Vecinos de la zona denuncian que uno de tales equipamientos amaneció el domingo arrancado de sus soportes y arrojado boca bajo a pocos metros; el caso llega menos de un mes después de que varias papeleras fuesen vandalizadas en una sola noche

Algo está pasando en Los Pericones… Y ese ‘algo’ dista mucho de ser positivo. Menos de un mes después de que, a mediados de junio, la indignación se apoderase de los vecinos al descubrir varias papeleras vandalizadas en el transcurso de una sola noche, ayer domingo los usuarios más madrugadores del parque se topaban de bruces con otra de esas ‘gracias’ carentes de humor. Una de las mesas de madera del merendero, con bancos adheridos a sus costados, amanecía arrancada de su base de hormigón -algunas voces afirman que «serrada», aunque ese detalle aún no ha podido ser confirmado, y resulta dudoso, siendo los anclajes de metal-, y arrojada a pocos metros… Boca abajo, para rematar la indignidad del asunto. Ni qué decir tiene que semejante estampa ha vuelto a abrir la espita del enfado colectivo entre los habitantes de Ceares, cansados de que su querido ‘pulmón verde’ sea escenario de semejantes comportamientos nocturnos.
«Lo de las papeleras ya fue una guarrada, pero esto es pasarse de gamberro», protesta I. D., con el ánimo encendido, ante la imagen del equipamiento volcado, como el viejo pecio de un barco naufragado, abandonado en una playa olvidada de una costa desconocida. Solo que ni la zona resulta desconocida -menso aún, en verano-, ni la pieza ha sido olvidada -de hecho, su demanda se dispara en los días de buen tiempo-. «Es una pena, por no decir otras cosa, porque ahora, con el calorcito, estas mesas están geniales para traer a los ‘peques'», comenta esta joven. Habitual de Los Pericones, I. D. asegura con convicción que «fue en la noche del sábado al domingo; seguro, porque el día anterior vine por aquí con mi hija, y la mesa estaba en su sitio». El ‘sitio’ en cuestión es la mencionada superficie de hormigón que hace las veces de base de estas estructuras, y de la que sobresalen los anclajes de dos de las cuatro patas de la mesa.
Poco después de que la anterior siga con su running matutino y abandone la zona Germán, de apellido que prefiere guardar en el anonimato, también se acerca al escenario de la gamberrada. Al hacerlo, frunce el ceño. «No lo entiendo… ¿Por qué hacer algo así? ¿Qué se consigue con esto? No le veo la diversión…», se pregunta, visiblemente desconcertado, acompañando sus palabras de un breve intento de recolocar la mesa que, sin embargo, pronto se revela inviable. Ahora bien, se niega categóricamente a que algo así, como el suceso de las papeleras, sirva para demonizar el barrio, o el parque. «Ceares es un buen lugar para vivir, con gente sencilla y normal, y tampoco es que estas cosas pasen a diario, me parece a mí», trata de aclarar. Aun así, concede que «algo habría que hacer; los fines de semana viene mucho guajete con pintas no del todo buenas, y a lo mejor, si hubiese más policía…». De todos modos, Germán no pierde la oportunidad de insistir en que «Los Pericones no es un foco de delincuencia, ni nada de eso. ¿Hay chavales que no se comportan? Sí, claro, pero… ¿Dónde no?».