La muestra temporal “Intercambios” propone una nueva manera de leer, exponer y narrar las obras que integran las colecciones de la institución y le abre las puertas al siglo XXI
El Museo de Bellas Artes de Asturias quiere ser otro muy diferente al centro que conocíamos. La prueba de esta pretensión se titula Intercambios, la exposición temporal que acaba de inaugurar -comisariada por Laura Baños y abierta hasta el 25 de octubre- está concebida como un renacimiento. Incluso, revolución. La cita marca con descaro el inicio de la transformación radical de la institución, que desde hace diez meses dirige María López-Fanjul. A partir de una profunda revisión de la colección, el relato se construye como ilustración de la nueva definición de museo, aprobada en 2022 por el Consejo Internacional de Museos (ICOM), y que describe estos lugares como como instituciones al servicio de la sociedad, inclusivas, diversas, sostenibles y abiertas a la reflexión y el intercambio.
De hecho, el tránsito que ha decidido encarar el Bellas Artes asturiano es el mismo que tuvo que superar la propia Asamblea General del ICOM, que durante cuatro décadas aplazó la redacción de una nueva definición de museo. En cada intento de renovación, el 70% de los países miembros del organismo asesor de la UNESCO optaba por posponer la nueva concepción y mantener la versión tradicional, que desde hacía años estaba caducada y seguía un camino desfasado.
La presidenta del comité encargado de la redefinición explicó en 2019 que no se trataba de un “ejercicio técnico”, sino de “un proceso de contextualización de la definición en la sociedad contemporánea”. En otras palabras, más que definir qué es un museo, se trataba de replantear su relación con la sociedad que los ampara, protege y admira en el siglo XXI.
Ante la transformación y adaptación al presente, los miembros más conservadores reclamaron más “tiempo para experimentar y discutir” los nuevos términos propuestos. Las reticencias de los especialistas más conservadores revelaban su desorientación ante la necesidad de adaptar la la misión de los museos a las nuevas realidades sociales. Quizá la reflexión más interesante la ofreció ICOM EE.UU., cuyos representantes señalaron que el cambio de definición no alteraba tanto la identidad del centro como la manera en la que los públicos perciben el museo.
Al proponer otra manera de leer, exponer y narrar las obras que integran sus colecciones, el nuevo Museo de Bellas Artes de Asturias ofrece un diálogo distinto con su público. Este deja de ser espectador adiestrado, para convertirse en una parte activa de la narrativa artística y de la historia del arte. De hecho, la transformación del concepto de museo implica, a su vez, la redefinición inevitable de sus públicos (en la que tienen que tomar partido).
Lo más evidente en la exposición Intercambios es el salto del eje cronológico, para revolucionar la lectura tradicional y componer una visión mucho más relacionada, menos estanca que, a fin de cuentas, confirma uno de los lemas más antiguos del arte y que reza en el frontispicio del Casón del Buen Retiro del Museo del Prado: “Todo lo que no es tradición es plagio”.
Los “ismos” no importan aquí, importa el relato. Por eso la muestra se construye en seis espacios y cuatro grandes temas, divididos en otros tantos más como la sostenibilidad, las migraciones, la identidad individual y colectiva, los retos de la privacidad digital, las nuevas formas de espiritualidad, la democratización de la información o la multiculturalidad. El resultado es un museo accesible, humano y humanista, que se esfuerza por restaurar una relación con los visitantes, truncada por los intereses de la historia del arte.
Ahora, en la misma pared un retrato del siglo XVII de la princesa Isabel de Borbón se relaciona con una pintura de 2024 de Carlos Tardoz, de una niña que se asoma con timidez. En ese mismo muro, cuatro siglos de historia de la pintura en cuatro cuadros. El Museo de Bellas Artes que renace es uno contra el museo ensimismado en sus decepcionantes erudiciones; uno lleno de historias y vacío de Historia. Y para la posteridad quedará la extraordinaria relación en pared entre El infante P. Bustos de Lara de Francisco, pintado por Zurbarán en 1640 y el retrato forográfico de un minero que hizo Ricardo Villoria, en 2024.



