Porque la Charo -oh, Charos del mundo, os amo a todas- que denunció a la bestia parda que mató a la gaviota, es la que tiene la culpa de todo

La gaviota revolotea hambrienta por los cielos del centro de la ciudad. Atenta. Sabe que allí tendrá oportunidades de sobra para encontrar comida. Casi sin esfuerzo. Un vuelo rasante. Rápido. Un visto y no visto. Y el botín será suyo.
Pero el hombre está atento. Y agarra a la gaviota antes de que esta pueda robarle el pincho reseco que le han puesto de tapa con la caña. Furioso le retuerce el pescuezo al ave. Y las miradas del resto de los clientes de la terraza pasan de la admiración por los reflejos del desconocido al rechazo y al horror. Una mujer llama a la policía y en unos instantes el hombre es arrestado.
Al día siguiente la noticia salta a la prensa local. Y los comentarios de los lectores apuntan claramente hacia los verdaderos culpables: el feminismo y las personas migrantes.
Lo que acabo de contar parece una broma. Un cuento grotesco. Un mal chiste. Pero no lo es. Un hombre mató a una gaviota porque le quería robar un pincho en una terraza del centro de Xixón y para muchos usuarios de las redes sociales, señoros que usan avatares de foto de perfil y seudónimo en vez de poner su cara y dar su nombre real, para poder así dar rienda suelta a las miserias que esconden en su alma sin tener que afrontar las consecuencias y la vergüenza pública por lo que son, la culpa de todo lo sucedido la tienen las feministas y los migrantes.
Porque la Charo -oh, Charos del mundo, os amo a todas- que denunció a la bestia parda que mató a la gaviota, es la que tiene la culpa de todo. Porque el feminismo ha empoderado a las mujeres por encima de los deseos de estos señores. Y ahora ya no pueden ir por la vida sin que una mujer les mire mal cuando hacen algo mal o les diga que están equivocados cuando están equivocados. O que son idiotas cuando son idiotas. Y esto es algo insoportable. Que las mujeres están más guapas calladitas. Y que a partir de ciertas edades deberían saber que también están mejor metiditas en casa. Que nadie las quiere ver envejecer. Pero luego ellos van por ahí paseando su barriga cervecera, sus pelos de las orejas y descamisándose en cuanto el termómetro marca más de veinte grados centígrados. Pero no es lo mismo. Aunque nunca acaban de dar una razón convincente, inteligible o coherente sobre por qué no es lo mismo.
Pero la policía también tiene lo suyo, porque fueron raudos y veloces a detener a un valiente, a un auténtico héroe que solo quería defender la tapa que le pusieron con la caña, en vez de detener a la feminista o, mucho mejor aún, a las personas migrantes de esta ciudad. Porque la prioridad nacional también consiste en poner por delante los derechos de un español y buen español por encima de los de una gaviota o un nigeriano. Que las primeras roban nuestros pinchos de esas terrazas que brotan como setas por todas las aceras de Xixón. Que si quieres pasear, o si vas en silla de ruedas, o empujando un carrito de bebé, pues te tiras a la carretera, que todo nos ofende y nos molesta. Que no hay nada más patriótico que los bares, el terraceo y los pinchos resecos que te ponen gratis con las cañas. Así vienen más turistas a Xixón a dejar sus dineros a los rentistas y a la hostelería. Que los servicios públicos, la limpieza y el agua ya lo pagamos los demás.
Peor aún es lo de los migrantes. Que vienen a esta ciudad a trabajar, a servir en las terrazas, a cuidar a nuestras abuelas, a limpiar en nuestras casas y, no contentos con todo ello, se atreven a usar el centro de salud del barrio y a llevar a los chiquillos a la escuela. Son peor que las feministas y los ecolojetas que le han comido en coco a la policía y así nos va. Qué luego tú preguntas cómo nos va y tampoco te saben responder. Porque lo importante siempre es quejarse y pensarse diferente -mejor- que aquello que es distinto a ti. Y vivir en un eterno e improductivo enfado por lo que no entiendes.
Porque si no sabemos convivir entre nosotros, difícilmente sabremos convivir entonces con los animales y la flora. Difícilmente podremos entender entonces que estos también son parte de nuestras ciudades y que han aprendido a adaptarse a ellas, a nuestros hábitos y a los destrozos que hemos provocado en su hábitat. Si no acabamos de entender que la ciudad es un espacio de disfrute y convivencia, un lugar para habitar, ser y sentirse ciudadano -con independencia del origen, color de piel, lugar de nacimiento o género- y no solo un sitio de consumo, donde todo se consigue, incluso el descanso y el ocio, pagando dinero, difícilmente podremos entender que también es un espacio natural, esto es, el hogar de animales y plantas. Porque Xixón es también su casa, al igual que la nuestra. Pero me temo que soy yo la que está equivocada pues mi ciudad está dejando de ser un hogar, una polis, para convertirse en otra cosa: en un centro comercial, en un parque temático para turistas, en una oportunidad de negocio y un infierno de asfalto, no solo para las gaviotas.