El escritor portugués reclamó en el Festival POEX una literatura sin géneros, sin maniqueísmo y sin tonterías

Gonçalo M. Tavares, portugués de 55 años, es un destructor de las fronteras entre géneros. Ha practicado la novela poética y aforística, los poemas narrativos y ensayísticos… y así las más luminosas combinaciones que puedan imaginar, para construir una trayectoria en la que está prohibido escribir algo sin ritmo, principal cualidad de la poesía. No importa si es narrativa o pensamiento, escribir no entiende de géneros literarios. Este domingo, en el Festival POEX, defendió la bandera que abraza desde hace dos décadas y se presentó con poemas que son ensayos, pero también novelas y nacen de las noticias.
En el Centro de Cultura del Antiguo Instituto, el autor de Las botas de Mussolini (Editorial Difácil) volvió a presentarse como un autor degenerado, porque siempre defenderá que cuando definimos un género literario estamos amputando el lenguaje. Por eso dice que el teclado enseña mucho al escritor, porque todo (la imaginación) pasa por ahí, por el alfabeto. Y nada más. Ese es el material de trabajo de un escritor, el lenguaje. Lo demás, una etiqueta que necesitan las librerías para colocar en sus estanterías. Le interesa tanto la ficción como la realidad, pero sobre todo le importa no repetirse. Y cita al pensador alemán Walter Benjamin para hacerse entender: “El golpe decisivo será dado con la mano izquierda”. Es decir, no quiere saber nada de las recetas a las que tiende su mano derecha.
En conversación con su traductora, Lauren Mendinueta, trataron de llevar la conversación al objetivo que cose este año el festival (la traducción), pero quedó claro que a un autor de la altura de Tavares es imposible ponerle límites y coordenadas y, por supuesto, sus reflexiones no hicieron más que girar sobre el peligro de los líderes mundiales que ven el mundo como un mapa que conquistar: “Vivimos en una época en la que los ricos han perdido el pudor al hablar y eso es muy nuevo. Por ejemplo, Elon Musk ha dicho que la empatía es tóxica para la economía. Es claramente una ideología fascista, es el principio de la barbaridad. Hasta Trump se ha burlado en público de una persona discapacitada. Sin embargo, Putin, que es un dictador, tiene mucho más pudor con su lenguaje. Porque las palabras no matan, pero tienen potencia. Lamentablemente, las mías no tanto como las de Musk y Trump y eso es un problema, porque no son buena gente”, dijo Tavares ante una sala completa.
La batalla de Tavares es la del lenguaje, tal y como leemos en cada uno de sus libros. Tavares gana por KO con cada una de las palabras y frases que elabora. Es un escritor de impacto, que asume la responsabilidad que conlleva escribir una frase. Se pregunta por el poder del lenguaje en medio de una época bélica. Explica que podemos gritar, podemos enmudecer o emplear un lenguaje estúpido, repleto de lugares comunes y tópicos. El autor de Un viaje a la India (Seix Barral) defiende un lenguaje que no grita ni calle, un “lenguaje contra la tontería”. Por eso con narrar una historia no le basta, cree que la literatura es otra cosa y que si al cerrar el libro, el lector se marcha igual que cuando entró en él, no habrá literatura. Será otra cosa.
Tavares, cuyo perfil es el de Premio Nobel que nunca será reconocido como tal, renegó también de las novelas y los autores sin matices. O sea, los escritores maniqueos, que emplean una visión simplista para simplificar un conflicto atiborrado de matices. Hemos visto cómo novelas de gran recorrido comercial, han tratado conflictos armados contemporáneos españoles desde la reducción de la realidad a una oposición radical. Los malos eran muy estúpidos; los buenos, unos seres de luz. “Los malos también aman”, sentenció Tavares, que puso el ejemplo de Clara Petacci y Benito Mussolini. Hay amor en el fascismo. Porque reducirlo todo tanto impide entender por qué “el diablo es muy seductor”. Recordó que Hitler llegó al poder gracias a una inflación disparada y a un desempleo fuera de control. “El diablo se presentó diciendo que iba a bajar el paro y la inflación, claro, porque el diablo siempre viene con grandes palabras, no avisa de que va a hacer el mal”, añadió. La literatura debe estar a la altura de los malos, sino es panfleto.