«No creamos, no imaginamos, no soñamos un mundo nuevo, sino que le rogamos a los monstruos de nuestras pesadillas que no destruyan el viejo»

La Internacional negra lleva un mundo nuevo en sus corazones, y es, por supuesto, un mundo de mierda, un mundo atroz. Pero es ciertamente nuevo. Nace en pesebres insospechados como El Salvador de Nayib Bukele, que acaba de anunciar que le entrega la sanidad a la IA de Google. Un espanto más en la lista descivilizatoria de los amigos de nuestro Vox. Pero hay algo en ello que uno puede con todo y hasta cierto punto envidiar: una vocación creadora, innovadora, cuyo torrente puede caerse por vertientes siniestras, pero también podría regar las praderas de la igualdad y de la justicia, sin que nadie lo esté encauzando hacia ellas.
Toda revolución industrial genera cambios sociopolíticos. La neolítica inventó el Estado; la de la imprenta y la pólvora, el Estado moderno; la de la máquina de vapor, el tren y los relojes, el Estado liberal. La segunda revolución industrial trajo en el umbral del siglo XX la política de masas, que podía ser de muy distintas masas: las del fascismo, el comunismo o el New Deal rooseveltiano. Pero en todos los casos había gente soñando usos inéditos para las máquinas nuevas. Sóviets y electrificación, decía Lenin: «Domeñarán el Dniéper con arneses de alambre, / forzarán al Dniéper / a fluir por las turbinas». También se forzaban el Elba y el Mississippi; también se forzaron el Tajo y el Duero, con Maura y con Primo y con Azaña y con Franco. La modernidad era una carrera por ser más y mejores modernos. Y generó estragos que hoy pagamos, pero mientras comemos caliente tres veces al día y sin morirnos de tuberculosis o de viruela (que vivan san Jenner, san Pasteur y san Fleming).
La innovación era tecnológica y, a veces, contaminante, imperialista, represiva: los campos de exterminio nazis eran un prodigio de la organización industrial moderna. Pero hubo también una creatividad progresista, humanista: ciudades jardín, trasplantes de corazón, misiones pedagógicas que llevaban un cinematógrafo en el camión con el que llegaban adonde nunca se había llegado, agua corriente y potable en lavabos y váteres en las casas de los estibadores y los mineros. No había muchos verdaderos antimodernos, porque incluso los reaccionarios lo que querían era una modernidad con Cristo, en vez de sin él: iglesias llenas en la ciudad jardín, crucifijos en el quirófano, películas sobre el Evangelio. La genética moderna la inventó un monje —Mendel—; la teoría del Big Bang, un sacerdote belga: Lemaître. En la España de 1900, no había partido con una organización tan vanguardista y moderna como el carlista.
La izquierda del XXI se ha salido en buena parte de esta carrera, que nunca ha dejado de correrse. Bukele, Peter Thiel y otros atletas del inframundo corren raudos por la pista mientras nosotros dormimos una pesada siesta al calor del fuego de Prometeo, que va apagándose poco a poco sin que nadie corra a robarle al Olimpo una llama nueva que lo acrezca. No creamos, no imaginamos, no soñamos un mundo nuevo, sino que le rogamos a los monstruos de nuestras pesadillas que no destruyan el viejo. No es que no tengamos creadores e innovadores, pero esa imaginación tecnoprogresista no estalla hasta convertirse en un sueño asimilado y un credo inmediato de todos los militantes de la justicia social: IA socialista, bancos de tiempo, comunidades energéticas, reindustrialización sostenible, cohousing, objetotecas, algo novedoso que proponer —pero algo positivo y concreto que proponer— sobre defensa, impuestos o migración. Cada vez decimos menos cosas sobre más cosas, enmudecidos en el silencio de nuestra perplejidad. Prometeo habla en sueños, dice cosas dormido, pero son deslavazadas palabras de estribillos vetustos. Dice la sanidad no se vende se defiende, dice OTAN no bases fuera. Y no dice mucho más.
El militante menos espabilado de las viejas Casas del Pueblo sabía describir en detalle el mundo ideal por el que combatía: dónde pondría el parque infantil en la barriada dignificada, dónde el consultorio médico, dónde la biblioteca pública. Si hoy no existieran las bibliotecas públicas, es posible que no fuéramos capaces de imaginarlas, y es normal: fueron una idea disruptiva, inconcebible, un escándalo. Palacios para el pueblo. No se podía hacer, y sin embargo se hizo. Cuando se debatía el sufragio universal masculino en el Congreso, allá por 1890, alguien sugirió que podía ser también femenino. La carcajada fue estruendosa. Tampoco se podía hacer. Acabó haciéndose. Siglo y pico después, un hospital algorítmico podría ser la premisa de un sketch de José Mota. Pero ya hay gente construyéndolo.