Riadas pestilentes, riadas amables… y también riadas jolgoriosas; riadas de sidra: esta también fue en tiempos la calle con más sidrerías de Gijón

«El itinerario estuvo perfectamente vigilado por la Policía Municipal. Hubo algunos problemas de tráfico en la confluencia de la calle Calvo Sotelo con la avenida Héroes del Simancas aunque estos se solventaron sin dificultad». El periódico informaba así, el 27 de octubre de 1981, del decurso del III Cross Popular Villa de Gijón, que había concluido con victoria de Pedro Mosquera. ¿Calvo Sotelo, Héroes del Simancas? Pocos lectores de menos de cincuenta años sabrían ubicar, hoy, esos problemas de tráfico. En 1981, el nomenclátor de Gijón todavía estaba lleno de nombres homenaje a los héroes de la dictadura franquista. Los del Simancas (nacionales atrincherados, en plan Alcázar de Toledo, en lo que ahora es el Colegio de la Inmaculada) o ese Calvo Sotelo que no era Leopoldo, el que fue presidente entre 1981 y 1982, sino su tío José, «Protomártir de la Cruzada» en el santoral franquista debido a su asesinato en 1936, que precedió unos días el estallido de la guerra y la precipitó. Al año siguiente, las dos calles ya tenían otro nombre. La calle José Calvo Sotelo (que en la República había sido calle Manuel Azaña) se convirtió en calle Manuel Llaneza. Y la calle Héroes del Simancas recuperó el nombre que había tenido entre 1931 y 1937: Pablo Iglesias.
La historia es un río que corre, y que a veces arrastra, llevándose una época completa. Antes que Pablo Iglesias, esa que es una de las grandes arterias de Gijón se había llamado bulevar San José. Un nombre elegante —que se justificaba en las hileras de árboles que tenía— para una calle que en realidad tardó en serlo, pareciéndose con frecuencia, más bien, a una cloaca al aire, al cauce de una riada de aguas no muy amables. Lo cuenta Hernán Piniella:
«La falta de previsión y la anárquica concesión de licencias de edificación hicieron que el Coto no se rasara adecuadamente y durante muchos años sus fronteras con los barrios de donde había nacido fueron lugar de quebradas y barrancos donde más de un trasnochado amanecía durmiendo la mona al lado del arroyo que desaguaba en la charca del Piles, un pestilente caudal de aguas excedentes del acuífero del Real, en su día de aguas limpias pero donde la gente arrojaba toda clase de inmundicias que cuando el regato aquel pasaba por las inmediaciones del Boulevard, agredía sin piedad alguna las pituitarias de los desprevenidos viandantes».
El asfalto y las aceras no le llegaron al bulevar hasta el tiempo en el que ya había dejado de llamarse así, y había pasado a homenajear a los del Simancas. Por entonces, lo más conocido en Gijón de cuanto ofertaba la calle era La Bolsa del Automóvil, un sitio de venta de coches de segunda mano, ante cuya fachada comercial se colocaba una riada de vehículos, que atraía a una riada de curiosos y compradores… La Bolsa facilitaba, vuelve a contarnos Hernán Piniella—, «y de qué manera, el poder verse un gijonés de alpargatas, de los pluriempleados hasta las cejas, pilotando un demonio con motor de explosión, con el que llevar los domingos a toda la tropa familiar a insólitas excursiones, descubriendo Perlora, el Cabo Peñas o los hermosos paisajes de Peón: ni el domingo, ni la cartera daban para más aventura». El negocio ofrecía «coches de primera, segunda, tercera y cualquier tipo de mano», cuenta Piniella en otra parte. Todo el mundo podía llevarse algo, no importaba cuál fuera su poder adquisitivo, porque hasta «para los desharrapados de barrios ignorados por la fortuna, los propietarios del lugar tenían modestos aros de bicicletas jubiladas, artículo de cortesía para los niños».
Riadas pestilentes, riadas amables… y también riadas jolgoriosas; riadas de sidra: esta también fue en tiempos la calle con más sidrerías de Gijón. Como la sidrería Sporting, un templo privado del equipo local, de paredes rojiblancas, llenas de fotos de ilustres del club. O la sidrería Simancas, que mantiene el recuerdo del nombre que la avenida perdió en 1982. La historia cambia, pero el amor del pueblo gijonés por unos culetes y unos bígaros no lo va a hacer jamás.