
Alguien que ha heredado uno o varios pisos, que ha podido comprar inmuebles porque tiene dinero, contactos y nada de escrúpulos, y cree que está en su derecho de hacer con ellos lo que le dé la gana, de especular (…) es alguien que ha abandonado la senda del pacto social y la convivencia
Hace un mes me abrí una cuenta en Vinted. Pensé que era una buena manera de volver a darle vida a la ropa en perfecto estado que colgaba en mi armario y que tenía poco más de una puesta. Abrir esta cuenta me sirvió también para reflexionar sobre las dinámicas suicidas y absurdas de consumo en las que estamos sumergidos como sociedad, en cómo comprar -el subidón, la extraña alegría de estrenar algo- ha ido sustituyendo a otras formas más complejas, sutiles y comunitarias de sentirse bien.
No tenía, por tanto, intención de hacerme rica o rentabilizar nada. Mi ropa, aunque bonita, limpia y bien cuidada, está, como la de la mayoría de nosotros, comprada en tiendas de grandes cadenas o en boutiques que adquieren su mercancía en los mismos talleres que las primeras. No tengo un armario heredado de mis abuelas lleno de Chanel o Balenciagas. Mis abuelas se hacían ellas mismas su ropa. Eran pobres, guapas y elegantes. Así que subí aquello que sabía que no iba a ponerme con un precio atractivo -esto es, muy bajo- porque lo que quería era que alguien se lo llevara, lo usara de nuevo y lo disfrutara.
Pero resulta que no todo el mundo ve estas plataformas de ropa de segunda mano como una oportunidad para seguir dándole vida a la ropa que nos compramos impulsivamente y de forma descontrolada. Porque hay gente en este mundo que se ha tragado el cuento neoliberal de que se es pobre porque se quiere, y que hay que aprovechar cualquier oportunidad para monetizar. Incluso las sobras o lo que ya no queremos.
Que el neoliberalismo se sustenta apelando a la avaricia y al egoísmo, es algo que ya no tenemos que explicar, llevamos más de sesenta años padeciéndolo, pero no está de más recordar que también necesita de la fe supersticiosa de pensar que hay algo parecido al “mercado libre que se regula solo”, una construcción metafísica aún más ingenua que la de “la inmaculada concepción”, y que solo sirve para enmascarar los instintos más bajos. Solo así se explica que haya gente que suba a las plataformas de segunda mano ropa adquirida por poco más que un par de euros, que ha sido fabricada con tejidos que casi no se diferencian del petróleo, y que nos la quieran vender por tres, cuatro y hasta cinco veces más cara. Intentando convencernos, para más inri, de que estas prendas han sido adquiridas en negocios locales y no en web chinas de venta al por mayor. También están los y las usuarias que están al quite de las prendas virales de la marca gallega por antonomasia -esa firma low cost que ha logrado ascender al universo intangible de lo aspiracional- y que las suben a Vinted a precios desorbitados para intentar rentabilizar la obsesión social por ser y estar siempre a la última, por parecer y demostrar que somos alguien que merece la pena porque llevamos lo mismo que otras miles de personas.
Estas dos prácticas no son otra cosa que un timo, una estafa. Una forma burda de ganar dinero. Pero son también una metáfora y una forma de ver, moverse y entender el mundo que nos rodea y, sobre todo, la gente con la que convivimos: como seres a quienes sacar los higadillos, alguien que solo sirve para sacarles provecho. Y si por cuatro euros estamos dispuestos a engañar, no debería extrañarnos que por cientos, miles de euros al mes, estemos dispuestos incluso a destruir nuestras ciudades y a acabar con la convivencia. A mandarlo todo a la mierda.
Porque este espíritu miserable es el que explica, en parte -incluso en gran parte-, el problema de la vivienda en Xixón y en el resto de Europa y Occidente. Un problema estructural pero también moral. Pues detrás de los precios desorbitados del alquiler, de los pisos turísticos que acaban con los barrios y vacían las ciudades de ciudadanía -de médicos, maestros, barrenderos, camareros, infancia…-, a la que sustituyen por turistas, está el cáncer del neoliberalismo que no entiende de derechos, necesidades ni de pactos sociales, pero también una falta absoluta de ética, de compromiso social y de la más mínima noción de decencia moral.
Alguien que ha heredado uno o varios pisos, que ha podido comprar inmuebles porque tiene dinero, contactos y nada de escrúpulos, y cree que está en su derecho de hacer con ellos lo que le dé la gana, de especular, de convertir su ciudad, Xixón, que también es mi ciudad y la de otras miles de personas, en campo abonado para su avaricia, es alguien que ha abandonado la senda del pacto social y la convivencia. Alguien que ha dejado de ver a sus vecinos y vecinas como sus iguales para verlos solamente como una oportunidad de negocio, como una fuente de ingresos. Alguien que ha dejado de ser ciudadano y se ha convertido en un rentista, en un parásito. Alguien que es, sin lugar a dudas, todo un problema para la polis pero, sobre todo, una mala persona.