«La afición es la única que una semana tras otra vuelve a empezar pensando que va a ver alguna esperanza de aquel Sporting que en esa temporada acabó en el octavo puesto de Primera División»


Tenía dieciséis años cuando un joven José Luis Garci vestido con esmoquin blanco subió al escenario del Dorothy Chandler Pavillion de Los Ángeles a recoger la estatuilla de manos de la actriz Luise Reiner. Era el año 1983 y en Gijón la noticia de que la película española acababa de ganar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa la recibimos, lógicamente al día siguiente, pero con la algarabía y el grandonismo con que en esta ciudad se reciben las buenas noticias o, por ejemplo, que el Sporting gane dos partidos consecutivos.
El Gijón de Oscar que nos contó Garcí en “Volver a empezar” acaba de cumplir cuarenta años. Al igual que el resto del país, la ciudad estrenaba una década tan incierta como emocionante. Con una democracia recién recuperada, Tejero y su banda nos metieron el miedo en el cuerpo la noche del 23 F de 1981 y los disparos en el techo del Congreso reforzaron la idea de que había que afianzar el nuevo tiempo. Volver atrás, ni siquiera era aceptable para coger impulso. En 1982, el fútbol convierte a España en la sede del mundial de fútbol y en El Molinón, amén del claro cambalache entre Alemania y Austria para dejar fuera de juego a la selección argelina, pudimos ver fútbol internacional en un momento en el que el Sporting sí que era vencedor por los campos de España.
La ciudad a la que vuelve Antonio Albajara se encontraba en plena crisis industrial de la siderurgia, el sector naval y el textil. El paisaje de ese Gijón se conformaba aún con grandes fábricas e industrias incrustadas en la ciudad como la Fábrica del Gas y una costa de grúas y astilleros. Todavía quedaban instalaciones militares en el cerro de Santa Catalina y poblados chabolistas como la Santina o la Cábila, a escasos cien metros del Paseo de Begoña. En lo que hoy es el centro comercial del Llano, se jugaba a la petanca y, salvo unas concretas excepciones, no había museos, ni polideportivos o piscinas públicas; tampoco centros municipales, bibliotecas o parques en los barrios. Por el contrario, aún se podía ver el cine en el Robledo, Maria Cristina, Hernán Cortes o Arango, la sala en la que hace cuarenta años se estrenó “Volver a empezar”.
Es esa la ciudad a la que Albajara vuelve para vivir una historia que el director escribió con el objetivo de demostrar que aquella España oscura y siniestra que dejábamos poco a poco atrás no podía volver a repetirse. Había que volver a empezar y bien lo entendieron alcaldes como José Manuel Palacio y sobre todo Vicente Álvarez Areces que dieron la vuelta a una ciudad que, a día de hoy, mantiene la esencia pero que nada tiene que ver con los fotogramas de José Luis Garci.
Y ese trabajo nunca acaba. Hace 40 años hubo que superar los obstáculos de una ciudad oscura, sucia y llena de barreras. Hoy, cuarenta años después, hay que seguir volviendo a empezar. Desde lo hecho para lograr nuevas metas y para que la esperanza, el entusiasmo y el coraje del que hace gala nuestro oscarizado Gijón siga siendo un estímulo en todas las facetas ciudadanas. Incluida la futbolística.
Desde el viernes, en el Hotel Asturias una placa recuerda que hace cuarenta años Gijón volvió a empezar, en casi todo, excepto y así parece en este Sporting que de vencedor por los campos de España ha pasado a casi arrastrarse por los estadios en los que antes defendía con orgullo los colores del club con el estadio más antiguo de España. La grada silbó el domingo y con razón pidiendo a la directiva que se vaya. Y es que la afición es la única que una semana tras otra vuelve a empezar pensando que va a ver alguna esperanza de aquel Sporting que esa temporada acabó en el octavo puesto de Primera División.
Acabo con nostalgia del Sporting de Joaquín, Ferrero, Redondo, Jiménez…, y parafraseando a un sportinguista de corazón, gran periodista y mi extraordinario amigo Edu González cierro hoy está columna con una de sus muchas frases magistrales que este domingo nos dedicó durante mi paseo diario: “el viernes una placa, el domingo una lápida”. A quién corresponda: tomen nota y vuelvan a empezar.