
Seamos francos: el picudo rojo -designación coloquial para el insecto conocido como Rhynchophorus ferrugineus– es un incordio. Sí, será un espécimen fascinante en términos biológicos, no cabe duda, pero para los humanos, especialmente para aquellos que disfrutan de las bondades que implica una vegetación sana y variada, se ha convertido en un auténtico engorro. En un enemigo que abatir, incluso. Son estos pequeños gorgojos los que se han cebado, y lo siguen haciendo, con la población de palmeras de Gijón, obligando al Ayuntamiento a movilizar no pocos recursos para intentar frenar su avance y tratar los árboles afectados y, en los peores casos, forzando la tala de los ejemplares más dañados. Eso fue lo que, hace aproximadamente un año, ocurrió con las palmeras que se erguían en el Polígono; imposibles de recuperar, tuvieron que sen mutiladas una a una. Sin embargo, el tiempo ha pasado, los tocones siguen allí, nada se sabe de su reposición… Y vecinos como Antón Fernández, autor de la fotografía que acompaña estas líneas, se preguntan cuándo se decidirá el Ayuntamiento a replantar las desaparecidas palmeras, y a acabar con la «imagen de descuido total» de tales zonas.
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Sería un grave error volver a plantar palmeras. La plaga del picudo no se ha erradicado y, por tanto, las nuevas palmeras podrían volver a verse afectadas. Además, evitando plantar palmeras estaríamos reduciendo las oportunidades del insecto de reproducirse y, en consecuencia, contribuyendo a que la plaga desaparezca. Asimismo, creo mucho más adecuado plantar árboles cuya copa dé más sombra. Son para ello especialmente útiles las especies de hoja caduca, que además dejan pasar la luz en los meses en los que más se necesita.