
Vital por naturaleza y polifacética por definición, esta educadora veterana, formada como Ingeniera de Minas y profundamente aficionada al arte comparte con miGijón algunas de sus vivencias más íntimas, la evolución de su figura pública y sus expectativas de futuro

Isabel Viña Olay es Doctora Ingeniera de Minas y actual Defensora Universitaria de Oviedo, exvicerrectora, además de flamante ‘Mujer Prestosa 2026’ en la categoría Profesional por la Asociación Mujeres de Empresa Asturias.
Se jubiló no hace mucho, pero no para de acaparar noticias. Antes, por su brillante y comprometida trayectoria, tanto como docente como defensora de la comunidad universitaria, y ahora, por ser más “mujer prestosa” que nunca.
Aquí nos cuenta un poco su vida, aficiones y lo que tenga que venir.
Ya nos puede explicar por qué se le ve en todos los medios…
Porque parece que estoy de moda.
Pero de moda de pasarela, o de fotografía, o…
De información. Parece ser que hasta ahora no existía, y ahora sí.
Pues usted siempre se dedicó a mucho. Recuérdenos un poco sus actividades.
Mi dedicación profesional fue entera en la Universidad de Oviedo. Soy profesora titular. En su día estudié Ingeniería de Minas.
¿En su época cuántas ingenieras de minas había? Y con esto no la estoy llamando “madurita”, ¿eh?
Ya le digo yo que hace unas semanas cumplí setenta años. El año que yo empecé había cinco que ya habían pasado la carrera. Y si sigo recordando, de siete grupos que había en la Escuela de Minas en Primero, como mucho (poniendo cara de recordar), unas diecinueve mujeres.
¿Y cuánto alumnado en total?
Unos mil. La mujer era el suceso raro.
(Risas) Me encanta eso del suceso raro.
Eso lo decía mucho Carlos Conde, un catedrático de Matemáticas que no tenía muchos adeptos porque era muy duro y exigente, pero que a mí me guio hasta lo que fui. Él me abrió la puerta. Era el que decía lo del “suceso raro”. Y déjeme que le cuente una historia bonita, de la que nunca hablé.
Soy, mejor dicho, somos, todo ojos.
Cuando yo empecé a estudiar, Primero y Segundo eran selectivos.
Había que aprobar todo.
Eso es. El caso es que, gracias a un compañero de universidad, comencé, aquí en Gijón, a asistir a clases particulares a una academia. Se llamaba Academia Centro de Estudios Técnicos Superiores. Mirábente raro, porque entre tantu paisanu…
¿No se ligaba?
¡Qué va! No entendían por qué una mujer estaba estudiando una Ingeniería de Minas. Pero quiero dejar claro que no te miraban mal por ser mujer, sino porque no era el estudio habitual para una chavalina. Yo era Ursulina, me habían educado para estudiar o letras o para ser ama de casa.
¿Y entonces por qué se metió a hacer una Ingeniería?
Por descarte. Mire, ahora voy a decir ya lo que me da la gana. A mí se me daba bien todo, era una alumna de diez. Para vivir de ello me gustaban más las ciencias.
Y aquí, ¿qué se podía estudiar?
No me pregunte por qué, pero en una ocasión me vino a la cabeza estudiar ‘teleco’.
¡Pero si casi no existía!
Ya le digo pero, fíjese, la casualidad quiso que mi hijo, que de aquella, evidentemente, no estaba en mi mente, es precisamente ‘teleco’. Para seguir con la historia, en aquella época aquí solo había una ingeniería, la de minas. Después de tener aquí los dos años aprobados, academia y demás… ¿Qué iba, a marchar?
Y se quedó.
Añadido a eso, a uno de los profesores de la academia se le acababan las prórrogas de la mili. Pensaron que yo no podría dar las clases, pero entre tanto hombre, llegaron a una solución salomónica. Otro compañero, candidato como yo para dar clases, lo hizo en la sede de Oviedo y yo, en la de Gijón.
¿Qué pasó?
Que descubrí mi vocación por la docencia.
Así que desde segundo de carrera empezó a dar clases.
Y me permitió tener una cierta independencia económica. Ahí vuelve a aparecer mi profesor, Carlos Conde, y me propone sacar una beca para dar clases en la universidad.
Hasta la jubilación.
Di los primeros cursos de extensión universitaria, introduje la informática a media Asturias y, luego, pegué el salto para la docencia en Ingenieros Industriales.
¿Y de defensora universitaria?
Significa defender a cualquier miembro de la comunidad universitaria, no solo a alumnos. Eso me hizo moverme a reuniones; sobre todo, a Madrid.
Nunca se planteó quedarse en la capital…
¿Para qué? Además, en un curso de extensión universitaria conocí al que fue mi marido ‘el Albertín’.
¡Ay! Ya sé que es viuda
Desde el 23 de diciembre de 2023. ¿Qué voy a hacer? Tuve la gran suerte de no haberme jubilado, y eso que a él lo jubilaron muy joven.
¿Y nunca le dijo, como pasa a veces, que dejara de trabajar para poder viajar, o yo qué sé?
¡Jamás! Todo lo contrario. Para ser defensora se necesitan abales, y esos hay que buscarlos, así que recorrí todas las universidades, y él fue mi taxista.
Ya sabemos cosas de su vida desconocidas. Centrémonos en el ahora. Está en todos los medios un día sí y otro también. Y, además, sé que le gusta mucho el arte. Y añado que sé que pinta.
Sí, voy a clases de pintura. Pero… ¡Ojo! Yo no soy pintora, no soy artista; soy artesana. El ‘artisteo’ no ye lo mío. Soy una copiadora.
Explíquenos eso.
Yo copio, no creo.
Y es coleccionista.
Voy a ferias y a ver museos, pero no a fartucame, ¿eh?
Y le gusta el arte contemporáneo.
Mucho. Yo lo entiendo a mi manera.
¿Cómo elige un cuadro para casa?
Me llaman ellos. De repente, veo uno… Empiezo a rondar, como un cortejo… Eso sí, como el artista no me caiga bien, no compro, por mucho que me guste el cuadro.
(Risas) Para ir despidiéndonos, ¿cómo recibe estas muestras de cariño? Seguro que le gustan.
Con un poco de sustu, y fíjese yo soy socia de FEDA (Federación de Empresarias y Directivas de Asturias), y me dan el reconocimiento las Mujeres Empresa.
Porque es ‘ayudona’.
Métome yo sola en barullos, pero si alguien necesita algo de mí… Mi primo, Dioni Viña, decía que era un poco “bocachancla”.
¡Ay! Dioni y su mujer Lolina…
Fallecidos los dos. Por eso hay que aprovechar.