«¿Hacia qué Asturias estamos caminando? ¿La placentera socialdemocracia cantábrica que pudimos imaginarnos? ¿O una nueva Murcia, que cuando finiquite la crisis industrial por vía del boom turístico se vaya convirtiendo en un sitio desigual, ultraderechizado y crecientemente violento?»

Dos noticias juntas se entienden mejor. He aquí sendos titulares que he leído así, juntos, en el periódico: ‘Asturias crece en población por encima de la media española gracias a la inmigración: un 10,6% de los menores de 15 años son ya extranjeros’; ‘El sinhogarismo se dispara en Gijón un 14% en un año y ya hay más de 1.000 personas en situación vulnerable’.
Asturias está cambiando; lo está haciendo velozmente, a veces sin darnos tiempo para digerir la transformación y adaptar la mirada a ella. Para los que nacimos, nos criamos y crecimos en una Asturias sumida en una crisis irresoluble, en una decadencia eterna, donde se batían récords mundiales de baja natalidad, de la que huían las «leyendas urbanas» que decía Areces y donde pandillas de una docena de miembros dejaban solo a uno viviendo nesti llau de la mar, con los otros yéndose a Madrid, a Londres o adonde fuera («soy un asturiano en Madrid», aquel himno generacional), leer que «Asturias crece en población por encima de la media española» es semejante marcianada, que el cerebro no la computa. Algo así como esas personas obesas que adelgazan una barbaridad, pero que siguen, siempre, sintiéndose gordas, porque la obesidad moldeó su identidad de formas irreparables.
Existen esas inercias, esas miradas veladas por el trauma, que entonces no consiguen apreciar bien las cosas que van ocurriendo delante de sus narices. Pensar en una Asturias convertida en la California de la fiebre del oro es tan inconcebible para los niños de los sesenta, setenta, ochenta, noventa, los dosmiles y hasta los diez (fueron sesenta años de crisis; ya en 1959 se estaba en crisis) que no lo asimilamos y no unimos los puntos que de ello se derivan, como el punto de que crezca la población y el punto de que al mismo tiempo crezca la miseria extrema.
¿Hacia qué Asturias estamos caminando? ¿Cuál será la de nuestros hijos? ¿La placentera socialdemocracia cantábrica que pudimos imaginarnos, que manteniendo todo lo bueno que teníamos pese a todo -una sociedad abierta, igualitaria, progresista y culta- le añada prosperidad y vivacidad? ¿O una nueva Murcia, que cuando finiquite la crisis industrial por vía del boom turístico se vaya convirtiendo -y Murcia era muy de izquierdas- en un sitio desigual, ultraderechizado y crecientemente violento, donde el lucro fácil y el desarrollo económico atolondrado vuelva loca a la gente, dinamite filtros morales y traiga estragos como la asfixia del mar Menor o los pogromos de Torre-Pacheco?