Tantas cosas han cambiado. Pero sí: seguimos viendo la puesta de sol desde la Punta Liquerique

María José Capellín fue anarquista antes que comunista, y cuando militaba en CRAS, las Comunas Revolucionarias de Acción Socialista, se le encomendó que visitase en Francia a unos viejos militantes exiliados allí. Se encontró, entre otros, con uno de Gijón, que, envuelto en la señardá de la patria perdida, le preguntó: «¿Y sigues viendo la puesta de sol desde la Punta Liquerique…?».
No sabemos qué fue de aquel ácrata expatriado, pero no resulta peliculero imaginárselo falleciendo allá en Francia, y pronunciando esa palabra extraña, imposible de olvidar, Liquerique, como la última de su vida, al modo del Rosebud de Ciudadano Kane. «Liquerique…». Vocablo, sí, extraño, que parece añejo, apto para alguna leyenda popular como esa que dice que Tazones se llama así, no por el latín stationem («puerto»), sino por los tazones de leche que le dieron a Carlos V cuando puso el pie allí, en 1517. Pero que es reciente, como el dique rompeolas que designa; y su etimología, ningún misterio: el apellido vasco Lekerika/Lequerica, que era el que llevaba su constructor.
Los topónimos van cambiando, el habla popular los va erosionando, como a piedras del río, cuando transcurren las décadas y los siglos. En Cosiquines de la mio quintana, de 1894, en un glosario de orígenes de nombres de calles y lugares gijoneses, Julio Somoza lo comentaba así en referencia a otro topónimo transformado (con la rivalidad con Oviedo de por medio):
«BOMBÉ— Escalera que bajaba al antiguo paseo cubierto del Bombé, hoy demolido, y bien demolido, para que no fuera ridícula parodia del precioso Salón ovetense del mismo nombre. Presumimos que el verdadero debió ser Bombay, españolizado más tarde en aquella forma por razón de pronunciación, de igual modo que hoy decimos Liquerique al muelle así llamado, cuando su constructor lleva el apellido vascuence de Lequérica […]».
En Manolita Cálvez, novela gijonesa, del mismo año, escrita por Tarfe, sale el «muelle de Liquerica», ya a medio camino toponímico, como se ve, entre el apellido vascuence y la comicidad playa: desde allá ve Baldomero Franqueza «la azul llanura del mar, salpicada a trechos de blancos copos de espuma y de pálidos rastros de luz que hacían temblar sobre las aguas adormecidas el reflejo de las estrellas». Es bella, en Liquerique, la puesta del sol, pero también la noche. Un espacio popular, del pueblo, de la belleza popular que así glosaba pocos años más tarde (1903) Juan Gualberto López Valdemoro, conde de Las Navas, de visita en la ciudad: una «constante exposición de hermosura, así de las hijas del pueblo, que desnudas de pie y pierna zambullen grandes cestos de “sardines” en las olas que lamen las rampas del muelle; como de las gentiles señoritas que por las tardes pasean desde la fonda de La Iberia a la punta de Liquerique». Gerardo Diego disfruta a su vez, en los años treinta, de la visión de «espesos grupos de marineros discutidores vestidos de azul» y el «trajinar [de] los pescadores de las traineras recién llegados para la costera» a aquel «puerto viejo y chico en el que aún sonaba el acordeón y sesteaban en sus garitas los carabineros del mar», como mucho tiempo más tarde recordaba Luis A. Piner, amigo del poeta.
Lugar, también, de fiesta, de xarana. En la romería de la Consolación, cuenta Andrés González Blanco en 1914, «innumerables luminarias engalanan el muelle; los barcos surtos lucen farolillos de colores que proyectan sobre el mar sus fantásticos reflejos; las dos bandas de música en estrepitosa porfía lanzan alternativamente estampidos tremendos desde la punta de Lequerica y por toda la población corre un aire de alegría resonante, de felicidad pública que se comunica y se contagia como un virus maligno». Luces, reflejos, artificiales, solares, se reúnen siempre en Liquerique, que los atrae como un arbusto propicio a las luciérnagas. En Liquerica disfruta un protagonista de El calvario de piedra, de Joaquín Alonso Bonet, al aire del mar que «le acaricia saludablemente», no la puesta, ni el mediodía, ni el no-sol de la noche, sino un sol tercero, el del amanecer; el día que «llega por el mar, como un gran topacio que se fuese diluyendo sobre las aguas, salpicadas de velas pequeñitas».
Tantas cosas han cambiado. Pero sí: seguimos viendo la puesta de sol desde la Punta Liquerique.