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jueves, 23 abril, 2026
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¡Qué pereza de familias!

Silvia Cosio por Silvia Cosio
22/04/26
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«Y las piscinas municipales dejan de ser un lugar de encuentro, un lugar donde se hace ciudad y se facilitan los cuidados, y se convierten en otra cosa, en algo cada vez más alejado de su función original: servir a la ciudadanía, que es la que las mantiene además con sus impuestos, y convertirse en un no lugar, en un territorio donde el ciudadano se convierte en sospechoso»

En el mismo instante en el que mi mirada se cruzó por primera vez con la de mi hija supe que había encontrado a mi alma gemela. Ahí estábamos las dos, criaturas asustadas y nerviosas, mirándonos mutuamente con curiosidad y, al mismo tiempo, sintiendo que nos conocíamos de toda la vida. Y cuando, un par de horas después, me llamó «mami» supe que mi vida había cambiado para siempre. Ya no era solo Silvia, Silvia la editora, Silvia la esposa, Silvia la amiga, Silvia la hija o Silvia la hermana, era Silvia la madre. Y en mi cerebro se encendió un piloto automático que ya no se apagará jamás, una luz que me hace estar siempre atenta, preocupada, alerta, pendiente.

La maternidad llega y arrasa con todo —es una experiencia abrumadora, terrorífica, emocionante, agotadora—, una revelación sobre nuestra capacidad para empezar a temer cosas, acontecimientos y futuribles que nunca se nos habían pasado antes por la mente. Un aprendizaje a toda máquina en el que vas tanteando, cogiendo o soltando partes de tu propia crianza, escuchando o desoyendo consejos ajenos y confiando en tu intuición. Y, cualquiera que sea de Xixón, con independencia de su origen social, color de piel, religión o ideología, en el momento en el que se convierte en madre o en padre sabe, de manera instintiva —incluso animal—, que tiene la obligación de enseñar a nadar a su criatura.

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Xixón y la mar, la gente de Xixón y el agua, son realidades que se funden entre sí. Aprender a nadar es el rito obligado de la chiquillada xixonesa. Tal es así que, durante décadas, en esta ciudad hemos podido sacar músculo y presumir de nuestra extensa red de piscinas municipales. Y gracias a ello tenemos otro rito de paso obligado en el camino de la maternidad/paternidad/abuelidad xixonesa: el ritual de llevar a la criatura al cursillo de natación. Liturgia que consta de varios pasos, casi como las procesiones metidas a calzador en Xixón: la lucha en el vestuario, la insoportable pesadez del ser y el tiempo en las gradas y el retorno al vestuario, donde la lucha se recrudece, se complica.

Y así llega el momento en el que a toda madre en Xixón le toca meter al chiquillo o a la chiquilla dentro del bañador mientras evita que la ropa se caiga al húmedo suelo, coloca el gorro —siempre pegajoso a pesar de los polvos de talco— en su linda cabecita sin que asome un pelo fuera, y suplica que se pongalaschanclaspordiostelopidonomepiseselsuelosolofaltabaquemecogierashongos. Luego le toca subir a las gradas, aprovechar —si tiene criaturas más pequeñas, para darles la merienda—, aguantar el calorón de la grada y el aburrimiento y decirle adiós al alisado japonés. Y vuelta al vestuario donde todo está más húmedo —incluyendo la criatura—, más sucio y más resbaladizo. Y a ponerles de nuevo la ropa, secar pelo, envolver bañador, chanclas y gorro en toalla empapada, sacar la merienda, meter prisa, y volver a decir eso de quenomepiseselsuelopordiostelopido y, si el tiempo acompaña, tirar al parque un ratín más.

Pero ahora el Ayuntamiento ha decidido convertir las gradas de las piscinas en un espacio vedado a las familias, poner mamparos, aislar a la chiquillada, desconfiar de los adultos que los acompañan y dejarse llevar por el pánico moral y su propio instinto que les impulsa a convertir todos los espacios públicos, todos los servicios públicos, en algo incómodo, infradotado y vedado a la ciudadanía. Y así, con la excusa de la protección a la infancia se va expulsando a la gente, se la va obligando a refugiarse en cafeterías donde poder pasar el tiempo o resguardarse de la lluvia y el frío. Y las piscinas municipales dejan de ser un lugar de encuentro, un lugar donde se hace ciudad y se facilitan los cuidados, y se convierten en otra cosa, en algo cada vez más alejado de su función original: servir a la ciudadanía, que es la que las mantiene además con sus impuestos, y convertirse en un no lugar, en un territorio donde el ciudadano se convierte en sospechoso.

Como todo pánico moral la obsesión de las derechas y de los reaccionarios por poner bajo tela de juicio constante el comportamiento de la ciudadanía, especialmente las familias con criaturas pequeñas, descritas como seres perezosos, inmaduros, egoístas e incapaces de saber comportarse en público —y en privado—, como malas madres y malos padres en comparación con los de las generaciones anteriores, responde a una batalla ideológica para arrebatar a la ciudadanía su derecho a ser tratada como seres inteligentes, razonables y con derecho a hacer uso de los espacios públicos.

Que sea precisamente el gobierno de Xixón, sostenido por dos partidos —y un tránsfuga— que presumen de defender los valores tradicionales, el que ponga palos en las ruedas a la conciliación y a los cuidados, no deja de ser una muestra más de la hipocresía que se esconde tras la ideología reaccionaria, que lo único que busca es desmantelar los servicios públicos y convertir la ciudad en un mercado para quien se lo pueda permitir.

Lo de las piscinas y las gradas es otro pasito en el desmantelamiento de lo público, otro insulto más a las familias con criaturas por parte de un equipo de gobierno que está decidido a hacer de esta ciudad un espacio cada vez más desapacible para ellas. Porque aquellos que dicen preocuparse por la infancia, que afirman defender los valores familiares, son los mismos que se levantan en una negociación con las asociaciones de padres y madres y que siguen haciendo que nuestros hijos e hijas tengan que comer comida precalentada en microondas en las escuelas públicas.

Comentarios 2

  1. Pili says:
    23 horas ago

    Bravo!! Eres una autentica profesional de convertir cualquier noticia en un ataque a a la derechona!!
    En el Sporting de Gijón por ejemplo son también unos fascistas?? Porque hace años ya que los padres no pueden ir a ver a los guajes entrenar, y en muchas activivades deportivas privadas también ocurre lo mismo.
    Esta claro no quieren que la familia este en la grada porque en vez de aprender nadar a los guajes les están haciendo tratamientos de electroshock para convertirlos en futuros fascistas…

    Responder
  2. Una madre cabreada says:
    18 horas ago

    Totalmente de acuerdo contigo, Silvia. Empezaron por no permitir la entrada con cochecitos de bebé a los vestuarios («no es mi problema, señora, llame a alguien que le cuide al niño», me han llegado a decir los buenos empleados que cumplen las directrices del Patronato) y ahora directamente nos echan de la propia piscina… Y de los comedores qué decir! Los niñxs y las familias les importan 3 carajos, solo les mueven los votos.

    Responder

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