La medida, vinculada a la normativa de protección a la infancia, limita la visibilidad de las láminas de agua y plantea jornadas específicas para las familias

Las gradas vacías ya no son una excepción en las piscinas municipales de Gijón. Son la norma. Desde finales de marzo, los usuarios se han ido encontrando con accesos cerrados o cristaleras cubiertas que impiden ver lo que ocurre en el agua, una decisión que no responde a una cuestión organizativa puntual, sino a un cambio de enfoque: priorizar la protección de menores en un entorno considerado especialmente sensible. La medida afecta al conjunto de instalaciones municipales y se traduce, en la práctica, en la imposibilidad de que el público -incluidas las familias- pueda observar el desarrollo de cursos o entrenamientos acuáticos. El objetivo, según el Patronato Deportivo Municipal, es garantizar espacios “seguros, respetuosos y libres de cualquier forma de violencia”.
El marco no es nuevo. La restricción se apoya en el Protocolo de Actuación Frente a la Violencia hacia la Infancia y la Adolescencia en el ámbito deportivo, aprobado en 2025, y en la legislación estatal de protección integral a la infancia. Pero su aplicación en piscinas introduce un cambio visible en la rutina de usuarios y familias. ¿Por qué ahora? Desde el ámbito municipal se apuntan tres razones principales. La primera, la protección de la privacidad. En actividades acuáticas, explican, los menores se encuentran en una situación de mayor exposición debido a la indumentaria y al propio espacio. A ello se suma un fenómeno cada vez más extendido: la captación de imágenes desde las gradas. Fotografías o vídeos que, aunque en muchos casos se realizan sin mala intención, pueden acabar difundidos a través de mensajería o redes sociales, con implicaciones legales.
El segundo argumento tiene que ver con la seguridad y el control de accesos. La presencia continua de adultos en las gradas -en ocasiones ajenos a la actividad- introduce, según defienden, elementos de distracción y puede dificultar la supervisión por parte de los monitores. No es raro, apuntan, que se produzcan intervenciones desde fuera: indicaciones, gritos o incluso conflictos que alteran el normal desarrollo de las sesiones. El tercer eje es el educativo. Porque, más allá de la práctica deportiva, los cursos de natación se entienden como procesos formativos. Y en ese contexto, la observación constante por parte de familiares puede generar presión sobre los menores. Sin ese foco externo, sostienen, el aprendizaje se desarrolla en un entorno más tranquilo, favoreciendo la concentración y la confianza.
La decisión no implica un cierre total a las familias. Como alternativa, se ha planteado la puesta en marcha de jornadas periódicas -denominadas “Día de las familias”– en las que, de forma controlada, se permitirá el acceso para seguir de cerca la evolución de los participantes. El cambio, en cualquier caso, introduce una nueva lógica: la de entender la formación deportiva como un espacio cerrado, más cercano a un aula que a un espectáculo. Una idea que no es del todo nueva pero que ahora se extiende a uno de los ámbitos con mayor presencia de público.