El colosal crucero, operado por Royal Caribbean International, se estrena en los muelles gijoneses; la nave, visible desde toda la extensión de San Lorenzo, está siendo observada e inmortalizada por decenas de vecinos y turistas desde el Muro

Ya desde mucho antes de que el insigne literato español José de Espronceda inmortalizase la relación entre ambos términos en su archiconocida ‘Canción del pirata’, ‘mar’ y ‘libertad’ han sido, y siguen siendo, dos conceptos indisolubles el uno del otro. Porque, seamos sinceros con nosotros mismos… ¿Quién, en algún momento de su vida, no ha fantaseado con erguirse en la proa de un navío y navegar hacia donde las mareas se pierden, dejando atrás las obligaciones y lo anodino de la cotidianeidad? Pues bien, el último ‘visitante’ que deleita este lunes a Gijón con su presencia hace gala de ese vínculo, incluso, en su propio nombre. A primera hora de la mañana, a máquina lenta y acunado por las luces del amanecer, el ‘Liberty of the Seas’, uno de los buques que integran la flota de Royal Caribbean International (RCI), echaba amarras en el muelle Romualdo Alvargonzález de El Musel, llegado desde Bilbao… Y lo hacía, además, por primera vez en su ya extensa historia. Quizá por eso, por tratarse del bautismo de mar de este ‘emisario de la libertad’ en aguas gijonesas, la presencia del crucero está causando una notable expectación. Tanta, que decenas de las personas que disfrutan hoy de la playa de San Lorenzo, o que pasean por el Muro, están dedicando unos cuantos segundos a contemplar esa grácil criatura blanca, a inmortalizarla con sus smartphones… ¿Y quién sabe si, también, a soñar con posibles travesías futuras?
Sus 338,92 metros de eslora, combinados con sus 56,06 de manga en su punto más ancho, harán que los amantes del deporte establezcan una sencilla comparación: el ‘Liberty of the Seas’, efectivamente, tiene una longitud muy similar a la de tres campos de fútbol, metro arriba y abajo. Puede que sus dimensiones no lo conviertan en uno de los buques de pasajeros más grandes de cuantos surcan los océanos del globo, pero sí hacen de él una presencia de lo más respetable; tal vez, incluso, imponente. Además, a diferencia de lo ocurrido con muchos otros cruceros en activo, este titán siempre ha sido fiel a su ‘familia’. Puesto en grada a finales de 2006 por la ya extinta Aker Yards ASA en los astilleros Perno de Turku, en Finlandia, el ‘Liberty of the Seas’ fue entregado a RCI en abril del año siguiente, y botado un mes después; su construcción costó la friolera de 800 millones de euros, a los que habría que añadir la millonaria inversión hecha este mismo 2026 para modernizarlo a fondo. Con Fort Lauderdale, en Florida, como puerto base, y navegando bajo pabellón de Nassau, esta bestia de 155.889 toneladas realiza singladuras a caballo entre el Caribe y el Mediterráneo, deleitando a sus casi 5.000 pasajeros con un parque de toboganes acuáticos, dos jacuzzis, un generador de olas surfear, una pista de patinaje sobre hielo y canchas de varios deportes, entre otras comodidades. Y un detalle pintoresco: sus interiores fueron decorados por la prestigiosa muralista angloitaliana Clarissa Parish. Todo un punto.

A la espera de que el azar, el tiempo libre disponible y, fundamental, el dinero acumulado en la cuenta corriente les permitan sumarse a una de esas travesías, las personas que hoy se paran a contemplar el ‘Liberty of the Seas’ aún podrán hacerlo hasta mediada la tarde, momento en que el crucero saltará amarras, hará sonar su bocina y se internará de nuevo en el Cantábrico hacia su siguiente escala, La Coruña, en busca de la tan ansiada libertad náutica que su nombre predica. Hasta entonces, sus ocupantes -incluido el grueso del millar largo de tripulantes, aparte del pasaje- están gozando de las maravillas de Asturias en general, y de Gijón en particular, con rutas guiadas, sesiones gastronómicas y escapadas a localidades cercanas. No está mal para una primera visita que, esperemos, no sea la última… ¿No creen?