijoneses ya no entienden Corrida sin La Playa”

Allí, en pleno centro de Gijón , vivieron el cierre del salón de té para centrarse en los quehaceres propios de la confitería, la Medalla al Mérito al Trabajo a Fabián Castaño en 1957, la entrada de la segunda generación a partir de los setenta y todos los cambios necesarios hasta llegar actualmente a la cuarta. 

Y allí permanecieron hasta 2016. Las obras de la reforma integral del edificio art déco en el que se encontraban les obligaron a trasladarse tan solo unos metros hasta la calle Libertad. Tres años después, en 2019, volvieron al lugar que ya consideran suyo. “La calle Corrida es como nuestra casa”.  En el nuevo local han sabido adaptarse al siglo XXI “sin perder la esencia de La Playa”, explica Villaverde. Y ahí reside para muchos gran parte de su éxito. 

Las icónicas Princesitas de La Playa

Dice Inés Villaverde, su gerente, que hay algo intangible, que no sabe qué es, “que hace que sigamos aquí 100 años después”. Aunque es consciente también de que la manera artesana que tienen de hacer las cosas, tal y como se han hecho desde el primer día, ha sido clave. Del trabajo manual del obrador siempre se han encargado los hombres, mientras las mujeres, por su parte, llevaban la gestión. Ella sabe bien que “lo uno sin lo otro no puede funcionar”. Y en su caso no ha podido funcionar mejor. 

Cruzar la puerta de la confitería La Playa es entrar en un local inundado por los aromas más dulces. En su mostrador, siempre repleto, hay una gran variedad de productos irresistibles. Pero si hay uno ligado a su historia son las Princesitas. Tres únicos ingredientes (almendra, huevos y azúcar) son suficientes para dar forma a este icónico pastel, que reivindica el significado de la palabra artesano. “Las seguimos haciendo manualmente con la menor intervención de máquinas posibles, encargándonos de cada una de las elaboraciones desde moler la almendra o hacer el baño a mano”, explica Inés. Su origen se remonta a los albores del siglo pasado y su método de elaboración no ha cambiado desde entonces. La falta de uniformidad en tamaño y forma son el sello de su valor artesanal.

Casi un siglo endulzando la vida 

En estos casi 100 años de historia Villaverde sabe que sus dulces han acompañado a los clientes en muchos momentos importantes de su vida. El actual es un buen ejemplo. “El dulce está sirviendo de bálsamo”, asegura, y eso es algo que le hace seguir trabajando con todas las ganas. 

La pandemia actual por la COVID-19 les obligó a “actualizar el tema digital y dar un salto cualitativo”. Muy pronto sus famosas Princesitas y algún que otro producto más se podrán comprar a través de su web para llegar a Gijón y a cualquier otra parte del país. Han tenido que reinventarse y pensar en lo que el cliente necesita porque “lo dulce tiene una parte emocional muy importante”. 

De niña vivía encima del obrador y recuerda cómo a primera hora de la mañana subían los bollos para desayunar. Hoy es ella la que se encarga de ofrecerlos a los gijoneses. Éste seguirá siendo su propósito: “vender algo que le sirve a la gente para celebrar y disfrutar”. La Playa seguirá teniendo las puertas abiertas para endulzarnos un poco la vida. 

Por María Lastra

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