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¿Qué ciudad cabe en un quiosco?

Román Torre por Román Torre
03/07/26
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«A veces una ciudad se entiende mejor en sus decisiones pequeñas que en sus grandes planes. El destino de un quiosco vacío en la Plazuela de San Miguel dice mucho sobre cómo Gijón imagina, cuida y aprovecha su espacio público»

Posible uso futuro del quiosco de la plazuela de San Miguel, en una imagen generada con IA. / Cedida

Esta semana hemos sabido que el Ayuntamiento vuelve a sacar a licitación la explotación del emblemático quiosco de la plazuela de San Miguel. Es la tercera intentona, después de que los dos concursos anteriores quedasen desiertos. El canon anual es de 4.989,70 euros, el plazo máximo de concesión alcanza los ocho años y, cómo no, la orientación del negocio vuelve a ser comercial, con la hostelería como destino más probable. Como novedad, parece que ahora se permite o se amplía la posibilidad de ofrecer comida para llevar. Ese pequeño matiz puede indicar que alguien ha mostrado interés por esa actividad o, sencillamente, que el Ayuntamiento intenta ensanchar un poco el molde después de dos intentos fallidos.

La pregunta obvia es si esta vez funcionará. Está claro que, sin conocer todos los detalles de la anterior experiencia hostelera, no parece que fuese especialmente fructífera. Y aunque el canon pueda parecer relativamente bajo para una ubicación tan céntrica, abrir un negocio no consiste solo en pagar el alquiler. Hay personal, suministros, licencias, terraza, mantenimiento, compras, horarios y riesgo. En un espacio tan reducido, hace falta vender bastante para que las cuentas salgan. Quizá pueda encajar en un modelo de autoempleo o economía familiar, con alguien dispuesto a tirarse a la piscina. Pero cuesta imaginar que una empresa de cierto tamaño vea ahí una oportunidad clara.

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¿Será la solución que la plazuela de San Miguel huela a hamburguesa gourmet, café de especialidad o kebab para llevar? No lo sabemos. Pero visto a lo que nos hemos acostumbrado en Gijón, tampoco sorprendería demasiado. Cada pequeño espacio disponible parece condenado a convertirse en una nueva oportunidad de consumo.

El problema no es que el destino sea hostelero. El problema es que esa sea casi siempre la única respuesta. Y en este caso resulta llamativo, porque si algo no falta en el centro de Gijón son lugares donde tomar o comer algo. Lo que sí escasea, cada vez más, son espacios donde simplemente estar. Espacios públicos con usos tranquilos, culturales, accesibles y no mediados por la obligación de comprar.

Aquí aparece la cuestión de fondo. A veces parece que los ayuntamientos han interiorizado la idea de que toda infraestructura pública, o la ciudad en sí misma, debe ser rentable económicamente, incluso antes que útil socialmente. Pero la ciudad está llena de servicios que no son rentables en términos de caja y, sin embargo, son imprescindibles: bibliotecas, parques, bancos, fuentes, centros municipales, escuelas infantiles, actividades culturales o instalaciones deportivas. Que algo no genere ingresos directos no significa que sea un gasto inútil. Muchas veces significa justamente lo contrario: que cumple una función pública.

Hace algo más de un año, antes del concurso anterior, propuse en redes que el quiosco se destinase a una pequeña librería comunitaria. Creo recordar que algún partido recogió la idea e incluso llegó a plantearla en el pleno. No es, ni mucho menos, la única posibilidad, ni tampoco la más innovadora y experimental. Pero sí una propuesta sencilla, barata y con un sentido social evidente.

Una librería comunitaria en un espacio de descanso como la plazuela tendría todo el sentido del mundo. Podría funcionar como punto de préstamo inmediato, intercambio de libros, lectura de prensa y revistas, recogida o entrega de materiales vinculados a la red municipal de bibliotecas, e incluso como pequeño lugar de actividades: presentaciones, firmas, clubes de lectura, lecturas infantiles o colaboraciones con las librerías cercanas. No competiría con ellas; al contrario, podría reforzar el ecosistema literario del centro.

Además, no estaríamos inventando nada extravagante. Existen experiencias similares en otras ciudades: quioscos recuperados como espacios de lectura, bibliotecas al aire libre, biblioparques o pequeños puntos culturales portátiles en plazas y jardines. La idea es bastante simple: sacar la lectura de los edificios especializados y hacerla aparecer en la vida cotidiana. Que un libro pueda estar en una plaza igual que una terraza, una fuente o un banco al sol.

La gestión tampoco tendría por qué ser un problema insalvable, nada lo es si se pone el interés. Podría depender directamente del Ayuntamiento, mediante personal contratado a través de sus propios planes de empleo. Podría vincularse a la red municipal de bibliotecas. O podría articularse mediante una entidad social de la ciudad, mediante su correspondiente convenio y aporte financiero. De hecho, en un momento en el que se cuestiona con demasiada ligereza la labor del tercer sector, como en el caso de ‘Mar de Niebla’, quizá no estaría mal recordar que muchas entidades existen precisamente para sostener aquello que no cabe en la lógica estrecha del beneficio inmediato.

El quiosco de la plazuela es pequeño, sí. Pero precisamente por eso resulta tan revelador. A veces una ciudad se explica mejor en sus decisiones menores que en sus grandes discursos. Qué hace con un quiosco vacío, con una sombra, con una plaza, con un banco. Si todo lo convierte en concesión, consumo y terraza, o si todavía conserva algo de imaginación pública.

Gijón no necesita que cada rincón disponible acabe funcionando como una caja registradora ,que ya de antemano, no registra nada. Necesita espacios donde pasar tiempo sin tener que justificarlo con una consumición. La plazuela de San Miguel ya es de hecho, uno de ellos, ampliemos pues la experiencia de disfrutar esa plaza y general, de todos los espacios públicos de Gijón.

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