El escritor presentó en Oviedo ‘El juicio. La Inquisición contra Goya’, una obra que explora los límites del arte, la censura y la libertad creativa a través de uno de los momentos más controvertidos del pintor
No fue una elección sencilla. Acercarse a la figura de Francisco de Goya implicaba asumir el peso de uno de los nombres más complejos de la historia del arte. Sin embargo, el escritor Luis Zueco decidió hacerlo poniendo el foco en uno de los episodios menos conocidos de su trayectoria: el proceso que la Inquisición abrió contra el pintor aragonés a raíz de su obra Los Caprichos. El resultado es El juicio. La Inquisición contra Goya, novela que presentó recientemente en Oviedo y sobre la que conversó en el Canal Prestosu de Caja Rural de Asturias.
El autor reconoce que su intención inicial era escribir sobre Goya, pero la amplitud de su vida -más de ocho décadas atravesando distintos reinados- planteaba una dificultad narrativa evidente. “¿En qué momento de su vida pones el foco?”, se plantea. La respuesta llegó a través de una reflexión más amplia: qué es el arte. “Si hay una novela que respondiera esa pregunta, quizás la persona que mejor puede hacerlo es Goya”, explica. Ese punto de partida le llevó a investigar Los Caprichos, una serie de estampas cargadas de crítica social que, según subraya, no fueron concebidas como cuadros aislados, sino como un libro. Una obra pensada para circular en determinados círculos ilustrados de la época, donde se debatía su significado en salones literarios y espacios de sociabilidad intelectual. “Goya hace una crítica a la sociedad de su tiempo y necesita que sea un libro”, apunta el autor.
La novela sitúa al lector en una etapa clave en la que el pintor, ya consolidado, se enfrenta a una tensión que atraviesa toda creación artística: la que existe entre el encargo y la libertad. En este sentido, Zueco destaca el carácter innovador de Goya, que rompe con la tradición de trabajar exclusivamente por encargo para desarrollar una obra personal que financia de su propio bolsillo. “Ahí sí que es libre, porque hace lo que le da la gana”. Esa libertad, sin embargo, no estuvo exenta de riesgos. La carga crítica y simbólica de Los Caprichos, unida a elementos como la representación del desnudo femenino -en una época en la que estaba prohibido-, generó tensiones con la Inquisición. “Estamos en una época compleja”, señala el escritor, quien explica cómo determinadas obras podían interpretarse como provocaciones en un contexto de fuerte control ideológico.
La obra también pone el foco en figuras menos visibles del entorno del pintor, como su esposa, Josefa Bayeu, a la que presenta como una mujer ilustrada con un papel activo en la gestión doméstica y profesional. Una perspectiva que permite ampliar la mirada sobre la época y sus dinámicas sociales. Más allá del episodio histórico, la novela plantea cuestiones que trascienden su tiempo, como los límites de la libertad creativa o la relación entre arte y mercado. “Ahora puedes elegir, pero el mercado te pide ciertas cosas”, reflexiona Zueco, estableciendo un paralelismo entre el contexto de Goya y el actual.
En ese sentido, el autor reivindica la vigencia del pensamiento ilustrado, especialmente en lo relativo al papel de la educación como herramienta frente a la ignorancia. Un mensaje que, según sostiene, sigue siendo plenamente contemporáneo. Al final, la pregunta que recorre tanto la novela como la conversación permanece abierta: ¿qué es el arte? Para Zueco, no hay una respuesta única. “Depende de la persona y de la época”, afirma, aunque sí introduce un matiz claro: “El arte no puede ser solo bonito, siempre tiene que tener un mensaje”.