
«Las terrazas forman parte de la vida urbana, pero cuando ocupan media calle dejan de acompañar a la peatonalización y empiezan a competir con ella»

En algún que otro artículo anterior ya hablé de la importancia de los corredores peatonales; es decir, de esas peatonalizaciones que, unidas y bien pensadas, se convierten en auténticas ‘autopistas’ que nos llevan de aquí para allá a pie por la ciudad. Pues bien, hoy vamos a hablar de uno de los grandes problemas de movilidad que encontramos en este tipo de calles y que, por definición, no deberían tener: las terrazas hosteleras.
Conviene señalar que uno es fan de las terrazas, cliente y consumidor habitual de lugares donde estas son tranquilas, no están expuestas al tráfico y, sobre todo, tienen la separación suficiente para que fumadores y quienes no fumamos podamos convivir. Quizás esto último daría para otro artículo, no nos liemos.
La pandemia y la manga ancha en las terrazas
Estarán de acuerdo conmigo en que la explosión de las terrazas tiene mucho que ver con la pandemia, especialmente en Gijón, y diría que también con la subida del turismo en el norte en general. Quizás por el clima o quizá por una cuestión de espacio, el número de terrazas antes de la pandemia y del boom turístico era bastante menor que en otras partes de la geografía española. Y me gustaría recalcar que la cuestión del espacio disponible sin coches es clave: en Oviedo, con un clima similar o incluso peor, las terrazas llegaron mucho antes precisamente porque había espacio para ponerlas.
Por aquel entonces se abrió la veda sin demasiado control, con la intención comprensible de compensar a la hostelería por los largos meses de cierre. Se permitió duplicar el espacio de terraza —un 100% más sobre la superficie original— y se hizo la vista gorda respecto a lo que decía la ordenanza, todo en nombre de reactivar la economía. Sin embargo, ya un año después, en 2022, y con la vuelta teórica a la normalidad normativa, es decir, a la ordenanza vigente, la cosa no pareció volver a su cauce de igual manera. Más bien al contrario: empeoró y así seguimos en 2026.
Hay que tener en cuenta que las peatonalizaciones no han aumentado, de hecho, han menguado, y eso se debe a la manga ancha con la que se trata a estos negocios respecto a su implantación en ellas.

Qué dice la ordenanza de terrazas sobre el espacio público que ocupan
Si bien existen diversas normativas, tanto del Principado como de la legislación estatal, que regulan el uso del espacio público por razones de accesibilidad, lo importante en el caso de Gijón es atender a la ordenanza municipal de terrazas, que es la que rige la concesión de licencias y que pueden consultar ustedes mismos en la web del Ayuntamiento. En ella se establecen, por ejemplo, normas como que la acera debe tener un mínimo de tres metros de ancho para que se pueda colocar una terraza. Y no solo eso: debe mantenerse una franja libre de paso peatonal de al menos 1,80 metros entre la fachada y el inicio de la terraza. Además, el mobiliario debe mantener una separación mínima de 50 centímetros respecto al bordillo, si lo hubiera. Y, por si fuera poco, se permite ocupar hasta la mitad del ancho total de la acera o del espacio peatonal disponible.
Sí, han oído bien: la mitad del ancho peatonal. Y el artículo no entra en muchos más detalles, lo que deja margen de interpretación. De ahí que tengamos calles como La Merced o la calle León donde, literalmente, el espacio para caminar se ha reducido literalmente a la mitad.
Lo mismo ocurre con el mobiliario, que aunque sea móvil, no puede estar desperdigado ocupando espacio fuera del autorizado ni rebasar los límites establecidos en la concesión. Otro detalle a tener en cuenta es que, habitualmente, no se permite que las terrazas estén contiguas, salvo que se encuentren en zonas con especial «proyección turística y cultural», cajón desastre donde entra casi cualquier cosa, donde sí puede autorizarse la unión de varias terrazas de negocios distintos. Y de nuevo, cómo no, nos remitimos al ejemplo clásico de la calle Corrida.
Por supuesto, la ordenanza también especifica que las terrazas no pueden situarse junto a vados, salidas de emergencia, paradas de transporte público ni pasos de peatones, y que no deben dificultar la visibilidad del tráfico ni el uso del mobiliario urbano colindante. En este último caso, no parece que sea un gran problema para el Ayuntamiento, ya que, si lo que estorba es un banco, una papelera o cualquier otro elemento, se retira y listo. No es una exageración, ni siquiera una ironía: existen casos documentados y hasta la FAV los ha señalado públicamente y denunciado en prensa.
Para finalizar este pequeño repaso a la ordenanza, conviene mencionar que en su artículo 19 se establece que no se puede dejar el mobiliario en la vía pública fuera del horario de funcionamiento. Como saben, esto rara vez se cumple. Lo más habitual es que ni siquiera se amontonen las sillas y, si se hace, sea dentro del propio espacio peatonal. Eso sin contar con que muchas terrazas incluyen veladores, toldos, maceteros o jardineras, cuyo espacio, generalmente considerable, queda instalado de forma permanente. Y, si son observadores u observadoras, sabrán que esto casi nunca se respeta. Incluso se han dado casos de negocios cerrados o en traspaso que mantienen el mobiliario abandonado en la calle durante semanas o meses, como si nada.
La accesibilidad se lleva mal con el descontrol
En efecto, la accesibilidad y las peatonalizaciones se llevan mal con el descontrol y la falta de vigilancia. De ahí que veamos las escasas calles peatonales en Gijón invadidas por terrazas, complicando la movilidad, la accesibilidad y la simple tarea de caminar hacia donde vayamos; especialmente si tenemos una discapacidad visual, por ejemplo.
¿Cuándo se actúa de oficio? ¿Con qué frecuencia se revisa el cumplimiento de la normativa? Quizás quien esté leyendo esto y tenga un negocio con terraza sienta algo de presión o se sienta aludido/a, pero lo cierto es que la percepción habitual de la ciudadanía es otra: se actúa poco, y solo cuando las denuncias son evidentes. Y ni así.
No en vano, quien escribe no es la primera persona, ni será la última, que ha leído o escuchado aquello de «para qué peatonalizar, si luego lo llenan todo de terrazas». Es triste que mentalmente tengamos que renunciar a compatibilizar la movilidad peatonal y la accesibilidad o el desplazamiento cómodo con el negocio, y que el equilibrio se rompa siempre en favor de este último.