Calle linajuda, histórica, esta; un trozo del Gijón más antiguo. Allá vivía un abuelo de Pedro de Silva, al que el expresidente recuerda en sus memorias. Un noble de la pequeña nobleza, algo venida a menos, querido por el pueblo

Se llamó La Merced esta calle, y así se llama hoy, porque allá hubo, en el Gijón antediluviano, un convento de monjes mercedarios, que estuvo en el mismo lugar que la capilla de San Antonio —muy visitada por las solteras de Gijón, y derribada en 1893—, y no lejos de una capilla de cistercienses de Valdediós, por la cual se llama así la calle San Bernardo. Cuesta imaginarse, hoy, aquel Gijón repleto de monasterios, iglesias y capillas. Otro tiempo. El pasado, dijo célebremente alguien, es un país extranjero. La modernidad fue llegando a aquel, trayendo entre otras cosas la descristianización del paisaje; y en 1906, la rúa que nos ocupa cambió de nombre. Pasó a llamarse Vicente Innerárity, por el recién fallecido presidente local del Partido Centralista y luego del Centro Republicano, cofundador del diario progresista El Noroeste. ¿Cuándo volvió la Merced a llamarse la Merced? En 1939, por motivos obvios. Y aunque hace algunos años estuvo a punto de rebautizarse José Manuel Palacio, la Merced sigue siendo.
Calle linajuda, histórica, esta; un trozo del Gijón más antiguo. Allá vivía un abuelo de Pedro de Silva, al que el expresidente recuerda en sus memorias. Un noble de la pequeña nobleza, algo venida a menos, querido por el pueblo. «Mi abuelo —recuerda— vestía siempre de terno, sombrero, reloj en el chaleco y bastón, pero su forma de ser no era ostentosa, todo lo contrario, era una persona sencilla, llana y también célebre, como suele decirse, no había ninguna impostación». Carlos Cienfuegos-Jovellanos «saludaba a todo el mundo: tanto a los de su entorno social y profesional, como a los pescadores y pescateres de Cimavilla»; a trabajadores por los que luego intercedería durante la guerra. Y vivía allí, en la Merced, en esa vivienda en la que Pedro y su padre tendrían más tarde su despacho de abogados.
Hubo otros negocios importantes en la historia de Gijón en aquella calle. Por ejemplo, uno de las primeras consultas ginecológicas. La regentaba Agustín Moneo en la esquina con la plaza del Instituto. Era don Agustín especialista en «partos y enfermedades de la matriz», recibía entre las diez de la mañana y la una de la tarde y entre las cinco y las seis, y «gratis a los pobres entre las seis y las siete», según leemos en anuncios en los periódicos de los años treinta. Eran años en los que Gijón empezaba ya a crecer vertiginosamente, acogiendo las primeras riadas de desertores del arado; gentes que venían del campo a dar con sus huesos en barriadas de condiciones míseras, que los hacían pasto de enfermedades que algunos filántropos empezaron a preocuparse por curar. De esa preocupación social nació la Sociedad Cultura e Higiene, uno de cuyos miembros era Moneo, y que promovía desde la construcción de infraestructuras tales como fuentes, lavaderos o sistemas de alcantarillado hasta la propagación pedagógica de los principios de la higiene pública y privada, pasando por la fundación de establecimientos de maternología y puericultura. Aquella hora gratuita, Moneo la dedicaba, no solo a curar a los pacientes que se le acercasen, sino también a enseñarles las ideas higienistas. Lo que fue de aquel hombre lo descubrimos en la página web del proyecto Combatientes, que reúne documentación de los soldados republicanos de nuestra guerra civil: Agustín María Moneo aparece fichado por la Brigada Político-Social.
En la Merced estuvo también el tercer observatorio meteorológico que tuvo Gijón. El primero se había ubicado en el cerro de Santa Catalina, pero lo reventaron los disparos del Almirante Cervera. Al concluir la guerra, pasó a un piso en la entonces llamada plaza del Generalísimo, y de ahí a un edificio de la calle que nos ocupa, donde estuvo hasta 1976, en que se marchó al recinto de la Feria de Muestras. Para alegría de su director, Efraín Ricarte, que estaba harto de aquel otro incómodo emplazamiento. «La verdad es que donde estábamos, en la calle de la Merced, no podíamos hacer nada. Las instalaciones eran malas y el lugar fatal. Por fin, ahora, gracias a las facilidades que nos dio el Ayuntamiento, tenemos el Observatorio en condiciones», contaba a la prensa en septiembre de aquel año.
Oviedo tenía otro, y el aeropuerto de Ranón otro. Y la entrevistadora de don Efraín proponía algo que parecía sensato, y le preguntaba su parecer: «Pienso que tal vez el de Gijón podría estar orientado a la información marítima, el del Aeropuerto en aeronáutica y el de Oviedo en hidrología». Respondía Ricarte que le parecía bien: «El centralismo es fatal», comentaba. A fe nuestra que sí, Efraín.