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El secreto de la longevidad se esconde en Gijón… Y se llama ‘Pacita’ Fanjul: «Una vida activa; ese es el truco»

Borja Pino por Borja Pino
13/06/26
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Centenaria imparable y testigo, directo o no, de los hitos del siglo pasado, su biografía es un cúmulo inagotable de anécdotas y recuerdos; el miércoles alcanzó el siglo de vida, y este sábado lo celebra por todo lo alto en su casa de Leorio, rodeada de los suyos

‘Pacita’ Fanjul, fotografiada este miércoles en su vivienda de Leorio, solo un día antes de cumplir cien años. / miGijón

Fue la idea que empujó a Juan Ponce de León a buscar en el Nuevo Mundo la mítica fuente de la eterna juventud. La enfermiza obsesión que convirtió a la aristócrata húngara Erzsébet Báthory en la aterradora ‘Condesa Sangrienta’. Una de las muchas fantasías perseguidas por los acólitos más esotéricos del Tercer Reich alemán. A lo largo de la historia, miles de personas han buscado, con mayor o menor éxito, el secreto para que la salud, la lozanía y la juventud se preserven durante el mayor tiempo posible. Pues bien, quizá alguna de ellas, de haber compartido época y saber de su existencia, debería haberse acercado a Asturias y, una vez aquí, preguntado por Mari Paz Fanjul Sánchez. ‘Paz’, a secas, para la mayoría. ‘Pacita’, para sus más allegados. De mirada franca, sonrisa fácil e inmovilidad imposible, este miércoles esta veterana entre las veteranas, testigo de algunos de los hitos más destacados del siglo XX, alcanzó la venerable edad de cien años. «Pues vaya, no es algo tan destacable», dirán algunos. Ya, ya… Pero es que ‘Pacita’ vive sola, cocina sola, limpia la casa sola, sale sola, disfruta de la vida sola… Y baila. Mucho. Una vitalidad que, asegura, es, junto con la alimentación, el único truco de su longevidad, y que bien merece la fiesta que sus familiares le brindarán hoy sábado, en su finca de la parroquia de Leorio.

«No hay más secreto que ése: no parar», admite, humilde, antes de echar la vista atrás y repasar esta vida centenaria marcada por la actividad constante. Nacida y criada en la ovetense Olloniego, cuando ‘Pacita’ vio la luz del sol por primera vez, aquel 11 de junio de 1926, hacía solo medio año que Miguel Primo de Rivera había hecho ‘virar’ la dictadura que ejercía hacia el llamado ‘Directorio civil’, privándola de su carácter militar para tratar de lavar su imagen. Fue en aquella España todavía atrasada y empobrecida en la que ‘Pacita’, la quinta de seis hermanos, disfrutó de una infancia, por otra parte, «maravillosa; vivíamos en La Choril, al lado de la carretera, y fuimos muy felices«. Sus padres, Faustino Fanjul y Josefa Sánchez, habían pasado varios periodos en Cuba, tratando de hacer fortuna; de hecho, allí nacieron Manolita, la hermana mayor de ‘Pacita’, y Tino, el tercero. Pero el clima de la isla caribeña «no le gustaba a mi madre», de modo que, tras un breve regreso a España -que coincidió con el nacimiento en La Coruña del segundo hermano, Antonio-, y una nueva estancia igualmente escueta en Cuba, la familia retornó en 1923, año en que nació Dulce María, y se instaló en Olloniego, donde ‘Pacita’ vino al mundo, seguida cuatro años después por Óscar, el sexto hermano. De aquel periodo conserva recuerdos como «el camión Chevrolet que usaba mi padre para llevar carbón», o una impresionante fotografía de su madre, con Manolita y Antonio, tomada poco antes de volver a suelo cubano.

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  • ‘Pacita’ Fanjul, fotografiada en 1949. / Imágenes cedidas por la familia
  • Su madre, Josefa Sánchez, junto a sus hermanos Manolita y Antonio.
  • Faustino Fanjul, padre y cabeza de familia.
  • ‘Pacita’ y su marido, Adriano Rodríguez.
  • El matrimonio, con su hija Manuela, en Gijón, en 1962.

Pero si por algo destacó la historia del siglo XX fue por su turbulencia, y en julio de 1936, apenas un mes después de cumplir diez años, estalló la Guerra Civil. Aquella experiencia nunca se ha borrado de la memoria de ‘Pacita’. «Íbamos a la escuela todo lo que podíamos, pero muchas veces no podíamos, porque nos mandaban a excavar refugios bajo las vías del tren», rememora. Aunque no sufrió los efectos de ninguna acción militar, aquel tiempo de conflicto estuvo marcado por «el sonido de las sirenas; cada vez que las escuchábamos, teníamos que correr a los refugios, para protegernos de la aviación». Aun así, no faltaron los dramas en el seno de la familia; Faustino Fanjul murió de tuberculosis, y los años de la guerra también fueron los últimos en la vida de su tercer hermano, Tino. No obstante, las desgracias nunca son eternas. En 1939 la contienda terminó y, pese a la instauración de la dictadura franquista, ‘Pacita’ pudo terminar sus estudios, «para no quedar analfabeta», y medrar en el corte y confección. «Yo quería ser peluquera, pero no hubo manera, así que me puse a coser», ríe. En un tiempo en el que acudir a alguna de las escasas tiendas de moda era un privilegio al alcance de muy pocos, ‘Pacita’ hizo «muchísimos vestido de novia y de Primera Comunión». La familia Manso, Vicente ‘el Cojo’, ‘La Francesa’, Minerva y sus hijos… Decenas de personas, desconocidas para los historiadores pero valiosas para ella, se beneficiaron del talento de esta virtuosa de la aguja y el hilo.

