El colosal buque, especializado en tender tubos submarinos y uno de los mayores de su clase en el mundo, permanece fondeado frente a San Lorenzo mientras realiza pruebas en sus equipos; a finales de la próxima semana cargará tubos y zarpará a su próxima zona de operaciones

Gijón es una ciudad acostumbrada a los barcos. Mejor dicho… Gijón es una ciudad acostumbrada los grandes barcos. Desde gigantescos cruceros hasta mastodónticos mercantes, pasando por un buen puñado de buques de guerra y de navíos especializados de curiosos perfiles, para deleite de fanáticos y curiosos bestias de dimensiones imposibles han surcado las aguas que bañan la urbe, han echado amarras en los muelles de El Musel o, en casos mucho menos frecuentes, han fondeado ante su costa, por unas u otra razones. Y precisamente esa última posición se hallaba ayer, y todavía lo estará unas cuantas jornadas, el último de esos titanes marinos que ha dejado boquiabiertos a quienes transitan por el Muro de San Lorenzo. Se trata del ‘Solitaire’, un prodigio de la ingeniería naval especializado en el tendido de cables y tuberías submarinas, aún hoy uno de los más grandes de su clase pese a su veteranía, y una presencia que ha llevado a más de un testigo a preguntarse lo obvio: qué, por todos los dioses de los océanos, está haciendo aquí, parado frente a la más icónica playa gijonesa. Vaya por delante que la respuesta, aunque un tanto técnica, es de pura lógica… Pero, aun así, tiene su punto fascinante.
De entrada, conviene aclarar que, a pesar de lo que pueda dar a entender su nombre, el ‘Solitaire’ es de todo, menos un navío ‘solitario’. Las cerca de 420 personas que conforman su tripulación, entre marinos y técnicos en su especializada labor, da fe de ello. Ahora bien, este cetáceo de acero no siempre tuvo un rol tan específico como el que ahora ejerce… Puesto en grada en diciembre de 1971 en los astilleros Mitsubishi Heavy Industries, ubicados en la localidad japonesa de Hiroshima, desde su botadura al año siguiente, y durante dos décadas, se dedicó al transporte de cargas a granes, bajo el nombre ‘Trentwood’ y con un aspecto similar al de cualquier otro mercante: cubierta corrida, grúas propias sobre ella, puente a popa… Esa rutina cambió de golpe en 1992; ese año, el grupo suizo Allseas, dedicado a operaciones técnicas en alta mar, adquirió el ‘Trentwood’, lo envió a los astilleros Sembawang de Singapur, y lo sometió a una profunda remodelación, dotándolo de una superestructura mayor, de varios talleres, de un helipuerto a proa y, lo más importante, de almacenes y tornos para cables, y de maquinaria útil para su despliegue. Problemas con el contrato obligaron a derivar los trabajos a la empresa británica Swan Hunter, con base en Tyneside. Por fin, ya terminado y rebautizado ‘Solitaire’, el buque regresó a las aguas en 1999.

Desde entonces, la nave ha ejecutado, o ayudado a acometer, algunas de las obras de ingeniaría submarina más espectaculares de las últimas dos décadas y media; entre ellas, la construcción del célebre gasoducto ‘Nord Stream 2’, que conecta Rusia con Alemania, y de triste fama por su papel como palanca en los conflictos estratégicos entre el país gobernado por Vladimir Putin y la Unión Europea. Datos como que su eslora es de 300 metros, que la manga suma 40,6, que tiene un descomunal calado de 17.62 metros, y que desplaza la monstruosidad de 59.193 toneladas -eso, en vacío, pues a plena carga el total asciende a 129.479 toneladas– demuestran que el esta criatura nada tiene que ver con las pequeñas y plácidas embarcaciones de recreo que suelen verse abarloadas en el Puerto Deportivo… Ahora bien, la gran pregunta, planteada al inicio, es qué hace por estos lares. Y la respuesta, dada por la Autoridad Portuaria de Gijón, es simple: el ‘Solitaire’ se encuentra temporalmente en Gijón, mientras espera a que otros dos buques arriben a la ciudad y descarguen una remesa de tubos submarinos completamente nuevos, algo que se espera que ocurra a finales de la semana que viene.
Entre tanto, como el tiempo es oro, su dotación dedica estos días a probar los sistemas de a bordo, desde las máquinas y los estabilizadores de posición, hasta las grúas y carriles de tendido. En cuanto esos tubos lleguen y sean cargados, el ‘Solitaire, como un buen espectro solitario de las mareas, levará anclas, hará sonar la sirena y aproará hacia el horizonte, rumbo a su siguiente destino, perdiéndose en el Cantábrico… Hasta la próxima vez.