Lugar agradable, este rincón pequeño; lugar bello; lugar para el solaz y el recreo, el asueto y el placer; la pesca y la cháchara

¿Cuándo empezó El Rinconín a llamarse El Rinconín? Parece que no hace mucho, si comprobamos que la primera mención de ese topónimo en la hemeroteca histórica del decano de la prensa regional data de solo 1959. La encontramos en la sección de Sucesos, haciendo referencia a la aparición allí de un cadáver. Lo había encontrado «un conocido pescador de caña, vecino de Ceares, cuando se dirigía a efectuar su diversión favorita al llegar al lugar conocido por “el Rinconín”, pasando el Sanatorio Marítimo». Vio un abrigo de hombre tirado, sospechó alguna desgracia, bajó a la mar y encontró el cuerpo.
Mucho se pescaba en El Rinconín. Uno de los que más lo hacía era uno de los abuelos de Pachi Poncela. Lo cuenta en el prólogo a Raros, disidentes y heterodoxos: personajes de Xixón entre 1850 y 1950: «El autor de mis días era hijo de un soplador de vidrio que, cuando no pescaba merluces (a razón de una caja de sidra diaria), se entretenía tirando el anzuelo a lubinas y chicharros en una piedrona muy lisa que hay a la altura de El Rinconín y a la que los pesquines de la época pusieron el nombre de mi abuelo: la peña Artemio».
Lugar agradable, este rincón pequeño; lugar bello; lugar para el solaz y el recreo, el asueto y el placer; la pesca y la cháchara. Por ejemplo, la de aquella tertulia de filósofos en taparrabos que menciona Héctor Vázquez-Azpiri en su Guía sentimental de Asturias, de 1994:
«Nada más pasar el puente y tirando hacia el nordeste acaba uno por topar con El Rinconín, una rocosa caleta que alberga desde hace muchos años y en la época de bañarse a una tertulia de filósofos con sendos taparrabos. Hay que reconocer la valentía de esta gente; ni Sócrates ni Platón serían capaces de mantener sus diálogos sentados por tanto tiempo sobre unas rocas picudas. Un ejercicio de humildad intelectual, abnegación y sacrificio que asombra a quien lo ve. Pero se pasa bien allí, hablando con aquella gente sabia; sobre todo si se lleva uno un almohadón para aliviar las nalgas».
El mar del Rinconín ha sido mar de muerte (la de aquel cadáver o la de los represaliados del franquismo, arrojados al mar allí tanto como desde el cerro), ha sido mar de vida… Pero por encima de todo ha sido el mar de otro mar; el mar humano, el océano vital de su más ilustre vecina. Rosario de Acuña vivió allí y allí murió en 1923, en la casa en la que esta brava librepensadora, masona, feminista y republicana, al principio del siglo XX, encontró su refugio y su taller; el lugar en el que escribía sobre toda clase de cosas y al que volvía después de sus excursiones montañeras. Fue feliz allí, aunque a veces el Gijón más carca le apedrease la puerta. La acusaban de bruja, por acciones como acudir a una muy concurrida manifestación «contra la frailocracia» seguida de mitin que se celebró el 3 de julio de 1910, entre Begoña y la Plaza Mayor. En 1911 publicó un artículo sobre ello en El Noroeste, dirigido «A dos beatas gijonesas» que la habían acusado de inmoral. Inmorales lo serían ellas:
«Vosotras, a quien no supongo jesuitas, no debéis tener fines interesados en ser tolerantes, desde luego que os creéis buenas cristianas ayudando a quemar a los herejes; estáis en un profundo error. De las cenizas de tantos como quemó la Inquisición, surgió toda una muchedumbre de heterodoxos de la Edad Moderna. Si llegáis a quemarme es tal la inmensidad de conciencia que hay en cada una de mis moléculas que donde cayera un átomo de mí, surgiría un pueblo entero de librepensadores y racionalistas… ¡No le conviene a la iglesia quemarme! Cuando nosotros triunfemos, tened la seguridad que no os quemaremos.
[…] Mientras vosotras masculláis un Padrenuestro estáis pensando en la querida de la vecina, en las faldas de moda o en cómo meteréis mano en las cuentas de vuestros hombres. Nosotras, que no rezamos nunca, estamos pensando siempre de qué modo haremos las cosas más conforme a la moral y, creedme, lo que intentasteis hacer el otro día en contra mía, es una acción perversa, muy mala, lo más lejano a lo que llamáis cristianismo».
Para mar enorme y bravío, ella.