El cantautor mierense relata en el programa de la SER ‘Hora 25’ los efectos de la represión franquista sobre su familia, y ataca a quienes niegan ese legado: «cuando estos gilipollas dicen que hay que olvidar, digo que lo que está mal enterrado habrá que enterrarlo bien»
Nueve décadas y tres meses después del fallido golpe de Estado perpetrado aquel infausto 17 de julio de 1936, cuyo fracaso degeneró en la Guerra Civil y, acto seguido, en la dictadura franquista, la herida abierta por aquel periodo negro de la historia nacional continúa abierta… Y supura. Para comprobarlo, basta con echar un vistazo al momento actual, al cada vez más frecuente rescate de varios de los discursos que propiciaron aquella debacle. Una realidad a la que este jueves se refería Víctor Manuel en el programa ‘Hora 25’, emitido por la SER y conducido por José Luis Sastre… Aprovechando como ‘percha’ la experiencia vivida por su propia familia. El suyo fue un relato de pérdida, de secuelas no del todo sanadas y de conversaciones pendientes, con una advertencia clara, a modo de aderezo: que quien no ajusta las cuentas con su pasado está condenado a volver a él una y otra vez. Y no siempre para bien.
«Cuando estos gilipollas dicen que hay que olvidar y echar tierra, yo digo ‘No; lo que está mal enterrado, habrá que enterrarlo bien'», sentenció ante Sastre, en el plató improvisado que fue cierta cafetería del centro de Madrid. Una máxima proferida por el cantautor mierense instantes después de compartir con su anfitrión y con el público lo que le ocurrió a su abuelo, a quien milicianos de la Falange fueron a buscar a su hogar y secuestraron para, acto seguido, encarcelarle en Oviedo y fusilarle, en uno de los muchos ‘paseos’ que caracterizaron la represión de los tiempos del conflicto. Como paso previo, desde luego, esos mismos paramilitares saquearon las escasas posesiones de la familia. «Llegaron los falangistas a la casa de mi abuela Eloína, y la arrasaron; se llevaron todo», recordó, bromeando conque «no se llevaron la máquina de coser porque se la había prestado a una vecina».
La historia podría haber terminado ahí, sumándose a los otros miles de narraciones análogas que propiciaron aquellos años de sangre y fuego. Pero no. Tal como Víctor Manuel confesó a Sastre, veinte años después su propio padre «va al mercado, y a una señora que estaba vendiendo verdura le ve en las orejas los pendientes de su madre». Es imposible imaginar las emociones que semejante visión debió causar en el progenitor del mierense; por suerte la vendedora, tras pedirle «no armes escándalo, que ahora te los llevo a casa», cumplió con su palabra y devolvió las piezas a la familia. «Echo de menos haber hablado más con ella; sobre todo, con los mayores», confesó el entrevistado. Una carencia que, sin embargo, no le impide ni ser consciente de que «esas cosas están ahí», ni invitar a las generaciones presentes a «sanear las heridas y sacar el pus, para que las cosas no sigan perpetuándose así».