
«Lo que para unos es una vía imprescindible, para quienes la viven a diario es también una fuente constante de ruido, contaminación e inseguridad. Quizá ha llegado el momento de dejar de mirar solo los coches y empezar a mirar hacia toda la calle»

Recientemente, algunos vecinos/as, comerciantes y otras entidades del barrio han levantado la voz respecto a una serie de problemas derivados del intenso tráfico en la Av. de la Costa: contaminación acústica y atmosférica, inseguridad y sustos habituales que se oyen, se huelen y se ven. Más allá de la asumida utilidad de esta vía para el tráfico, son necesidades vecinales que también deberían atenderse y cuyas razones merecen ser escuchadas, como las del resto de vecinos y vecinas de la ciudad.
El dedo señalando a la luna
Uno, que ya empieza a ser un veterano en la ciudad, aún recuerda cuando se abrió el Muro a las personas y se restringió el tráfico. Sí, ya sé que ustedes también lo recuerdan; a alguno incluso le subirá la bilirrubina porque no ha salido todavía de esa pantalla. Hablo, obviamente, del famoso Cascayu.
Traigo aquel episodio porque uno de los argumentos más repetidos por sus detractores era que la Av. de la Costa se convirtió de repente en un infierno: todo el tráfico desviado de la fachada marítima acabó atascado allí, cosa irreal. Y si bien en sus primeros momentos hubo incertidumbre y más de lo habitual, meses después la situación había vuelto a la normalidad. La habitual de esa calle. Sin embargo, incluso con aforos se demostró que no era exactamente así como se describió interesadamente, y que los aumentos se producían en otras calles a las que nadie miraba. Es normal: muchas veces, desde la ventanilla del coche intuimos una realidad que no coincide con los hechos en global.
Sin embargo, cualquiera que haya circulado por esta vía, antes y ahora, sabe que la Av. de la Costa está habitualmente saturada o con tráfico denso en determinados momentos, especialmente en horas de entrada y salida laboral. Si además van en autobús, lo percibirán aún más: la falta de un carril reservado penaliza precisamente al transporte que debería ser prioritario. El mundo al revés: el medio que más gente mueve, es quien más tarda. Y no es un detalle menor, por esta vía circulan gran parte de las líneas este-oeste que luego se distribuyen por toda la ciudad, influyendo claramente en su velocidad comercial.
En cambio, en horas valle, fines de semana, festivos o de noche, ocurre justo lo contrario. Si se mantiene una velocidad constante, es posible atravesar prácticamente toda la calle entera enlazando semáforos en verde, desde los Campos hasta casi el Humedal. Y es ahí donde aparecen los problemas de velocidad. Quien solo la recorre en horas punta quizá no lo perciba, pero cuando el tráfico baja, la vía invita a correr más de la cuenta.
Una calle que se vive a pie
A pie, la experiencia es completamente distinta. Y mucha gente recorre esta vía a diario, en gran parte por la presencia de comercio. Existe todavía la idea de que los negocios dependen del paso de coches, pero lo cierto es que si la calle es recta para el tráfico, también lo es para caminar y cruzarla. Ahí está el origen de muchas ventas, no tanto por su exposición al público en marcha. Basta comparar con calles similares como la avenida Schultz o Suárez Valdés, donde además parar “un minutín” en coche no es precisamente fácil. El binomio coche = ventas no se sostiene tan bien como parece.
Esta experiencia peatonal dista mucho de ser agradable, ya no digamos la de los vecinos y vecinas que viven en la zona. A veces es difícil mantener una conversación en todos los niveles de la calle. El olor a tubo de escape recuerda más a una estación de ITV que a una calle de barrio. Basta observar el color de las fachadas o las persianas del colegio López y Vicuña, habitualmente bajadas y teñidas de hollín.
En términos de seguridad, todo depende del momento. Con tráfico denso, la velocidad baja y el riesgo parece menor, aunque la impaciencia genera comportamientos poco compatibles con la convivencia o la seguridad. Cuando la vía se libera, ocurre lo contrario: aumentan las velocidades. Quizá no se superen los límites legales, pero eso no significa que sean adecuadas. En una calle con estas características, 50 km/h puede resultar excesivo.
No son pocos los sustos que, por suerte, no han ido a más. Así lo relatan vecinos y las hemerotecas. Y hablamos de una vía con alta presencia peatonal, donde además las aceras, aunque algo mejores que la media de la ciudad, tampoco destacan por su generosidad.
¿Radar o rediseño?
Aquí es donde personalmente discrepo de la propuesta vecinal de instalar un radar. Con medidas como pasos de peatones elevados, más puntos de cruce, otra configuración semafórica y un límite de 30 km/h, la situación cambiaría notablemente. Porque en ciudad lo importante no es la velocidad punta, sino la velocidad media. De poco sirve correr para frenar en el siguiente semáforo.
Ir más allá y compatibilizar la movilidad en coche con las necesidades vecinales requiere algo más complejo: una estrategia de ciudad. Replantear la distribución la movilidad global, el papel de cada calle y probar configuraciones distintas. No parece que estemos en ese momento. Más bien en otro donde el concejal del ramo no se sabe muy bien a qué se dedica aunque el sueldo sí que parece que llega todos los meses. Cualquier iniciativa que no sea facilitar todavía más el coche duerme el sueño de los justos, con los resultados previsibles.
Personalmente, tengo claro que el autobús debería ser el eje central en esta vía. Para ello, sería necesario reducir y redistribuir el tráfico por calles colindantes. También evitar el innecesario. Quizás Pablo Iglesias podría asumir el doble sentido y la Av. de la Costa y quedar, en gran parte, reservada al transporte público y tráfico imprescindible. De hecho, algo así ya se planteó en su momento. Evitar el tráfico de paso y repensar cómo acceder a cada barrio, sin generar recorridos innecesarios, ayudaría mucho. Hay experiencias de sobra en otras ciudades que se han tomado esto en serio.
Es hora de equilibrar las necesidades de todos y todas. Se puede, claro que se puede. Desconfíen siempre de quien les diga que es imposible, porque en la mayoría de las ocasiones no tienen la información suficiente para imaginarse lo contrario.
Bastante de acuerdo con la reflexión sobre esta calle. La velocidad de los coches es muy alta y los que caminamos a diario en por ella con niños nos provoca mucha inseguridad.
Al concejal de trafico la situación de la carretera de la costa, es la que le gustaría expandir a toda la ciudad. Acabo de estar en El Cairo y el tráfico de allí sería el sueño húmedo del concejalo