
«Es el color que aspira a la discreción, a no dar la nota, que te hace desaparecer, que te dice que tienes que conformarte. (…) El color que borra la alegría de ver pasar a la gente bajo las ventanas»
Me encanta escribir junto a mi ventana. Cuando me quedo en blanco, o el texto se me va por peteneras, calmo la ansiedad mirando a la calle. Antes fumaba. He salido ganando. Y no solo en términos de salud. Porque vivo en una calle muy tranquila, a la par que concurrida. Y, aunque esto último parezca contradictorio, tiene una explicación muy sencilla. Mi casa está situada en un lugar de paso. La gente va y viene: lleva a la chiquillada al cole, sale o regresa del trabajo, va a la compra, a sacar al perro al parque, a coger el bus o de camino al centro. Salvo algunas vecinas que se paran a charlar bajo mi ventana cuando se cruzan, o algún nene que saluda a la gata del bajo, la mayoría de la gente que pasa por aquí va a su bola, arriba y abajo, caminando rápido, sin pararse y sin hablar. Lo que les decía. Ajetreada, pero tranquila. El sueño de todo aspirante a juntaletras.
Así que, cuando me atasco, o mi mente empieza a desvariar, miro a la gente pasar bajo mi ventana. Y mi mente se relaja y consigue volver a concentrarse en lo importante. En el texto y las fechas de entrega. Pero hay otra razón, mucho más sentimental, que me impulsa a mirar con el rabillo del ojo hacia fuera. Digamos que es una razón casi mística. Porque no puedo evitar asombrarme ante la diversidad de vidas y de seres que nos rodean. Personas con las que coexistimos sin que nunca medie una palabra entre nosotros, que son poco más que una imagen fugaz. Y, sin embargo, cada una de esas personas contiene un universo en su interior, una singularidad, y es, en sí misma, una excepción. Porque nadie se parece, nadie anda igual ni viste igual que el resto, por mucho que se empeñen las marcas de moda en hacernos indistinguibles y clónicos.
Por eso me gusta tanto mirar a la gente pasar bajo mi ventana, porque puedo disfrutar de su excepcionalidad, pero también imaginar sus vidas. O, más bien, inventármelas. Basta un detalle que destaque: puede ser un bolso llamativo, la forma de recogerse el pelo, de colocarse la gorra o caminar con la mano en el bolsillo… Un pequeño gesto, un destello de originalidad, de personalidad.
Altos, bajos, delgados, no tan delgados, normativos, no normativos, modernos, clásicos, extravagantes, discretos, jóvenes, ancianos… Todas las personas que pasan bajo mi ventana contienen en su interior belleza, sin excepciones, aunque tengo que reconocer que las mujeres mayores son mi debilidad.
Pero vivo en un barrio obrero de Xixón, no en el centro de París o en Manhattan. Así que aquí la gente no viste como si cada día estuvieran invitados a la Semana de la Moda de Copenhague, con sus Jacquemus y sus zapatos tabi. Tampoco mi barrio es como la calle Serrano de Madrid, así que las señoras que van a la compra no lo hacen enfundadas en Loewe y con el Vuitton bajo el brazo -por favor, que alguien diga ya de una vez en voz alta que esos bolsos son una cosa horrible y rancia hasta el aburrimiento-. Y precisamente porque vivo en una calle de paso de un barrio obrero de una ciudad pequeña encuentro variedad. Y originalidad. Y moda. Y estilo. De andar por casa. De barrio de Xixón. De tienda pequeña. De grandes cadenas. De marcas deportivas. De ropa de trabajo. De últimas tendencias. De la última cazadora viral al traje y corbata. De los vaqueros slouchy al chándal.
Sin embargo, se ha ido produciendo un cambio en la forma de vestir de algunas de las personas que pasan bajo mi ventana. Primero fue un cambio algo sutil, pero ahora ya es difícil no darse cuenta. Un cambio que llegó de la mano de la expansión suburbial; esto es, de la imparable fiebre constructora que está cambiando las formas y el espíritu del barrio. Rodeados de edificios aspiracionales que imitan a otros de urbanizaciones cercanas que, a su vez, imitan la forma de vida de los barrios altos -jardín y piscina, pero comunales-, y que han brotado como setas en esquinas diminutas de mi barrio -esquinas que solo un ojo experto y especulador podría identificar como urbanizables-, muchos de mis nuevos vecinos se han ‘clonificado’. Se han lanzado a los brazos del beige. El color que representa la renuncia a la personalidad, la renuncia a destacar, a ser original e, incluso, a las ganas de vivir.
Porque el beige es el color que aspira a la discreción, a no dar la nota, que te hace desaparecer, que te dice que tienes que conformarte. Es el color que sustituye al negro desafiante. El color que borra y matiza al resto de colores. El color de la gente bien. El color que te hace creer que ya no eres de clase obrera. El color de la gran mentira aspiracional. El color con el que se pinta esa gran ficción que es la clase media. Es, por tanto, el color del gran autoengaño vital. Del gran desclasamiento y, sobre todo, el color que borra la alegría de ver pasar a la gente bajo las ventanas.
No será tan obrero porque en El Llano va todo el mundo en chándal. Los únicos que van en traje son los de Tecnocasa.