
«Las consecuencias de que se difundan fotos íntimas de menores son muy graves. Las víctimas quedan marcadas, en ocasiones durante años (…); suelen enfrentar acoso, ridiculización, rumores, y esto genera ansiedad, vergüenza y aislamiento social»

En los últimos años me he encontrado, como docente, con un problema que se extiende: las consecuencias indeseadas de la práctica del sexting entre menores de edad. El sexting consiste en enviar fotos íntimas a la pareja o ligue por redes de mensajería, una costumbre cada vez más extendida por el acceso de los menores a móviles y a redes sociales sin supervisión. La consecuencia indeseada más común es que esas fotos íntimas sean difundidas fuera de la pareja y acaben siendo de dominio público.
Desde varias Consejerías de Educación y otros colectivos se han difundido guías entre jóvenes, y se han impartido charlas en institutos, con la intención de que los chavales practiquen un sexting seguro. El problema: entre menores el sexting seguro no existe.
Este asunto ya ha generado polémica en Asturias, cuando la entonces directora de Igualdad, Nuria Varela, señaló los graves errores de una guía de sexting dirigida a alumnado de entre 14 y 15 años.
Las guías y charlas que tratan el tema suelen dar consejos que pretenden ser infalibles. Uno de ellos: que en la foto aparezca el cuerpo, pero no la cara, ni tampoco marcas (tatuajes, piercings, lunares o manchas de nacimiento) que permitan identificar el desnudo. Otro de los consejos: enviar la foto con un sistema que permite que sea vista una sola vez, y no se pueda descargar en el dispositivo de la otra persona.
Pero estos consejos tienen fallos muy claros. En el primer caso, si se hace una captura de pantalla se puede ver quién envía la foto: el anonimato ha desaparecido. Por otra parte, a veces las fotos son enseñadas por el receptor en público, en su grupo de amigos o en el vestuario de su equipo deportivo. En el caso de los envíos que desaparecen, basta con hacer una foto a la pantalla con otro teléfono, y la identidad queda revelada. Y no olvidemos el boca a boca: si la persona que ha recibido una foto íntima revela quién la envía, ésta queda ya identificada en el grupo social. Esto ocurrió en uno de los casos que me he encontrado: la víctima lo hizo todo «bien», según el protocolo que se propone a los jóvenes. La foto de su cuerpo era parcial, no se le veía la cara, la envió con sistema de autoborrado… Aun así, sufrió que su imagen viajara de teléfono en teléfono. Y todos los que recibieron la imagen sabían que era ella.
Las consecuencias de que se difundan fotos íntimas de menores son muy graves. Las víctimas quedan marcadas, en ocasiones durante años. Una vez que la foto se transmite, no se sabe nunca dónde puede acabar, ni cuánto tiempo estará viajando por móviles desconocido. Cuando una persona sufre la difusión de una foto suya, suele enfrentar acoso, ridiculización, rumores. Y esto le genera ansiedad, vergüenza y aislamiento social.
Se dice que difundir fotos íntimas sin consentimiento no es sexting, sino delito: es verdad. Pero estamos hablando de adolescentes, que no siempre miden las consecuencias de sus acciones. Además, la difusión es tan sencilla, y sus efectos tan devastadores, que merece la pena revisar el mensaje de que el sexting bien hecho es inofensivo. Simplemente hay que medir el beneficio y el riesgo. El beneficio puede ser pasarlo bien en un juego de pareja; el riesgo, que un desnudo quede para siempre en teléfonos ajenos, afectando a la intimidad, a la autoestima y a la confianza de la persona que lo ha enviado.
Si en adultos es algo grave, no olvidemos que estamos hablando de menores: cuando se difunde, esa imagen pasa a ser pornografía infantil. El coste, psicológico y social, es aún mayor.
Quizá el problema de fondo no es solo que los adolescentes no miden las consecuencias: es que los adultos tampoco medimos bien el mensaje que les estamos dando cuando les entregamos un teléfono sin supervisión, mensajería sin límites y, además, una guía de «cómo hacerlo con seguridad». Les estamos diciendo que, en el fondo, el riesgo es gestionable. Y con el sexting, entre menores, no lo es.