
Imprescindible de los pinceles locales, conocido por el colorido y el carácter festivo de sus obras, el artista ha fallecido a los 78 años, dejando tras de sí a una entristecida legión de amigos y admiradores

La noticia de un fallecimiento es siempre triste, muy triste. La de hoy, la muerte del artista Roberto Díaz de Orosia, es, para muchos de los que lo conocimos, una gran pérdida.
Es cierto que, desde el ictus sufrido en el año 2018, las cosas no fueron iguales para Orosia. Bien es verdad que fue recuperándose poco a poco, pero no volvió a poder hablar y utilizaba para moverse una silla eléctrica, por lo que era muy frecuente tropezarse con él por el centro de la ciudad. ¡Y lo de hablar, para qué! Esa no fue una de sus virtudes, porque lo suyo era el pincel.
Su pintura no solo podía verse en galerías de arte. Muchos de los locales hosteleros de Gijón adornaban sus paredes con sus obras tan representativas, y en muchas casas cuelgan sus cuadros hoy con diferente significado: con mucha pena.
Dibujar carnavales, romerías y meninas era una de sus señas más destacadas. Esas parejas bailando, al son de la música imaginaria… El colorido de sus lienzos, destacando el color rojo, invitaban a meterse dentro del festejo, que no solo pintaba, porque famosas eran sus verbenas de verano organizadas, precisamente, por estas fechas.
En su casa de La Guía, la ‘Casa Rosada’, un caserón rodeado de un fantástico jardín con hórreo incluido, Roberto reunía al grupo de personas más dispar. Desde políticos de todos los colores hasta artistas, notarios, periodistas, vecinos… Un totum revolutum maravilloso.
Dejaba la casa, el jardín y lo que hiciera falta a disposición de cada invitado, pudiendo entrar y salir cada cual. Allí podías disfrutar de una enorme colección de piezas, muchas ArtDeco, de cabezas de gigantes y cabezudos, muñecas, juegos de tazas, lámparas. Todo un museo.
Hoy te recordamos, Roberto. Cada cual con lo suyo, pero todos con el mismo cariño.