
«Lo que vimos en Xixón, al igual que lo que vimos en otras ciudades asturianas y de más allá de los Picos d’Europa, fue una exhibición de odio y de rabia irracional. Violencia, física, verbal y simbólica, contra los más débiles, disfrazada de falsa preocupación por Ceuta»

¿Se acuerdan de los therians? Aquellos adolescentes que se identificaban como gatos, perros, conejos o zorros, y que iban a acabar con la civilización de Occidente y a obligar a los centros educativos a equiparse con areneros y rascadores. Tienen que acordarse de ellos porque, según la prensa seria, serísima, el fenómeno therian crecía al ritmo imparable de una epidemia entre nuestros jóvenes. Una locura compartida por miles de adolescentes que era el fruto del fracaso de la cultura woke, la maternidad y paternidad responsable, el ‘perrosanchismo’ y las reformas educativas que eliminaron la lista de los reyes godos del currículum académico. El acabose. Un escándalo. Un peligro. ¿Es que nadie va a pensar en los niños?
Pues aquí estamos, en este septiembre caluroso y soleado del 2026, sin acordarnos más de los therians porque el nuevo pánico moral que triunfa entre los boomers y la carcundia son los chicos y las chicas que se citan en las plazas para hacer batallas de ‘farmear’ aura. Lo que viene siendo bailar y hacer el bobo, al igual que han hecho todos los jóvenes y adolescentes del mundo mundial desde el principio de los tiempos, pues para eso su cerebro no ha terminado de desarrollarse, por lo que carecen de la vergüenza adulta que les impedirá disfrutar de las cosas más tontas y bonitas de la vida en un futuro no tan lejano. Y mientras ellos y ellas emulan a Zoolander y Hansen, pero sin Bowie ejerciendo de jurado imparcial, un montón de señores enfadados y escandalizados en X nos están advirtiendo de que estamos siendo testigos, una vez más, del fin de los tiempos.
Pero puede que, esta vez, sí que tengan razón. Pero no por lo que ellos creen y, desde luego, no por culpa de la muchachada que ‘farmea’ aura. Porque el 2 de septiembre se cruzó una nueva línea roja. Acostumbrados a ver cómo se van traspasando fronteras que van colocando la Línea Maginot de la decencia, la Ilustración y los derechos humanos cada vez más cerca del abismo, las manifestaciones racistas y fascistas que se convocaron con la excusa de la delicada situación humanitaria que se vive en Ceuta han podido pasar como algo mundano, como una más de las andanadas de la oposición contra las políticas del Gobierno, pero han sido, por desgracia, algo mucho más peligroso, pues han marcado un viaje sin retorno hacia lo peor del ser humano, por parte de algunos de nuestros vecinos, amigos, familiares, conocidos y alcaldesas.
Porque, con independencia de lo que pensemos sobre lo sucedido en Ceuta, y sobre quién recae la responsabilidad, o sobre la actitud del Gobierno central, que intentó hasta el último momento que la situación se resolviera milagrosamente por sí sola, nos encontramos ante un panorama desolador: miles de seres humanos desamparados y al albur de la violencia racista, decenas de muertos, una sociedad -la ceutí- asustada -un miedo inducido, además, por medios y partidos para sacar rédito político-, y una parte de la ciudadanía española, también en nuestra villa, dispuesta a codearse con la escoria fascista más inmunda, empezando por la alcaldesa de nuestra ciudad. Y eso, al margen de las distintas visiones sobre cómo ha de ser la política de inmigración, o de dónde se sitúe cada uno en el espectro político -de izquierda a derecha-, es una patada en la boca a los principios de la democracia, el Estado de Derecho y la ética más básica.
Porque lo que vimos en Xixón, al igual que lo que vimos en otras ciudades asturianas y de más allá de los Picos d’Europa, fue una exhibición de odio y de rabia irracional. Violencia, física, verbal y simbólica, contra los más débiles, disfrazada de falsa preocupación por Ceuta. Y, una vez que se da rienda suelta a toda esta basura, es muy difícil volver a meterla dentro del cajón. Ni mil EMULSA lograrán quitar el hedor que dejaron con sus gritos contra las personas migrantes, sus banderas con símbolos de muerte y odio, su violencia contra los periodistas y sus amenazas a las personas que sentimos asco y vergüenza de ver a quienes han de gobernar esta ciudad codeándose con esta purria.
Mientras nos indignamos porque los jóvenes hacen lo que llevamos desde la pandemia recomendándoles que hagan, que salgan a la calle y aparquen las pantallas para relacionarse entre ellos más allá de la realidad virtual, mientras bailan, se divierten, no hacen daño a nadie y se ríen, tenemos a nuestra alcaldesa, que tampoco duda en salir a la plaza pública y ponerse junto a quienes ‘farmean’ sin pudor aura fascista. Y es esto lo que debería empezar a preocuparnos de verdad si queremos seguir viviendo en democracia.
Dos veces. Leído por curiosidad intelectual.
Qué diantres dice?!
La alcaldesa ya quedó muy bien retratada en aquella foto de Colón.