
En el fondo, todos queremos creer que nuestro Scrooge interior que odia al cuñado que solo ve una vez al año puede tener una epifanía tras la visita de tres espantajos y amanecer convertido en el tío bueno que reparte cheques

Es diciembre en Gijón. No en el Londres neblinoso del XIX, sino aquí, entre la playa de San Lorenzo y los bares de Cimavilla. Sin embargo, algo ha cambiado. Algo dickensiano se ha colado entre las calles. No son niños limpiabotas ni casas de empeño, no. Es más sutil y, por ello, más genial. Photocalls con paisajes de un Londres nevado que nunca visitaremos. Fantasmas de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras hechos de metacrilato esperando la selfie de rigor. Libros gigantes abiertos como portales a un universo de moralina y finales felices. Me encanta. Lo confieso. Y eso que me desligo de esa Navidad comparable a una extracción dental, en la que se agradecen las vacaciones, pero el proceso es doloroso y caro.
He aquí la primera gran contradicción: detesto la coreografía del gasto, el estrés de la obligada felicidad, la tiranía del pavo y el drama social que huele a polvorón rancio y rencores viejos. Y, sin embargo, aquí estoy, escribiendo sobre el abuelo de toda esta parafernalia. Y aquí estás tú, leyéndolo. Dickens nos ha ganado la partida. No solo creó el imaginario; creó la necesidad emocional de ese imaginario, incluso para aquellos que lo vivimos con escepticismo y una lista mental de quejas. Hizo el marketing más brillante de la historia: vendió nostalgia, redención y calor familiar en un paquete de nieve falsa y villancicos, y lo clavó tan hondo en el inconsciente colectivo que ahora Gijón, sin nevar nunca de ese modo, se viste de Londres para la ocasión.
Piensa en ello: medio planeta se estresa por comprar, cocinar y agradar. Las cuentas corrientes tiemblan como hojas de acebo. Los parias (económicos, sociales, familiares) se sienten más parias. Los que temen la soledad, la enfrentan multiplicada. Los que ansiamos soledad, nos vemos arrastrados a un torbellino de compromisos. Los niños, bombardeados con anuncios, aprenden que la felicidad tiene un código de barras y que la decepción viene envuelta en papel de regalo. Es el caos. Un caos predecible, anual y exhaustivo.
Y en medio de este campo de batalla, ¿qué hacemos? Nos ponemos delante de un fantasma de cartón-piedra en la Puerta de la Villa y sonreímos. Porque el Sr. Dickens, como maestro de ceremonias, nos vendió el contraste. Nos ofreció un espejo deformante de nuestra miseria (la dickensiana de verdad, la de las condiciones infrahumanas) y luego nos dio la solución en forma de cuento con moraleja. Basta un gesto, un cambio de corazón, un pavo generoso. ¡Redención instantánea! Como un Black Friday del alma. Es una narrativa tan potente que ha sobrevivido a la secularización, al capitalismo feroz y a la familia disfuncional. Porque, en el fondo, todos queremos creer que nuestro Scrooge interior que odia al cuñado que solo ve una vez al año puede tener una epifanía tras la visita de tres espantajos y amanecer convertido en el tío bueno que reparte cheques.
La marca dickensiana es tan perfecta que El Corte Inglés, con toda su orquesta y sus anuncios de lágrima fácil, le debe una comisión perpetua. Dickens no vendía un producto; vendía un sentimiento estético de la culpa y la reparación. Y cegados por ese decorado de copos de nieve, luces de gas y risas alrededor del ponche, estamos dispuestos a ignorar el sinsentido de fondo con tal de entrar en el cuadro. Disfrutamos de la puesta en escena incluso cuando el guion nos resulta absurdo. Admiramos los photocalls de Gijón porque son la cáscara hermosa de un fruto a veces agrio.
Así que, he aquí mi confesión navideña, dickensiana y gijonesa: me rindo ante el genio del autor. Miro los fantasmas de plástico brillando bajo la lluvia asturiana y sonrío, no por la Navidad, sino por la colosal eficacia de una historia bien contada. Una historia que nos ha convencido de que el frío, el estrés, el gasto y el drama social son solo el segundo acto necesario para un tercer acto de armonía falsa pero reconfortante.
Quizá la verdadera lección no sea la de Scrooge (cambia o muere como un avaro), sino la del propio Dickens: si vas a crear un monstruo comercial, al menos hazlo con una prosa sublime, unos personajes inolvidables y una capa de nieve tan bien escrita que dure dos siglos. Y que, mientras nos quejamos del agobio, sigamos buscando, como idiotas iluminados por la pantalla del móvil, el ángulo perfecto para salir con el fantasma de las Navidades Presentes. Porque, al final, todos queremos subirnos a ese tren victoriano, aunque sepamos que el destino es, inevitablemente, enero.
Bah, ¡tonterías! Feliz (y dickensianamente contradictoria) Navidad, Gijón.
Carlota Suárez es escritora
Lo de lA es terrible. Quizás debieran investigar los escritos que publican. O usar directamente la IA como articulista.