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sábado, 31 octubre, 2026
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Figaredo y Ponte

Pablo Batalla por Pablo Batalla
31/10/26
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Pero qué vidas tan distintas, qué escaleras tan diferentes para llegar a la misma palestra; tal vez a la misma tribuna del Congreso

José María Figaredo y Juan Ponte

El 22 de noviembre de 1906, la Real Academia Española eligió director a Alejandro Pidal y Mon. Hubo sorpresa, desconcierto, bastante indignación. Pidal no tenía más obra escrita que un panegírico de Tomás de Aquino y una prescindible montonera de discursos y artículos ripiosos y de sintaxis enrevesada, pero había pasado por encima de Marcelino Menéndez Pelayo, el gran polígrafo de su tiempo, hombre de una erudición apabullante, cuya obra llenaba estanterías enteras. Aquel a quien Clarín llamara «el Zar de Asturias» tenía algo mejor que libros publicados: contactos de los que tirar como un titiritero de sus hilos. Su padre, Pedro José Pidal, sí había sido un hombre capaz, pero a partir de ahí, en esa familia, todo fue sentarse tranquilamente a la mesa ya servida. En la Asturias del siglo XIX, bastaba con apellidarse Pidal para tener asegurada una poltrona.

Me acordaba de ello estos días al pasmarme y divertirme del contraste entre dos cabezas de lista asturianos para las próximas elecciones generales: José María Figaredo, de Vox, y Juan Ponte, del Frente Amplio. El segundo es amigo mío, y el primero no: vaya por delante. Pero no me parece que me ciegue la amistad. Lo aprecia cualquiera, y dice algo, dice mucho, el contraste. Es, en sí mismo, un argumento electoral abrumador para la izquierda. Son mi amigo Ponte y mi no-amigo Figaredo noche y día de dos Asturias, de dos clases sociales, de dos maneras opuestas de relacionarse con la ideología que uno declara. Y tiene gracia, porque, si investigáramos los árboles genealógicos de Ponte y de Figaredo, seguramente viéramos sus ramas crecer muy cerca las unas de las otras, sin tocarse. Figaredo se apellida Figaredo, como el pueblo mierense, a la boca del valle de Turón, del que su familia tomó el nombre; y Ponte es del mismo Turón. Pero qué vidas tan distintas, qué escaleras tan diferentes para llegar a la misma palestra; tal vez a la misma tribuna del Congreso.

El candidato voxista, Frigodedo para los no-amigos, es nieto de José María Figaredo Sela, uno de los grandes patronos de la minería asturiana; sobrino nieto de Ramón Rato, encarcelado en 1967 por evadir capitales a Suiza; y sobrino segundo de Rodrigo Rato, aquel ministro de Aznar, condenado por las tarjetas black de Caja Madrid y, en 2024, por fraude fiscal y blanqueo. Enano a hombros de esas fortunas gigantes, llegó joven al Congreso, con solo treinta años. Y nadie le discutirá a este columnista que, aquel día, la historia parlamentaria española no obtuvo precisamente un nuevo Castelar. Figaredo no entró en las Cortes a lomos del caballo de la meritocracia, aunque allí tome la palabra para cargar contra las élites sin ponerse ni medio colorado (eso sí tiene mérito). Pasó de la carrera de derecho y la de ADE en universidad privada al bufete copetudo con una & en el nombre y de ahí al escaño sin, entre medias, servir ninguna copa, montar bigmacs en ningún McDonald’s, pegar ningún cartel ni ser concejal de nada.

Es lo que tiene —dice un refrán asturiano— ñacer per bon furacu. Figaredo parece un encasillado de la Restauración porque lo es. Los Ponte se lo tienen que currar un poco más. El que nos ocupa creció en un entorno obrero y en un valle castigado como pocos por el cierre de los pozos, y entre que Figaredo compraba el tercer piso y escogía terno y quevedos con la ligereza de quien nunca ha tenido que ser menos vago que el sastre de Tarzán, hincaba los codos, se licenciaba en filosofía, deslumbraba a sus amigos con su erudición y su brillantez, trabajaba, militaba, bajaba al barro de la política, lo elegían concejal, convertía Mieres en una referencia cultural de todo el norte de España.

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Figaredo es la clase de gente que probablemente diga «nadie me ha regalado nada». Ponte nunca lo ha dicho (los de izquierdas apreciamos lo colectivo y reconocemos que a todos nos regalan algo alguna vez), pero podría decirlo: ciertamente casi nadie le ha regalado nada; ni siquiera su partido, que bastante ha tardado en ponerlo de candidato. Hay un meme por ahí en el que un tío sube unas escaleras mecánicas mientras dice algo del palo de que querer es poder y que quien no triunfa es porque no se esfuerza, y otro, al lado, trepa como puede por una rampa lisa. La vida siempre ha sido así, y sigue siéndolo. Pero en un país con sufragio universal, debería ser inimaginable que el 29-N mi no-amigo Figaredo obtuviera más votos que mi sí-amigo Ponte.

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