La organización ecologista advierte de que las repetidas borrascas de este año han erosionado el litoral, haciendo sus playas y estuarios más vulnerables a posibles crecidas; la subida del nivel del Cantábrico y su natural agresividad completan la ecuación

Los mares y océanos son un ejemplo excelente de esa habitual dualidad de la existencia: pueden ser fuentes de alimento, vías de riqueza por medio del comercio, canales para conectar culturas distintas… Pero son, también, focos de un peligro perpetuo, elementos indomables capaces de destruir y matar inmisericordemente si no se les trata con prudencia y respeto. Asturias no está siendo cuidadosa con su litoral… Y podría pagar un carísimo precio por ello. Esa es la voz de alarma que Greenpeace ha lanzado a través de su informe ‘Destrucción a Toda Costa 2026’, pormenorizado documento que analiza la vulnerabilidad de la costa ante el colapso climático y la construcción descontrolada. Porque, según dicho texto, la asturiana es la franja costera del norte peninsular con un mayor riesgo de sufrir inundaciones, una perspectiva nada halagüeña en la que convergen la erosión causada por fenómenos meteorológicos, el deterioro costero por causas humanas, la subida del nivel del Cantábrico y la natural violencia del mismo. Por suerte, hay solución.
El informe elaborado por la organización ecologista detalla que, aunque la geomorfología del litoral asturiano ha sido siempre «abrupta», gracias a sus abundantes acantilados y a sus rasas costeras, que ejercen de barrera natural frente a la virulencia del mar, el aumento de la frecuencia de ciclogénesis explosivas, especialmente a lo largo de 2026, ha ido desgastando esa primera línea de defensa. El resultado es fácil de imaginar y, de hecho, ya ha sido tristemente constatado en lo que va de año: sin tales mecanismos de bloqueo las aguas, en niveles progresivamente más elevados a consecuencia de la fundición de los casquetes polares, penetran cada vez más hacia el interior del territorio, anegándolo todo a su paso, destruyendo ecosistemas y construcciones, requiriendo inversiones millonarias en reparaciones, y amenazando vidas. Ni qué decir tiene que los puntos urbanizados figuran entre los más amenazados, como quedó claro cuando, el pasado enero, la borrasca ‘Ingrid’ causó daños severos en el Muro de San Lorenzo, en Gijón; no obstante, también las playas y los estuarios cuenta con altos índices de riesgo. Sirva como ejemplo la pretendida construcción de veintiocho chalés en El Barrigón, a escasos metros de la playa de La Isla, en Colunga.
Paralelamente, la costa del Principado padece lo que Greenpeace define en su informe como «una pérdida progresiva de resiliencia biológica», un mal en el que la contaminación juega un papel clave, cierto, pero también las masificaciones estivales, particularmente en aquellos lugares sin una red de saneamiento adecuada. Los de Avilés, Bañugues, Navia y Villaviciosa son algunos de los ejemplos recogidos en el documento, en el que también se alerta de los desajustes metabólicos que especies como la merluza, el pixín, el chicharro o el bocarte ya padecen por el calentamiento de las aguas y la consiguiente merma de su carga de oxígeno. Eso, en la mar, pero es que en la tierra firme próxima al litoral también se hace patente la progresiva degradación del entorno. Un caso claro es el del celebérrimo plumero de la pampa, especie invasora que, al colonizar los taludes costeros, impide que crezca la vegetación autóctona en las dunas. Y, sin dicha vegetación, esos montículos de arena pierden su sustento, volviéndose inestables y perdiendo buena parte de su poder protector frente a las embestidas de las olas. Sistemas como el del Espartal, en Castrillón, ya lo han demostrado en el pasado.
¿Quedan esperanzas de un posible cambio de tales dinámicas? Sí, desde luego. De hecho, Greenpeace enumera algunos modelos de conductas a imitar que podrían replicarse. De entrada, en el ámbito normativo hay dos medidas que se han revelado eficaces a la hora de frenar el deterioro de la costa: el Decreto de Chiringuitos y Directrices del Litoral, de factura autonómica y que está llevando a analizar decenas de instalaciones estacionales para evaluar sus efectos sobre el entorno, y la nueva Ley de Puertos de Asturias, aprobada en marzo y que prevé sanciones de hasta 300.000 euros en casos de infracciones muy graves en dominio público. Sin embargo, la entidad ecologista tiene claro que nada hay tan efectivo como la deriva hacia conductas más respetuosas, y las acciones directas de reparación. Y ahí el gran modelo de éxito es el conjunto ecológico de Los Quebrantos y Bayas; en esa zona la aplicación de las llamadas Soluciones basadas en a Naturaleza (SbN) permitió recuperar y fortalecer el sistema dunar, que está siendo capaz de resistir los zarpazos de las galernas y borrascas. La restauración biológica de las dunas de Verdicio es esgrimidas por Greenpeace como otro ejemplo de triunfo. Así que sí, es posible. Solo hace falta la voluntad para aplicarlo.