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miércoles, 4 noviembre, 2026
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Narcocorrido ‘playu’

Silvia Cosio por Silvia Cosio
04/11/26
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«La guerra contra las drogas es, simplemente, una variante más de la eterna y poco sofisticada guerra contra los pobres. Es por ello una mentira. Nada más que una cara performance. Espectáculo para contentar a las masas. Los narcos cada vez son más poderosos»

Aspecto que presenta la floristería Barber, clausurada por las autoridades el pasado 8 de octubre. / miGijón

Narcos y puteros. Puteros y narcos. El orden de los factores no altera el producto. Estos dos tipos de personas son, a mi entender, dos de los seres más despreciables con los que tenemos la desgracia de cruzarnos todos los días. Muchas veces sin saberlo, pues a primera vista no hay nada que distinga a una buena persona de un miserable. Hay que tomarse algún tiempo para descubrirlo, y algunos son expertos en disimular, en barrer bajo la alfombra sus pecados.

Sin embargo, todavía tengo memoria de los estragos que causó, especialmente en los jóvenes de los barrios obreros de esta ciudad, la epidemia de heroína. Las vidas rotas, y no solo las de aquellos que cayeron en la adicción. También las de sus familias y las de todos aquellos que los querían y los vieron convertirse en poco más que zombis, en poco más que espectros perdidos en la necesidad de la siguiente dosis, costara lo que costara. Incluso, aunque les costara la vida.

Cualquier tiempo pasado siempre fue peor. Y los años ochenta en Xixón no fueron buenos, por mucho que la nostalgia nos nuble el juicio. Desindustrialización y heroína. Miedo a que cerraran la fábrica. Miedo a quedarse en la calle. Miedo al desempleo. Pero también miedo a que te atracaran a la salida del cole. Miedo a dejar cualquier cosa a la vista dentro del coche. Miedo a que quedara abierto el portal de casa. Miedo a pasear por ciertos barrios. Miedo a las zonas poco iluminadas. Miedo a pisar una jeringuilla abandonada en el parque o en algún descampado. Miedo de preguntar a tu vecina por sus hijos. Miedo a leer las esquelas.

La memoria colectiva puede llegar a ser volátil. Es fácil reescribir el pasado si se grita lo suficiente en el presente. Sobre todo, si con ello lo que se busca es construir un relato inventado de una arcadia ideal en la que todos éramos felices, prósperos y blancos en esta villa. Para así poder colarnos discursos de odio y racismo disfrazados de falsa preocupación. Fascismo en vena, tan peligroso y mortal como la heroína.

Pero la guerra contra las drogas es, simplemente, una variante más de la eterna y poco sofisticada guerra contra los pobres. Es por ello una mentira. Nada más que una cara performance. Espectáculo para contentar a las masas. Los narcos cada vez son más poderosos, sus tentáculos se extienden por todas partes: la clase política, los juzgados o la policía. Y, mientras tanto, llenamos nuestras cárceles con sus víctimas. Porque es más fácil señalar con el dedo al que está abajo en la cadena trófica que meterse con los que están en la cima. Con los responsables. Los culpables.

En Xixón, durante estas últimas semanas nos hemos llevado las manos a la cabeza y exigido -con razón- que se cierre el local que servía de tapadera para vender drogas -bautizado con ingenio playu como la narcofloristería-, un negocio que ha roto la convivencia en Pumarín. Un dolor de cabeza que ha generado miedo y malestar entre los vecinos del barrio, y que nos ha vuelto a recordar tiempos peores. Un problema de salud pública y seguridad que ha hecho saltar las alarmas, pero que también ha servido de excusa para el racismo y la aporofobia. Y para justificar los discursos punitivistas que nunca ponen el foco en el origen de los problemas, y que ignoran que hemos normalizado meterse un par de rayas de coca los sábados por la noche. Como si nuestras acciones y elecciones no tuvieran nada que ver con lo que sucede a nuestro alrededor. En Pumarín. En Xixón. En México…

Porque el mito de la oferta y la demanda, que tanto gusta para justificar el rentismo y la expulsión de los vecinos y vecinas de Xixón de sus casas y barrios a mayor gloria de los pisos turísticos y la especulación salvaje, se vuelve inane cuando hablamos de nuestros hábitos. Queremos ignorar la cadena de violencia, muerte y corrupción que provoca el querer pasarlo bien cuando salimos de fiesta, como ignoramos las manos que cosen nuestras ropas por un sueldo de miseria encerrados más de doce horas en un almacén sin ventanas. O como cosificamos a las trabajadoras sexuales, reducidas a simples cuerpos que usar y desechar a voluntad. O como nos hacemos los tontos cuando leemos que la mayoría de los pisos que se compran en Xixón -a precios hinchados- se pagan al contado y sin necesidad de pedir hipoteca. Como si alguien estuviera lavando dinero. Porque, si esto fuera así, entonces las narcofloristerías serían el menor de nuestros problemas.

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