El nuevo descubrimiento del Muséu del Pueblu d’Asturies sorprende con una exposición de un centenar de imágenes sobre las crudas condiones laborales de los años cincuenta y sesenta, sobre todo, en la mina
Era fotógrafo de lo que se conoce como “BBC”, es decir, vivía de su trabajo en bodas, bautizos y comuniones. Pero Mario Pascual (Sama de Langreo, 1927 – Rioseco, Sobrescobio, 2012) se alimentaba con sus expediciones documentales a los espacios de trabajo, sobre todo, de la minería y en sus incursiones por los márgenes de la sociedad. Con este material creó, durante los años cincuenta y sesenta, un corpus fotográfico que lo convierten “en uno de los mejores fotógrafos asturianos”, asegura Juaco López, director del Muséu del Pueblu d’Asturias, que ahora inaugura una extraordinaria exposición dedicada a la obra de otro fotógrafo asturiano olvidado.
Vidas de un mismo tiempo. Fotografía social de Mario Pascual, 1959 – 1970 es un acontecimiento en la vida cultural asturiana similar a los grandes hallazgos que este mismo museo ha dado a conocer en los últimos años, al recuperar del olvido y conservar de su destrucción los fondos de Modesto Montoto, Constantino Suárez, Miguel Rojo Borbolla, Valentín Vega, Baltasar Cue o Eladio Begega, entre muchos otros. En febrero de 2019, los herederos del fotógrafo entregaron al director del museo cerca de cincuenta mil negativos, donados para formar parte de uno de los archivos fotográficos más importantes del país.
De aquellos negativos, el museo digitalizó cinco mil de diferentes formatos, aunque el preferido de Pascual fue el 6×6. A partir de este inmenso archivo, Saúl Martínez, Carolina Pelaz, Juaco López y Francisco Crabiffosse realizaron la selección que hoy compone la visita, con un centenar de fotos colgadas en las paredes y cerca de cincuenta imágenes proyectadas. Aunque algunas de sus fotos pudieron verse en el año 2020, en la exposición Los trabayos y los díes de la mina: fotografía minera en los fondos del Muséu del Pueblu d’Asturies (1900 – 1997), la última vez que hubo una muestra retrospectiva dedicada a Mario Pascual se remonta a 1965.
Pascual trabajó por libre, sin vincularse a las agrupaciones fotográficas que actuaban por entonces y que fueron una generación de extraordinarios creadores comprometidos con la fotografía como medio de expresión de su tiempo y de la vida cotidiana. En la posguerra las asociaciones fotográficas, como el grupo AFAL o La Palangana, eran uno de los escasos lugares de encuentro, con las asociaciones culturales prohibidas por el franquismo. Y desde los años cincuenta el medio revolucionó la imagen costumbrista, con grandes activos como Francesc Catalá-Roca, Nicolás Müller, Ramón Masats, Leopoldo Pomés, Joan Colom o Xavier Miserachs.
Al igual que sus compañeros, Mario Pascual caminó hacia la modernidad por un camino único y particular, poco atendido por el resto, la vida laboral. Frente a las visiones íntimas y cotidianas de entornos urbanos como Madrid y Barcelona o los reportajes de viajes y fiestas costumbristas, Pascual se centró en la cuencia minera y en los expulsados por la sociedad, elaborando una imagen muy diferente a la que pretendía el franquismo. Sus fotos neutralizan la propaganda de los falsos 25 años de paz que difundió la dictadura para crear una idea de progreso económico en el extranjero.
La mirada de Pascual es un retrato a las crudas condiciones laborales y al duro entorno rural. Ningún otro fotógrafo de su generación miró a la clase trabajadora de esta manera. Las imágenes que buscó Mario Pascual no destilaban ironía ni un punto de vista insólito. Ni siquiera podemos asegurar que Pascual hiciera como el resto de fotógrafos de aquella época y se obsesionara con el instante decisivo creado por Henri Cartier-Bresson. Tampoco fue un cronista de la realidad, porque sus fotos carecen de acontecimiento explotado en serie (que tan bien hizo Ramón Masats). El asturiano fue un fotógrafo distinto a todos ellos. Las fotografías de Mario Pascual son las de un humanista que se acercó a sus protagonistas con la misión de hallar el gesto de la dignidad.
Aunque gracias al pintor Eduardo Úrculo tuvo acceso a retratar la intelectualidad artística madrileña (Ana María Matute, García Hortelano o Antonio Saura), sus personajes no eran esos. La galería de estrellas es una curiosa anomalía de un excelente retratista en medio de un excelso catálogo de personalidades anónimas, supervivientes de la pobreza.












