
«No es de recibo que Ayuntamientos y demás organismos públicos contraten o inviten a ferias del libro y demás eventos culturales a personas que han demostrado ser unos miserables, legitimando su imagen con un dinero que es de todos y todas las ciudadanas»

Dos son las grandes discusiones hegemónicas en torno al papel y el sentido de la cultura. Una de ellas es una herencia que arrastramos desde el siglo XIX, que se ha ido camuflando bajo distintos ropajes, y la otra es hija del cambio de paradigma mental e ideológico de las últimas décadas. La primera es la sempiterna y aburridísima disputa entre la llamada ‘alta cultura’ y la ‘cultura popular’, disputa que cerró Umberto Eco en ‘Apocalípticos e integrados’ al desmontar el tinglado simbólico que se había montado con la llamada “alta cultura”, que no era más que la cultura hecha por y para las élites. Frente a esta se desarrolla la cultura popular, esto es, la cultura hecha por y para las clases populares. De esta manera la cultura de las élites se nos quiere presentar como superior y la norma a imitar frente a los productos culturales nacidos de las clases bajas, que serían así vulgares, insignificantes, superficiales y desechables. Este debate quedaría resuelto en términos de clase y origen social -en términos decimonónicos- que se nos quieren hacer pasar, farisaicamente, por calidad y excelencia.
Sin embargo esta discusión vuelve una y otra vez a la esfera de la opinión pública porque en ella se enredan todo tipo de prejuicios y debilidades, desde la mentalidad colonial y el racismo hasta el resentimiento y la frustración de ver que el mundo avanza sin contar con nuestra opinión ni esperarnos. De ahí que, por ejemplo, cada poco en redes y en medios regrese el debate sobre el reggaeton, un género musical que se popularizó hace más de veinte años y que se ha convertido en el nicho ideológico de todo tipo de reacciones en contra, nacidas del extrañamiento ante formas y expresiones artísticas y culturales alejadas del eurocentrismo y que, al no encajar en nuestros gustos, heredados y educados en otro tipo de música, las calificamos automáticamente como algo de baja calidad, despreciable y risible. Que el reggaeton desnude nuestros prejuicios, aunque sean inconscientes, racistas y eurocentristas, no evita que pueda alcanzar altas -o bajas- cotas de calidad, pues, como toda expresión cultural, algo es bueno o excelente independientemente de si está generado por y para las élites o por y para las clases populares.
La otra discusión, que es hija de nuestra época, gira sobre si es posible separar la obra del autor. A pesar de la constante caricaturización que se hace de esta preocupación, que se nos vende como una forma moderna de censura -la llamada ‘cultura de la cancelación’-, un bicho que, por lo que sea, jamás afecta a los creadores conservadores, ahí están las ovaciones en pie a un abusador confeso como es Plácido Domingo frente a la cancelación del concierto de Albert Pla en Xixón en el año 2013 por poner un ejemplo, lo cierto es que se ha convertido en una discusión interesante y enriquecedora que entiende que los productos culturales tienen que ser entendidos dentro de un contexto y que desmitifica la figura romántica y decimonónica del genio creador que se sitúa sobre un pedestal moral.
Entender que un autor, un creador, ha sido un monstruo, una mala persona, un abusador o un tipo despreciable no rebaja la calidad de sus obras, pero sí le resitúa a él como ser humano y nos permite contemplar las contradicciones, hipocresías, crueldades y máculas de los artistas, pero también de su tiempo. Dickens quiso internar a su esposa en un manicomio para poder irse a vivir con su joven amante, Picasso era un maltratador, un esposo terrible y celoso y una mala persona, nada de esto evita que las novelas de uno y la obra pictórica del otro sean absolutamente geniales.
Se dirá entonces, y se dirá bien, que es mucho más fácil hacer este ejercicio simbólico y político de redefinición y recontextualización cuando los autores ya están muertos, y cuanto más remota sea su época. El problema está cuando se destapan estas sucias realidades con autores y artistas vivos y en activo. Y sobre todo cuando se desenmascara a personas que admiramos y que incluso nos han hecho muy felices. El debate público se torna encendido y, muchas veces, manipulador, pues denunciar comportamientos inadecuados o delictivos, abusos de poder o abusos sexuales se nos quiere vender, por parte de la Reacción, como una respuesta moralista y mojigata, una venganza de lo woke y del feminismo, y no como una denuncia legítima.
Pero cuando hablamos de la necesidad de entender que la obra y el autor no son dos entidades separadas, no estamos diciendo que la obra de estas personas haya dejado de tener calidad artística, sino que es necesario abrir un debate -más profundo, político y filosófico- sobre si dicha calidad puede ser entendida y disfrutada al margen de los delitos y faltas de sus autores, al margen del sufrimiento de sus víctimas e incluso al margen del impacto que el conocimiento de dichas acciones ha tenido en nosotros como receptores y consumidores.
No obstante, no deberíamos perder nunca de vista que son las Administraciones las que tienen que velar para que ciertos comportamientos no sean premiados públicamente. No es de recibo que Ayuntamientos y demás organismos públicos contraten o inviten a ferias del libro y demás eventos culturales a personas que han demostrado ser unos miserables, legitimando su imagen con un dinero que es de todos y todas las ciudadanas.
Todos los días, cuando salgo a pasear con mi perro, me cruzo con un cartel en mi barrio que reza que ‘Xixón nun tolera les agresiones machistes’. A primera vista puede parecer que solo es un cartel, pero para las xixonesas era una promesa de seguridad, un compromiso público del Ayuntamiento y de sus instituciones e instancias hacia nosotras, hacia nuestra seguridad y nuestra dignidad. Un anuncio de que se nos escuchaba y de que importábamos. Pero cuando una se fija en algunos de los invitados de ediciones pasadas de la Feria del Libro o en los artistas contratados para este verano no puede evitar sentir que esta promesa, este compromiso, es ya solo un brindis al sol.