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Un obrero, un coche

Román Torre por Román Torre
18/03/26
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«Defender el coche en nombre del obrero suena justo, pero a veces es solo una excusa para no cuestionar un urbanismo que solo tiene en cuenta las necesidades de quien se mueve en él»

Hay una idea o argumento que aparece una y otra vez cuando se habla de peatonalizar, de carriles bici, de darle prioridad al transporte público, etc.: que el obrero necesita el coche. Que el coche es su herramienta y que tocar un poco del inmenso espacio que se le dedica al coche, como en Gijón, es una forma de expulsarlo de la ciudad. Se dice casi con solemnidad, como una verdad social incuestionable. ¿Y si nos detenemos un momento para analizarlo? No para negar esa opinión, sino para darle una vuelta a ese argumentario. 

Durante décadas, nuestras ciudades y sus entornos laborales se han desarrollado mal y con un modelo volcado en el coche, lo cual tiene en apariencia muchas ventajas y comodidades pero también grandes inconvenientes: vivienda lejos del trabajo, polígonos aislados, horarios rígidos, transporte público insuficiente debido a que todo el mundo va en coche y la inversión se desplaza hacía ese medio, etc. En ese contexto, el coche no es un capricho, es algo estructural, necesario para sobrevivir al día a día si las distancias no son asumibles.

De ahí nace esa figura casi mítica: el obrero funcional, siempre en coche. Una imagen heredada del desarrollismo, del trabajador industrial, casi siempre masculino, que se adapta como puede a una ciudad que nunca le ha preguntado demasiado. Esa imagen sigue operando hoy, incluso cuando la realidad laboral y social ha cambiado radicalmente para mucha de esta base social.

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Lo curioso es que esta idea es transversal; la comparten izquierdas y derechas. Con matices, con discursos distintos, pero con una base común: una imagen congelada que renuncia a cuestionar el modelo urbano que lo obliga a depender del coche. No olvidemos además, que tiene un coste que rara vez cae en el empresario. Un consenso silencioso que convierte al “obrero con coche” en figura sagrada, intocable, utilizada como argumento definitivo para no mover nada y dejar la ciudad congelada en el tiempo. 

El problema no es reconocer que hay trabajadores y trabajadoras que hoy dependen del coche. Eso es evidente y negarlo sería profundamente injusto. El problema es convertir esa dependencia en una identidad que es monolítica, hacer pasar una solución de transporte impuesta por un acto de naturaleza inevitable, defender el coche no como lo que también es, una respuesta a una ciudad mal distribuida, un símbolo de estatus, una herramienta para el ocio, un negocio, etc., sino como si fuera parte esencial de la dignidad del trabajador. Una especie de compensación merecida por sus esfuerzos.

Porque cuando se defiende el espacio público solo desde la óptica de moverse en coche, se reduce al obrero a una única función: desplazarse hacia el trabajo. Se olvida que también camina, que también vuelve cansado a casa, que también respira, que también envejece, cuida, acompaña y también se divierte. Que no es solo alguien que va a trabajar, sino alguien que vive en la ciudad, como todo/as. 

Y, sobre todo, y esto es lo más importante: se invisibiliza a una gran parte de la clase trabajadora que no encaja en ese molde, personas sin coche por decisión propia, personas que no pueden conducir, mujeres que encadenan trayectos de cuidados, trabajadores precarios y racializados que no pueden permitirse un vehículo, mayores que ya no lo usan, niños y niñas de familias que juegan y les gustaría jugar en esas mismas calles, etc. Cuando el coche se convierte en la medida de todas las cosas, todos ellos desaparecen del debate y se les oculta intencionadamente.  

Hay además una paradoja difícil de ignorar y que he detectado en más de una conversación: muchas veces, quienes hablan en nombre del obrero con coche, no lo son. No viven esa dependencia, ni viven esos trayectos, ni respiran ese ruido ni ese humo. Utilizan una figura ajena como escudo para defender otra cosa: su propio interés, la inercia, la comodidad, la renuncia a cambiar sus hábitos por el bien del resto. Quizás no es mala fe, pero cuando se defienden principios que no son tuyos, lo que se transmite no es convencimiento, sino excusas. 

A todo esto se suma un factor menos visible pero decisivo en gran parte de la población: la indefensión aprendida. Para mucha gente, este tipo de ciudad funcional al coche privado, donde la mayoría del espacio se destina a aparcar o a circular, como en Gijón, es “lo normal”. Siempre fue así. Y cuando una forma de vivir se repite durante generaciones, deja de percibirse como un problema y pasa a asumirse como orden natural. No como algo injusto, sino como un “ye lo que hay”. 

No es que no se quiera mejorar o cambiar nada, es que se ha aprendido que pedir otra cosa no sirve, que la única estrategia posible es encajar. En ese marco, la defensa del coche, aunque incluso no lo tengas, se convierte en autodefensa cotidiana. Quitarle centralidad se vive como amenaza, no porque funcione especialmente bien, sino porque es lo único conocido. Lo que pasa es que si algo ha sido así durante años, no lo convierte en justo; solo lo convierte en habitual.

A menudo se presenta esta renuncia como realismo. “Aquí eso no se puede”; “esto siempre fue así”; “en teoría suena bien, pero…”. Pero ese discurso no describe la realidad, la congela. Y lo hace, además, muchas veces desde posiciones que no son las más vulnerables al cambio.

Cuestionar el papel central del coche no es culpar a quien depende de él. Es preguntarse por qué esa dependencia se aceptó como destino. Defender calles más tranquilas y más habitables no es ir contra la clase trabajadora; es reconocerla como algo más que una función productiva. Es entender que proteger el espacio público también es proteger la salud, el tiempo y la vida cotidiana de quienes trabajan, no solo cuando trabajan. 

Una ciudad justa no se construye preguntando quién tiene coche, sino por qué necesita tenerlo para poder vivir. La costumbre explica muchas cosas, pero no las justifica todas. Y una ciudad que no se cuestiona, acaba defendiendo incluso aquello que la empobrece.

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