Llegados a este punto, muchos podrían pensar que la existencia de ‘Pacita’ se limitaría a realizar dicha labor y a disfrutar de los momentos de ocio de una vida, con suerte, dilatada y satisfactoria. Sin embargo, el destino aún le deparaba nuevas aventuras. En 1964, ya casada con Adriano Rodríguez, y madre de Manuela, el matrimonio emigró a Bélgica, una decisión tomada después de que una amiga les dijera que «allí uno se podía ahorrar 60.000 pesetas al año». La pareja residió en Bruselas, en un tercer piso cercano al icónico Manneken Pis, con «el baño comunitario, en el segundo piso, y el agua, fuera del edificio»; y, pese a ello, fue algo así como «el viaje de novios que nunca tuvimos». O, más bien, la primera escala de dicho viaje. Año y medio después de pisar territorio belga -y, según ‘Pacita’, de «ahorrar esas 60.000 pesetas, sin privarnos de nada»-, ella, Rodríguez y Manuela ‘saltaron’ a Suiza, a la bucólica Lausana. «Fue una época muy feliz; recuerdo que llevaba a la pequeña al colegio de la que iba al trabajo y, a la vuelta, regresábamos a casa juntas», detalla. Claro, que la nostalgia es fuerte, y con el grueso de su familia asentada en Asturias, era cuestión de tiempo que el gusanillo del regreso les ‘picase’. Lo hizo en 1982 y, tras un viaje por carretera «en el que nos trajimos en camión hasta el coche», se asentaron en Gijón, donde, ya jubilados, pudieron gozar juntos, durante unos años maravilloso, de la placidez del descanso. Tristemente, en 1988 falleció Adriano Rodríguez.

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  • ‘Pacita’, en1986, escanciando sidra en Leorio. / Imágenes cedidas por la familia
  • En 1998, durante una visita a la localidad suiza de Bettmeralp
  • Cuatro generaciones: ‘Pacita’, su hija Manuela, su nieta Myriam y su nieta Elaïa.
  • Abuela y nieta: ‘Pacita’ y Myriam.
  • ‘Pacita’, fotografiada recientemente en el centro de Gijón.

Perder a su marido fue un golpe duro para ‘Pacita’, desde luego, pero ni por asomo acabó con su vitalidad, como bien sigue demostrando ahora que ha alcanzado -y, por unos días, rebasado- la centuria. «A mí, mientras tenga salud, que nadie me pida que me esté quieta», advierte, entre divertida y seria. Cada mañana, al despertar, «hago diez giros de piernas, otros diez de brazos, luego diez flexiones de rodillas, y me levanto derecha como una vela». Desde ese instante, «no paro hasta que lo tengo todo hecho»; tanto es así que cierta mujer que acude dos horas a la semana a limpiar su piso -suele residir en el centro de Gijón- ya se ha quejado de que «solo puede hacer unos pocos repasos, de lo bien que se lo dejo». Ni qué decir tiene que la alimentación también juega un papel clave en la longevidad de ‘Pacita’; cada mañana desayuna «plátano, sandía, una tosta, un tazón de leche y café sin azúcar», y todas las comidas -nada simple, siempre detalladamente elaboradas-, las prepara ella, «sin precocinados, ni nada de eso». Visto lo visto, es fácil imaginar que estamos ante una mujer de carácter. Sirva de ejemplo que una noche, hace algunos años, ya viuda, estaba en la finca de Leorio y «vi bajar un coche sin luces; pensé que era un ladrón, así que cogí la escopeta, le di el alto y, como no me hizo caso, disparé al aire dos veces». La buena suerte quiso que los perdigones no alcanzasen al ocupante: un vecino muy apreciado, que no había encendido los faros «por miedo a despertarme, si estaba dormida».

Y, ahora… ¿Qué? ¿Cuáles son los deseos que atesora la centenaria ‘Pacita’? Bueno, de entrada, siendo como es realista y pragmática, no fantasea con ninguna clase de eternidad. «Que aguante mientras tenga buena salud, y pueda valerme, y luego…», comenta, sin llegar a acabar la frase. Por descontado, el día que esos puntos suspensivos se conviertan en algo más se perderán mil recuerdos, anécdotas y vivencias única: las suyas. Ahora bien, de entre todo lo experimentado en este siglo, directa o indirectamente -la Segunda Guerra Mundial, la llegada del hombre a la Luna, el regreso de la democracia a España, la caída del Muro de Berlín, el nacimiento de internet…-, ‘Pacita’ tiene claro qué ha sido lo más valioso, lo que atesora como el logro máximo de la Humanidad: «Fleming», espeta cuando se le pregunta por ello, refiriéndose al médico y científico escocés Alexander Fleming, inventor de la penicilina. Y hay una razón personal para ello: «si hubiésemos tenido su creación unos años antes, mi hermano habría sobrevivido a la tuberculosis». No sorprende, pues, que esta veteranísima estuviese entre el público durante la apoteósica visita que la mujer del insigne Premio Nobel, Amalia Fleming, hizo a Gijón en 1955. «Fue lo más grande que nos ha pasado a los humanos; deberíamos recordarlo para siempre, y valorarlo», concluye, cerrando con esa reflexión el cajón de los recuerdos. Porque aún hay vida en el horizonte de ‘Pacita’, y está más que dispuesta a disfrutarla… Empezando por su merecidísima fiesta.

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