
«Jacobo Olañeta parece una calle peatonal sin demasiada importancia. Pero su suciedad, el pavimento destrozado y el trasiego constante de vehículos la convierten en un buen ejemplo de cómo gestiona Gijón parte de su espacio público»

La calle Jacobo Olañeta es una calle peatonal más del centro de Gijón. Una de esas que, pese a estar en pleno centro, no recibe el cuidado necesario porque, en cierto modo, no es una calle productiva. Es decir, no está llena de terrazas, ni de comercios relevantes.
Fíjense bien en esto, porque es algo que determina el futuro de muchos espacios de Gijón. Si una calle peatonal no tiene bancos, ni una infraestructura mínima que permita disfrutarla, acaba convertida en un auténtico erial de vida social y, de paso, en un foco de suciedad y falta de mantenimiento.
La reflexión de este artículo viene motivada también porque son varias las personas que han escrito al Observatorio Xixonés de Movilidad (OXM) para quejarse del poco cuidado que se tiene con esta calle, y del caso omiso que les hace el Ayuntamiento. Hay numerosas baldosas rotas, suciedad a lo largo de toda la vía y alrededor de sus contenedores, además de un continuo uso para carga y descarga, pese a existir una señal que indica bien claro que solo pueden pasar EMULSA y residentes.
Pues bien, si empezamos a analizar las causas y nos centramos en la suciedad, lo cierto es que no estamos únicamente ante una cuestión de baldeos, limpieza o recogida de contenedores. Toda la calle se encuentra en un estado bastante deplorable, especialmente en el tramo más próximo al Náutico. Fachadas y cierres de bajos comerciales pintarrajeados, cables tendidos por el exterior de los edificios y una completa falta de armonía entre fachadas, comercios y tapas de registros y servicios colocadas en el suelo.
Estamos, por tanto, ante un escenario bastante común en Gijón, pero que afecta especialmente a las calles del entorno de San Agustín. Una manzana curiosa, puesto que apenas tiene un puñado de plazas de aparcamiento en superficie delante de un estacionamiento subterráneo. Plazas que bien podrían aprovecharse para crear unas zonas de carga y descarga decentes y que, sin duda, hacen falta en todo el centro.
La escasez de estos espacios condena sus alrededores, y especialmente Jacobo Olañeta, a funcionar como una zona permanente de carga y descarga, en lugar de como una calle con el acceso restringido al tráfico. Por si quedaba alguna duda, en Jacobo Olañeta existe una señal bien clara que indica que no se puede pasar. Pero eso, en Gijón, no supone obstáculo alguno. Cuando apenas existe vigilancia ni se exige el cumplimiento de las normas más básicas de circulación, estos son los resultados. También se entiende poco por qué han desaparecido algunas de las jardineras que dificultaban este uso indebido de la calle. Uno ya no sabe si al Ayuntamiento simplemente le da igual o si, además, lo permite.
Todo el entorno de San Agustín necesita una reforma desde hace mucho tiempo. Son calles estrechas, con pocas plazas de aparcamiento, en las que hay que conciliar las necesidades de vecinos y vecinas con las de comercios, supermercados y establecimientos hosteleros. Y, luego, está el penoso estado de la plaza de Romualdo Alvargonzález, con una zona infantil que da pena y dolor verla. Sobran el tráfico de paso, los vehículos dando vueltas y cualquier incentivo para que sigan haciéndolo.
¿Y por qué Jacobo Olañeta es un síntoma?

Porque, como ocurre con muchas otras zonas de Gijón, las calles semipeatonales, peatonales o con un tráfico mínimo empiezan a necesitar una renovación de su pavimento, avanzar hacia la plataforma única allí donde todavía no existe, y establecer un control mucho más estricto del acceso de vehículos. Algo que podría hacerse mediante controles y cámaras; especialmente si, como se dice, faltan efectivos de la Policía Local a pie de calle capaces de enderezar la situación. Además, no estamos hablando de medidas rarísimas, ni radicales. Es el día a día en Oviedo y Avilés, dos ciudades que, por mucho que le fastidie al vecino o vecina más orgulloso de Gijón, nos están superando con creces en la gestión de estas situaciones.
Piensen en el entorno de Begoña, la plaza del Seis de Agosto o la plaza de Europa, y en todas sus calles peatonales o semipeatonales. ¿Se acuerdan de por qué hubo que poner bolardos en la calle San Antonio? ¿O de por qué, en ocasiones, ni siquiera se puede caminar por la calle Emilio Villa?
Siempre acaba ocurriendo lo mismo. Si no se ponen impedimentos y no existe vigilancia alguna, las calles de plataforma única terminan llenándose de vehículos haciendo cargas y descargas cuestionables, coches del ‘recadín’ y, como consecuencia, pavimento destrozado, suciedad e incomodidad para cualquiera que intente recorrerlas andando.
Las calles peatonales suelen mejorar las ciudades porque reducen el ruido, facilitan la convivencia y el comercio, y permiten una manera de moverse más saludable y a escala humana. A veces, incluso tienen árboles y bancos que, además, generan sombra y un lugar tranquilo donde estar. Lo de Jacobo Olañeta es un ejemplo de lo contrario: si peatonalizas una calle sobre el plano, y después la abandonas a su suerte, no obtienes espacio público. Obtienes un decorado desgastado por los coches y la falta de mantenimiento.
La conclusión más inmediata: Jacobo Olañeta necesita mejoras y, como mínimo, un poco de atención. Es de esperar que, en algún momento, se tomen cartas en el asunto.
Sin embargo, si la analizamos mínimamente, esta calle es el síntoma de algo que va mucho más allá de ella. Refleja la nula gestión de la movilidad y del espacio público por parte de este Ayuntamiento, si no hay terrazas o algún negocio relevante en medio. Y muchas veces, ni con esas. Los resultados, por desgracia, están a la vista de todo el mundo.
Anatema: A Los coches ni tocarlos y a sus conductores barra libre.